San Francisco Javier
24. julio 2025 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosTodos sabemos que el mayor apóstol que ha tenido Jesús ha sido San Pablo. Esto no lo discute nadie. Pero si nos salimos de la Iglesia primitiva y vamos a la Iglesia de los tiempos modernos, nadie dudará en poner a Francisco Javier como el prototipo del misionero. Por algo es el Patrono de todas las Misiones Católicas.
Francisco Javier es una figura simpática, atrayente, subyugadora. Nace en el castillo de Javier, cerca de Pamplona, cuando su familia noble ha dejado de ser un bastión en la defensa del Reino de Navarra. Más bien ha caído en desgracia. Por eso, el porvenir no lo va a tener Javier en el ejercicio de las armas, sino en el cultivo de las letras. Así las cosas, el joven Francisco deja España y marcha a la Universidad de París, donde estudia con afán para sobresalir en la ciencia y ser después brillante profesor.
En el colegio donde se hospeda está también un estudiante viejo, que ronda los cuarenta, y es conocido por todos como el peregrino. Javier no lo desprecia, pero tampoco lo quiere. Sin embargo, Ignacio de Loyola —que así se llama el peregrino— ha clavado en el joven Javier su mirada escrutadora y profunda:
– Este mi paisano ha de caer. Alto, elegante, deportista, el mejor jugador de pelota vasca, estudioso y sano moralmente, es una joya para mis planes.
Porque Ignacio, el convertido, sueña en hazañas divinas. Para ello, necesita compañeros, y Javier es excelente, aunque no ambiciona sino fama, gloria, riqueza. Ignacio viene a echarle un chorro de agua fría con unas palabras del Evangelio: Javier, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? Javier se lo sacude de encima como a un insecto molesto.
– ¡Déjame en paz, y vete a otro con esos tus cuentos y tus sermones!…
Pero Ignacio no cede: Javier, Javier, ¿qué aprovecha?… El joven piensa, medita: Y después de toda esa gloria y esa riqueza que ambiciono, ¿qué?… Se rinde al fin. La palabra de Jesús y un buen amigo hacen el milagro. Ignacio confesará después que Javier fue la masa más dura que tuvo entre manos. Pero será también el hijo más preclaro que Dios regala a Ignacio para su soñada Compañía de Jesús…
Después viene todo lo demás. Ignacio cuenta con seis estudiantes llenos de ideales divinos. Con aquellos cinco españoles y un saboyano va a realizar una empresa gigantesca: ¡Conquistad para Jesucristo el mundo entero! Los siete han hecho en Montmartre —que se va a convertir en la cuna de la naciente Compañía de Jesús— el voto de castidad para vivir libres de todo y el de peregrinar a Jerusalén. Después vendrá el ir a todas partes a llevar el nombre de Jesús. No logran ir a Jerusalén. Desde Venecia se dirigen a Roma y se ponen a las órdenes del Vicario de Jesucristo. Uno tras otro van recibiendo la ordenación sacerdotal. Javier ayuda en un principio a Ignacio de Loyola en la organización de la naciente Compañía.
Hasta que un día le viene la orden de Ignacio: Javier, Dios te reserva una misión. El Papa nos pide que no desoigamos al rey de Portugal, que solicita misioneros para la India. ¿Vas tú? Javier contesta rápido con unos monosílabos que se han hecho célebres: -¡Pues, chus! ¡Voy!… No necesita una palabra más para dar una respuesta generosa. Viven en pobreza y desprendimiento absolutos, de modo que el viaje está preparado sin más para el día siguiente. Montado en una mula, y en compañía del Embajador de Portugal, remontan Italia, cruzan toda España y llegan a Lisboa. Javier, de treinta y cuatro años, va como Legado del Papa y habrá de cuidar de todas las Misiones de Oriente. El viaje en barco hasta la India va a durar trece meses interminables. Bordean toda el Africa, en una travesía llena de peripecias.
Ya en la India, los escenarios de la increíble acción misionera de Javier van a ser Goa, Malabar, La Pesquería, Malaca… Allí donde hay una colonia portuguesa tiene Javier un puesto de honor. ¿Comodidad? Ninguna. ¿Cansancio? Continuo. ¿Dinero, riqueza? Nada en absoluto… Catequesis, oración incesante, administración de Sacramentos, visitas como legado pontificio a todas las otras misiones, viajes incesantes y pesados de una parte a otra…, esto es la vida de Javier.
Se entremezclan los éxitos con los fracasos. Igual bautiza a diez mil en una semana que no cosecha ningún fruto. Está en la India, y ya se sabe… Convertidos entre los parias, el deshecho del pueblo, todos los que quiera… Por las calles de Travancor va caminando a tambor batiente entre los catecúmenos pobretones, pero no consigue una sola conversión entre la gente de las castas superiores.
Dios le concede el don de milagros y realiza muchos y muy sonoros. Pero Javier se mantiene en una humildad profunda y edificante. Las contradicciones son tantas, que llega a decir: Estoy cansado de vivir. Y morir por nuestra religión sería mi mayor alegría. Es cierto que sufre, y mucho. Pero los consuelos que Dios le prodiga no son menores que las fatigas, de modo que exclama enajenado: ¡Basta, Señor, basta!…
Ante la mies que ondea en los campos y sin operarios que la recojan, escribe a París cartas que corren entre los estudiantes de mano en mano: ¡Vengan! Que aquí hay una enorme cosecha de almas…
Unos japoneses le hablan de su bello país. Javier se entusiasma, se embarca con ellos y es el primer misionero que pisa el Imperio del Sol naciente. Dos años en Japón, y Javier adivina los valores inmensos de esa gente tan especial y esperanzadora, aunque son difíciles para la conversión. Al marchar, apenas deja dos mil bautizados.
Regresa a la India, y ahora sueña en la China hacia donde se dirige con decisión. Pero ante sus costas, desde la isla de Sanchón, consumido por la fiebre, sin más testigo que un pobre acompañante, se abren sus ojos por última vez para contemplar una tierra prometida que no va a pisar… Tiene sólo cuarenta y seis años.
Dios no alarga más aquella vida de héroe. Con un último beso a su Crucifijo, enmudecen los labios y se cierran los ojos de este misionero formidable. ¡Misión cumplida!…