San Maximiliano Kolbe

24. febrero 2017 | Por | Categoria: Santos

¿Hará falta decir que San Maximiliano Kolbe se ha convertido para toda la Iglesia en el gran mártir del siglo veinte? Entre la legión incontable de testigos de la fe que han derramado su sangre modernamente, el polaco Padre Kolbe brilla con luz del todo singular. Con su martirio, dirá su paisano el Papa Juan Pablo II, al visitar el lugar del suplicio, “reportó una victoria espiritual semejante a la del mismo Jesucristo”.

El Padre Kolbe había nacido en Polonia. Jovencito, ingresó en los Franciscanos Conventuales, que lo mandaron a Roma a cursar la carrera eclesiástica. Doctorado en Teología, y ordenado sacerdote, celebra su primera Misa en el altar de la Virgen de la famosa aparición al Padre Alfonso Ratisbona. Todo un síntoma. La vida del Padre Kolbe va a ser la de un enamorado perdido de la Virgen Inmaculada, como lo demuestra en la misma Roma, donde funda, siendo todavía estudiante, la “Milicia de María Inmaculada”.

Regresado a su Polonia natal, da comienzo a aquella aventura de la “Ciudad de la Inmaculada” —la famosa Niepokalanow—, todo un complejo industrial franciscano, para la difusión por la imprenta de la devoción a la Inmaculada y para otras grandes obras de apostolado.

La revista “El Caballero de la Inmaculada”, modesta al principio, llega en 1938 a una tirada de más de un millón de ejemplares. Se le hace observar que aquello no parecía muy conforme con el espíritu de la vida religiosa: -¿Qué haría el Padre San Francisco, si viniera y viese esto? La respuesta fue rápida y certera: -¿Qué haría? Remangarse el hábito y ponerse a trabajar. Cuando le dicen también que aquella industria con esos medios modernos de la técnica están ligados a sucios negocios, responde resuelto: -Razón de más para que nosotros los aprovechemos para el bien, ya que el enemigo los utiliza para el mal.

En 1930 marcha de misionero a Japón, y viene el milagro. Sin saber la lengua, sin nada de preparación en el nuevo país, escribe al cabo de un mes: -¡Viva! Acaba de salir el primer número de “El Caballero”. Quedaba fundada la nueva Niepokalanow japonesa. Pero el Padre Kolbe ha de regresar a Polonia, por causa de su salud siempre fatal.

Llega la Segunda Guerra mundial, Polonia es invadida por el ejército de Hitler, y el Padre Kolbe era un líder demasiado notorio como para pasar desapercibido al nazismo invasor. Capturado, al fin parará en Auschwitz, el terrible campo de concentración

No es para descrita la vida en aquel infierno. Los guardias nazis se portaban como demonios con los detenidos. El Padre Kolbe, piadosísimo hijo de María, reza sin cesar. Un día se le cae el rosario, lo sorprende un guardia, se lo agarra, y le grita como un energúmeno: -Pero, ¿tú crees en esto?… Y Kolbe, con mansedumbre inmensa: -Sí, yo creo en eso. El guardia lo machaca a puntapiés, sin que de la víctima salga una protesta. Yace en el suelo, y le sigue preguntando el verdugo: -¿Todavía sigues creyendo en esto? -Sí, yo creo en eso. Las botas del militar lo dejan magullado, y no muere por puro milagro. Y eso que el Padre Kolbe era un enfermo que no respiraba más que un cuarto de pulmón.

Hasta que llega el final de Julio. Un prisionero del bloque 104 ha huido del campo. ¡Pobres compañeros la que les espera! Policías y perros especialmente adiestrados, se dan a la caza del fugitivo, sin resultado alguno. Los presos del bloque han sido alienados en la plazoleta del campo, y allí permanecen dos días, incluida la noche, sin comer ni beber nada, bajo el sol feroz del verano. Incluso les tiraban a sus pies la sopa miserable, sin que la pudieran tomar.
A las seis de la tarde, se consuma la tragedia. El comandante del campo, comunica su decisión: – El prisionero no ha sido hallado. En vez de él, van a morir diez de vosotros en el bunker del hambre.
Todos sabían lo que era aquello. La celda número 11 era espantosa. El comandante había preparado unos cuartuchos en los que metían a los condenados, cuyos gritos de desesperación se oían por todo el campo. Ahora les tocaba a los de la fila, señalados por aquella fiera, que los iba designando después de mirarles la dentadura como a bestias: -Tú, y tú, y tú…
Lamentos de unos, lloros de otros, himnos patrióticos de algunos, como un desafío al orgullo nazi. Uno de los señalados rompe a llorar amargamente: -¡Ay mi pobre esposa, ay mis pobres hijos!…
En esto, un prisionero se adelanta al comandante, que apunta feroz con la pistola: -¡Atrás, cerdo polaco!… ¿Qué quieres? -Sustituir a uno de esos condenados. El jefe no entiende. -¿Quéeee? -Sí; soy viejo y estoy enfermo. No valgo para nada ni puedo trabajar. Podría muy bien sustituir a ese que tiene mujer e hijos. El comandante está que no sabe cómo revolverse. -Tú, ¿quién eres? -Un sacerdote católico. Y el jefe, frío, insensible, ordena a los guardias: -¡A cambiarlos!… Como nadie en el campo tiene nombre, porque no es más que un número, escrito en el uniforme de prisionero, sustituyen el 5659 por el 16670.

Metidos en el bunker, les esperan días atroces. Pero esta vez, los lamentos y gritos desesperados de siempre, son sustituidos por oraciones y por cantos, cuyos ecos llegan a las celdas vecinas. El poder sobrehumano del Padre Kolbe está haciendo el milagro. Con los días, se van apagando las voces, cuando los moribundos se quedan sin fuerzas. Así, hasta el 14 de Agosto, en que aún quedan cuatro con vida. El comandante ordena acabar con ellos inyectándoles ácido fénico. El Padre Kolbe es el último en morir. Quien lo vio todo durante aquellos días, es el testigo privilegiado de esta aventura divina: -El Padre Kolbe quedó con la cabeza ladeada a su costado izquierdo, y con una mirada clavada en el cielo, como si en su último momento estuviera en éxtasis. Tenía cuarenta y siete años. Era la vigilia de la Asunción del año 1941.

La vida del Padre Kolbe es la de un Santo extraordinario. Pero, íbamos a decir, el martirio le anubló su propia vida. Un Mártir sin igual. Admirado y querido de todos. Orgullo de la Iglesia.

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