Los Mártires de Canadá

3. febrero 2017 | Por | Categoria: Santos

La Iglesia Católica en el Norte de nuestra América comenzó de una manera muy “cristiana”, es decir, con la sangre generosa de sus primeros evangelizadores, los Jesuitas San Juan Brebeuf, Isaac Jogues y sus compañeros, venidos de Francia, misioneros y mártires casi legendarios.

Entre las diversas tribus de indios que se repartían aquellas tierras inmensas a principios del siglo diecisiete, destacaban los hurones y los iroqueses, pueblos rivales que se tenían un odio a muerte. Los negociantes franceses, holandeses e ingleses establecieron sus colonias en vista del comercio de las pieles. Pero mientras los exploradores se instalaban en sus factorías, los misioneros eran los únicos que se adentraron mucho más allá de los colonizadores, en regiones inhóspitas, luchando con dificultades enormes contra una naturaleza tanto más rebelde cuanto más rica.

Y luchando, sobre todo, contra la animosidad y recelos de aquellos indios indómitos, nómadas, y que no había manera aceptasen el vivir en poblados, para cultivar la tierra, para instruirse y para ser evangelizados. Los misioneros, sin embargo, fundaron sus casas o misiones como base de toda su actividad. Sin la vida sedentaria de los indios, no se podría conseguir nada.

Había que comenzar por aprender sus lenguas, adaptarse a sus costumbres, y hacer un enorme esfuerzo de caridad. Aun así, para ir de un puesto a otro de misión, había que recorrer cientos de kilómetros. Pero, la constancia y el sacrificio empezaron a dar sus frutos. Hasta que en los años 106040, los iroqueses declararon una guerra implacable a los hurones, a los que no quisieron abandonar los heroicos misioneros, aunque les iba a costar a muchos la vida, entre sufrimientos inimaginables.

Aquellos Padres y Hermanos Jesuitas eran de lo más rico en vida espiritual.
El Padre Isaac Jogues le pide a Jesús: -Señor, dame a beber abundantemente el cáliz de tu pasión. Y el Señor escucha la oración. Prisionero de los iroqueses por trece meses, lo ven celebrar la Santa Misa, y, para escarmiento, le cortan los dedos con que sujetaba la Sagrada Hostia. Esculpe una cruz en las cortezas de los árboles, y, a la vista de la cruz, saca fuerzas para sobrellevar tanto sufrimiento.
Liberado por un capitán holandés, regresa a Francia, pero solicita volver a su querida misión del Canadá:
-¡Voy, aun a riesgo de mil vidas! Quiero completar mi sacrificio allí donde comenzó.
Después de torturas indecibles, moría degollado, y no sólo él, sino al día siguiente su compañero el humilde y abnegado Hermano Juan de Lalande.

Otro Hermano, Renato Goupil, enseña el catecismo y predica a sus mismos verdugos.
-¿A nosotros también nos quiere enseñar?, grita enfurecido un indio, que se le abalanza encima y lo cose a puñaladas.
El querido Padre Antonio Daniel, tan amigo de los niños, ve asaltada la Misión. Una nube de flechas le atraviesa el cuerpo, y es rematado con un disparo de arcabuz.

Asaltada otra Misión, el Padre Carlos Garnier cae en la refriega, mientras exhortaba a los cristianos:
– ¡A recibir la muerte con alegría, pues nos abre las puertas del Cielo!…

Su compañero de misión, el Padre Natalio Chabanel, tuvo palabras dulces antes de morir:
– Esta vida vale poco; en cambio, la felicidad del Cielo no me la podrán arrebatar los iroqueses.
Pero el martirio duro del Padre Natalio fue oír gritar a un hurón:
– ¡A este lo mato yo!…
Le quitaba la vida un cristiano renegado, apóstata de la fe.

Sin embargo, la muerte que dieron a los Padres Juan Brebeuf y Gabriel Lalemant sobrepasa lo que puede resistir nuestra sensibilidad. Doce años antes, el Padre Brebeuf había firmado con su propia sangre este ofrecimiento:
– Señor Jesús, yo te ofrezco contento desde hoy mi sangre, mi cuerpo y mi alma, de suerte que yo pueda morir sólo por Ti, si Tú me concedes esta gracia, Tú que te has dignado morir por mí.
Dios le aceptó la vida, y murió con terrible martirio.  Al final, un hurón, burlándose del bautismo cristiano, le echa tres veces agua hirviendo sobre la cabeza y la espalda, diciendo:
– Te bautizamos para que puedas ser feliz en el cielo, porque sin el bautismo no te puedes salvar. Ahora, sí que te salvarás.
Y otro, burlón y cruel hasta lo último:
– Siempre nos has enseñado que es cosa buena sufrir. Danos, pues, las gracias, ya que te ayudamos a hacer más bella tu corona.
Dicho esto, le echa encima un collar de fichas ardientes, que penetraron silbando en las carnes del mártir. Tres horas horribles de agonía, como las tres horas de Jesús en la cruz, hasta que lo rematan de un hachazo en la cabeza. Y por el mismo estilo, sufre y muere su compañero el Padre Lalemant.

Atroz y salvaje cuanto queramos. Pero, ¡qué inicios tan gloriosos para la Iglesia de Dios que iba a florecer en Canadá! Una vez más, la sangre de los Mártires se convertía en semilla de cristianos, que daría una cosecha enorme en los siglos que iban a seguir.

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