Los Beatos Ignacio Acevedo y compañeros

14. abril 2017 | Por | Categoria: Santos

No le costó nada aquel día a San Francisco de Borja, General de la joven Compañía de Jesús, entusiasmarse de verdad. Tenía frente a sí al Padre Ignacio de Acevedo, a quien había enviado hacía tres años a Brasil para asegurar y reforzar las misiones hacía poco fundadas por los jesuitas. El Padre Acevedo le habla con pasión: -Padre General, mande, mande muchos misioneros a Brasil. Es un campo inmenso y son muchas las almas que pueden formar aquellas cristiandades. Además, son muchos los enemigos de la Iglesia que les hacen la guerra, para llevarlas a la apostasía e implantar allí el protestantismo luterano y calvinista.
El General adivina lo grande de la empresa. Y le da la orden:
– Vaya, Padre Ignacio. Vaya a España y Portugal, y reclute todos los voluntarios que pueda. Escoja bien a los novicios y estudiantes. Tiene permiso para llevarse hasta setenta jóvenes jesuitas. Usted será su Padre y fungirá también como Superior Provincial.

Era entonces Papa San Pío V, el cual se emociona con el generoso proyecto de Ignacio y de Francisco de Borja, y, como prenda de su bendición, les permite sacar dos copias del cuadro de la Virgen que se venera en Santa María la Mayor para que los lleven consigo y sea la Madre quien les guíe en su empresa. Un santo Hermano, Juan Mayorga, buen artista y delicado pintor, acompaña al Padre Ignacio durante su recorrido por España en busca de voluntarios. Llegan a Portugal, y completan la formidable expedición.

Son ocho naves las que en junio de 1570 se lanzan desde Lisboa al mar, llevando consigo al nuevo Gobernador de Brasil. A ellas se agrega otra nave, la Santiago, en la cual va el Padre Ignacio Acevedo con treinta y nueve de los valientes y jóvenes misioneros. Los treinta restantes iban distribuidos en las otras naves. Llegan a la isla de Madeira, y las embarcación se toma un descanso, durante el cual les llegan noticias alarmantes:
-¡Vayan con cuidado! A la altura de las Canarias se han divisado naves corsarias.

El Padre Ignacio aconseja no seguir. Pero los negociantes de la Santiago, mercaderes que no buscan sino el oro, urgen la salida. El Padre Ignacio no tiene miedo, pero le preocupa la suerte de tantos jóvenes misioneros que lleva consigo. Si el corsario es ese apóstata que se llama Santiago Soria, es capaz de matarlos a todos como caigan en sus manos. No hay más remedio que lanzarse a la aventura, porque lo exigen los comerciantes.
El Padre Ignacio advierte a los suyos con temor y con prudencia:
– Es muy grave el peligro. Los que no quieren seguir, que se queden, y ya vendrán después a Brasil en otra oportunidad. Pueden quedarse aquí con una libertad completa.
Cuatro muchachos aceptan el ofrecimiento, y se quedan en las Madeira. Pero se presentan otros cuatro voluntarios de la nave capitana, y se completa el número de los cuarenta.

De nuevo a surcar las aguas del mar. Hasta que se divisan cuatro naves aviesas, no lejos de Las Palmas de Gran Canaria. Eran las del fanático calvinista Soria, el cual, izando la bandera, intima a la Santiago la rendición.
Por toda respuesta, una fuerte descarga y se entabla la lucha. Pero la Santiago no puede nada contra los cuatro barcos ligeros y muy bien armados de Soria, que desde el puente de su nave grita como un demonio:
– ¡Perros cristianos sarnosos, que van al Brasil a hacer la guerra a mis amigos los luteranos! Ahora les toca a morir todos, sin óleos santos y sin piedad alguna, como los perros…
Y ordena a los suyos: -¡A abordar la Santiago!… Y sólo contra los jesuitas. A los demás, se les perdona la vida.
Asaltada la nave de los misioneros, empieza la matanza espantosa con atroces aunque rápidos tormentos. Las víctimas, destrozados sus cuerpos a filo de espadas y golpes de lanza, van cayendo al mar uno tras otro.
El primero en ser arrojado es el Padre Acevedo, con el cuadro de la Virgen que no le han podido arrebatar de las manos y al que dirigen su mirada, mientras flota sobre las olas, el resto de los mártires.
Dicen que el Padre Acevedo dijo como última palabra: -Soy católico, y muero por mi fe. Los hombres y los ángeles son testigos. El estudiante Benito Castro, gritó: -Yo soy católico, hijo de la Santa Iglesia Romana. El Hermano Álvarez dijo emocionado: -Los diez años rezando para ir a la misión del Brasil me dan ahora este premio.

El capitán Soria perdonó la vida al más joven de los novicios, Juan Sánchez, de sólo catorce años: -No, a éste que no lo maten. Es muy buen cocinero, y nos servirá de mucho. Entonces Juan, sobrino del capitán de la Santiago, al ver lo que pasaba con Sánchez, se viste con la sotana de uno de los muertos, y se presenta gritando: -¡Yo también soy jesuita como ellos! Y de manera tan formidable por parte del magnífico muchacho, se completó el número de los cuarenta llamados por Dios a la gloria del martirio.

Ocurría todo esto el 15 de Julio de 1570. Santa Teresa de Jesús estaba recogida en su convento de Ávila, e interrumpe su altísima oración: -¿Qué pasa? Pero, ¿qué le ocurre a mi sobrino, Francisco? ¿Cómo es que sube al cielo, acompañado de un grupo tan grande, y entra en la gloria triunfalmente?
Se lo comunica a su confesor y director espiritual el Padre Baltasar Álvarez, y sí, las noticias que llegaron después, y que llenaron de entusiasmo a Portugal, España e Italia, dijeron que Francisco Pérez Godoy, como todos sus compañeros, habían regado con su sangre martirial, sin haberlas pisado, las tierras prometedoras del Brasil, donde florecería tan pujante la Iglesia Católica.
Dos Sacerdotes, doce Estudiantes, catorce Hermanos y ocho Novicios jesuitas, venerados como Beatos, son los héroes de esta aventura divina.

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