San Martín de Porres

17. marzo 2017 | Por | Categoria: Santos

Lima, en aquellos años finales del siglo dieciséis, aparte de ser, con México, la ciudad más importante de América, es la ciudad donde brilla con esplendor inusitado la santidad cristiana. En los mismos días coinciden allí Santo Toribio de Mogrovejo, San Francisco Solano, San Juan Macías, Santa Rosa de Lima, y, en medio de ellos, San Martín de Porres, que se llamaba a sí mismo “el perro mulato”… ¿Por qué se daba este nombre despectivo?…

Todos sabemos la historia. Llega de España a Lima un distinguido caballero, Juan de Porres, que se enamora de una mulata negra venida de Panamá, y de sus flirteos amorosos ilegítimos llega al mundo un niño a quien ponen el nombre de Martín, y después una niña a quien llamarán Juana. Aunque quiere ocultar su vergüenza, el caballero Don Juan es responsable, cuida con esmero de la querida Ana Velázquez y de los dos hijos, a los que da una educación esmerada. Por obligación de su cargo, debe el papá trasladarse a Panamá, y los niños quedan al cuidado de la bondadosa mamá, buena, piadosa, que sabe formar muy bien a aquellos tesoros de su corazón.

Martín es listo, aprende pronto las letras, y se coloca muy joven de barbero. En aquel tiempo, el barbero no era simplemente un rasurador, sino un especializado en medicina, casi un médico, un medio cirujano, un dentista, un verdadero perito en cuestiones de salud. Y Martín ejerce su oficio con gran competencia. Pronto sabe toda Lima que Martín es un especialista en curaciones, y la casa donde vive de pupilo se convierte casi en un centro médico de gran prestigio, frecuentado por lo más granado de la sociedad. Sobre todo, allí vienen a parar con sus dolencias todos los menesterosos, porque el muchacho Martín tiene su punto flaco: ¡Los pobres, los pobres!…

Martín es competente en su oficio de practicante cirujano. Pero la ciencia le viene sobre todo de su unión con Dios. Una noche, la señora de la casa le observa a través de una rendija de la puerta, y se queda asombrada: -Pero, ¿qué hace este muchacho? Rezando, ¡y de qué manera! Arrodillado, pero elevado por el aire sobre el suelo… Empieza la gente a llamarle “santo”. Y él, que va cada día a la iglesia de los Padres Dominicos, pide entrar en el convento. Es admitido como hermano laico, y ahora comienza a correr de verdad su fama de santo, de médico, de protector de todos los necesitados. Los Superiores se le muestran generosos y le dan licencia para que haga el bien siempre y a todos, aunque rompa de este modo con muchas leyes y costumbres. Fray Martín va a ser todo un héroe de la caridad.

Mete un día en el convento a un pobre desgraciado, lo lleva a su propia habitación y lo tiende sobre su misma cama. Un Hermano se lo reprocha: -¿Se da cuenta de que rompe la clausura sagrada del convento? Enterado el Padre Provincial, le impone una penitencia, y contesta Martín: -Padre, yo pensaba que la caridad tiene abiertas todas las puertas. El Padre sonríe, y le responde a su vez: -¡Muy bien dicho! Y, desde ahora mismo, este convento será su segundo hospital. Puede traer aquí a cuantos enfermos quiera.
Martín de Porres se ha hecho célebre también por su amor a la Naturaleza, en la que descubría a Dios nuestro Padre con una inocencia digna del paraíso terrenal. Es conocidísimo el caso del perro que encontró en la calle sangrando por el cuello, después de batirse con otros perros que pudieron más que él. Lo encuentra Fray Martín, que le dice cariñoso: -¿Qué has hecho? ¿No te das cuenta de que ya eres demasiado viejo para pelear así? Ven conmigo, a ver si te puedo remediar. Lo lleva al convento, lo tiende sobre una alfombra, lo cura durante varios días, y el perro famoso aparecerá modernamente en las estampas del Santo como signo de su amor entrañable a esas criaturas de Dios que son los animales.

Y aparecerá también con los gatos y ratones comiendo juntos en un mismo plato. El Hermano sacristán estaba furioso. Los ratones le habían destrozado las mejores ropas —casullas, capas, manteles— traídas de España. Para eliminarlos, se hace con venenos y forma toda una escuadra de gatos. Fray Martín que lo ve, se lo reprocha amablemente: -Hermano, no se enoje. Es cierto que los ratones no han obrado rectamente. Pero yo veré de arreglarlo. Los voy a mandar a todos a aquellos terrenos que hay detrás de la casa de mi sobrina y allí se acomodarán muy bien.
Al primer ratoncito que aparece, lo llama, y le habla cariñosamente:
– Hermanito ratón, acércate más, y no temas. Mira los daños que entre todos han causado en las ropas de la sacristía. Llámalos, y pásales la orden que te doy de que vengan todos, porque hoy mismo van a cambiar de casa.
El ratoncito mueve alegre la cola, se marcha y empieza el reclutamiento…

Los Padres y Hermanos del convento no creen lo que ven. Los ratones salen por docenas de sus escondites, se reúnen en el lugar convenido, y Fray Martín los despide hacia el campo en el que habrán de vivir en adelante sin causar mal a nadie. Y a los pocos que aparecerán en adelante, les señala el lugar donde encontrarán la comida, compartida con los mismos gatos y en el mismo plato… Nada extraño el hecho en quien por la noche se dejaba picar de los mosquitos sin molestarlos, porque decía: -Hay que dar de comer al hambriento, y estos animalitos tienen derecho a chuparme la sangre para vivir…

Esto lo decía fácilmente. Pero en tales palabras se descubría su espíritu de penitencia, porque le dominaba el santo temor de Dios, según sus mismas palabras: -Todo es por mis muchos pecados. ¿Cómo podré salvarme sin penitencia?… Muerte cierta, sin saber el cuándo. Juicio riguroso, sin más abogados que las buenas obras. Infierno terrible sin remedio alguno. ¡Paraíso, paraíso! ¡Cielo, qué bello eres!…

Y al Cielo se iba el 3 de Noviembre de 1639. Con su enorme fama se santidad, el entierro fue todo un acontecimiento en Lima, presidido por las más altas autoridades de la Iglesia y de la sociedad. Y hoy, ¡cómo es venerado en nuestras tierras el querido San Martín de Porres!…

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