San Lorenzo
26. junio 2025 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosApenas se nos habla de los mártires en las persecuciones del Imperio Romano, la primera figura que nos viene a todos a la mente es la de San Lorenzo, asado vivo en las parrillas.
Lorenzo es el mártir más popular que hay en la Iglesia, del que nos dice San Agustín: Toda Roma es testigo de cuán gloriosa y de cuántos méritos está tejida, como de muchas y variadas flores, la corona del mártir San Lorenzo. No conservamos las actas auténticas del martirio, y seguimos el tan conocido relato tradicional.
Es el año 258. Está al frente de Roma el emperador Valeriano, magnífico general en la guerra, y simpatizante de los cristianos. Pero tiene al lado un consejero fatal, ambicioso y dado a la superstición.
El caso es que, de repente, vienen dos edictos con los que inicia la persecución más despiadada y certera, dirigida a las cabezas de la Iglesia: los Obispos, presbiterios y diáconos debían morir sin más al filo de la espada. Eliminados los jefes, pronto se deshará toda la organización de los aborrecidos cristianos.
El Papa Sixto II es sorprendido con cuatro diáconos y todos son condenados a muerte. Mientras van al suplicio, Lorenzo se encuentra con su Obispo, ante quien exclama:
– ¿Adónde vas, padre, sin tu hijo? ¿Adónde vas, sacerdote, sin tu diácono?…
Sixto se conmueve, y le asegura:
– Hijo mío, yo no te abandono. Permanece firme en la fe. Porque los combates que te esperan a ti son mayores que los míos. No llores, pues la separación es sólo de tres días.
Lorenzo sabe desde este momento a qué atenerse. Es imposible que a las autoridades de Roma se les pueda esconder el más importante de los diáconos, porque él es quien lleva las finanzas de la Iglesia. Y la Iglesia de Roma poseía grandes bienes. Llegaba a sostener diariamente a casi dos mil pobres. Como los cristianos eran fieles a la ley del trabajo y no malgastaban su dinero en bacanales, podían tomarse la libertad y el lujo de dar mucho a los necesitados. Y todas las donaciones de los cristianos nobles —que en tiempo de Valeriano eran muchos— iban a parar al fondo común para esas obras ingentes de caridad.
El prefecto Cornelio hace detener a Lorenzo, esperando sacar buenas cantidades de dinero. El diálogo empieza muy suavemente:
– Sabes que el erario público está muy atrapado, y vosotros tenéis demasiadas riquezas. ¿No se podría llegar a un arreglo, dada la benignidad con que os han tratado los divinos emperadores?
– Entonces, ¿tú quieres ver nuestras riquezas? No tengo inconveniente. Pido solamente el plazo de tres días para reunirlo todo y hacer el inventario.
Cumplido el plazo, el diácono Lorenzo invita al prefecto a comprobarlo todo. Ha reunido en un local apropiado todos los tesoros soñados por Cornelio.
– Ven y mira: éstos son nuestros tesoros más valiosos.
Y allí estaba reunida una gran cantidad de pobres muy pobres, enfermos, cojos, ciegos, los inhabilitados para el trabajo, los huérfanos, las viudas sin ningún apoyo…
– Cornelio, éstos son nuestros tesoros. No tengo otros.
Despechado el prefecto, reprime toda su rabia, y le asegura:
– A vosotros no os da miedo la muerte. Ya lo sé. Pues yo te prepararé un lecho bien mullido de hierro, sobre una buena pira de fuego, para que te consumas lentamente… Serás quemado vivo.
Lorenzo acepta la cruel sentencia. Y todos sabemos las peripecias de aquel martirio singular. Colocado sobre la parrilla rusiente, sus carnes se van consumiendo poco a poco. En medio de las torturas, con una serenidad y un buen humor que se han hecho célebres en la historia de la Iglesia, se dirige a sus verdugos:
– Este lado de mi cuerpo ya está bien asado. Pueden darme la vuelta y comer…
El poeta Prudencio, en el bellísimo himno que nos narra el martirio, mezclando la historia con la leyenda popular, dice que el rostro del mártir lucía con claridad de cielo. Y acaba con esta súplica:
– Apiádate, oh Cristo, de tus romanos. Haz que sea cristiana la ciudad que ha sembrado en tantas partes la semilla de la salvación.
Al cabo de un mes de este martirio singular, era apresado en Cartago de Africa su obispo San Cipriano, de cuyo martirio tenemos las actas rigurosamente históricas. El procónsul le pregunta:
– ¿Eres tú el padre de esos sacrílegos cristianos?
– Sí.
– Sacrifica a los dioses del Imperio según el decreto de los sacratísimos emperadores.
– No sacrifico.
– ¡Reflexiona y mira por ti!
– Haz lo que se te ha mandado. En cosa tan justa no hace falta reflexión alguna.
El procónsul lee la sentencia:
– Mandamos que Tascio Cipriano sea pasado a filo de espada.
– ¡Gracias a Dios!…, exclama jubiloso el Obispo.
Oída la sentencia, la muchedumbre de los cristianos presentes se pone a gritar:
– ¡También nosotros queremos ser degollados con él!
La sentencia se ejecutó a campo descubierto. El mismo Cipriano se puso sereno la venda en los ojos…
Así eran aquellos predecesores nuestros en la fe católica. Podemos ser todo lo humildes que queramos y debemos ser. Pero nadie nos quita el estar orgullosos de hermanos semejantes…