Santa Gianna Beretta
30. diciembre 2016 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosLa Plaza del Vaticano vibró aquel día con emociones pocas veces sentidas, cuando el Papa Juan Pablo II proclamaba Beata a Gianna Beretta. No había para menos. Allí, su esposo, que no acababa de hacerse a la ausencia de su mujer adorada. Allí, sobre todo, junto a sus otros hermanos mayores, la hija Gianna Emanuela, elegante señorita que viste de azul, y que con los ojos fijos en el gran lienzo de su madre que cuelga en la fachada de la Basílica, y cegados por las lágrimas, va repitiendo. ¡Gracias, mamá, gracias!… Y así será también después en la canonización.
¿Quién era Gianna Beretta? Una esposa joven, médico de profesión, que está esperando el cuarto de los hijos. Avanzado el embarazo, vienen las preocupaciones. Gianna se encuentra mal: un fibroma canceroso. Es médico muy competente, y no la engaña nadie. Al esposo le pide un permiso generoso: -Si peligrase la vida del niño, autorízame pedir que opten por él, aunque yo muera. El esposo, un católico también de cuerpo entero, consiente y acepta. Llegado el final, Gianna pide a los colegas que le atienden:
– Soy médico y sé lo que tengo. ¡Salven al niño, aunque muera yo!
Era el Viernes Santo del año 19062. Se impone la operación, y sí, nace una niña preciosa, que por voluntad del papá se llamará Gianna Emanuela. La mamá, salida de la anestesia, la ve por primera y por última vez. La besa, la estrecha entre sus brazos, la mira en silencio con ternura indecible, la acaricia ligeramente y la despide para siempre.
Gianna entra en una crisis irreversible. Son inútiles todos los esfuerzos para salvarla. Así toda una semana entera, la semana de Pascua. Besa con amor el Crucifijo, pide la Sagrada Comunión, ofrece a Dios su vida, y en medio de sus dolores, sólo llega a decir: ¡Si no fuera por Jesús en ciertos momentos!…
El marido cumple el deseo de la moribunda, y la traslada a la casa familiar donde ha vivido un matrimonio feliz. Al lado de su cuarto duermen los tres niños, mientras que sigue en la clínica la recién nacida. Y a las ocho de la mañana de aquel sábado de Pascua, sin un gemido, Gianna entregaba su vida preciosa a Dios. Y con aquel suspiro último, comenzaba a correr también la fama de santidad de Gianna.
Pero el marido, tan orgulloso de su mujer, se mostraba extremamente reservado. ¡Era tanto su dolor por haber perdido a aquella esposa tan sin igual! Sólo por obediencia al Arzobispo aceptaría la apertura del proceso de beatificación. Y al fin trazó también la semblanza de Gianna:
“La beatificación de Gianna es un don de la Providencia, un reconocimiento a todas las incontables mamás desconocidas, heroicas como Gianna en su amor materno, en su vida.
“Gianna era una mujer espléndida, pero absolutamente normal. Era hermosa. Inteligente. Buena. Sonreía siempre. Era también una mujer moderna, elegante. Conducía el coche. Le gustaba la montaña y esquiaba muy bien.
“Nunca me di cuenta de que vivía al lado de una santa. Mi mujer tenía una confianza infinita en la Providencia y era una mujer llena del gozo de vivir. Feliz. Amaba a su familia. Amaba su profesión de médico. Amaba su casa. La música, la montaña, las flores, todas las cosas bellas que Dios nos ha dado. Siempre me pareció una mujer del todo normal, pero, como me dice el Arzobispo, ‘la santidad no está hecha de señales extraordinarias, sino del apego de cada día a los designios amorosos de Dios’.
“Quiero que su sepulcro esté junto al de las otras mamás, que la llamaban con cariño ‘nuestra Doctora’. Junto al de muchas mujeres a las que Gianna curaba y a las cuales prodigaba con amor su tiempo y los servicios de su profesión.
“Para mí y para mis hijos, Gianna será siempre ‘algo nuestro’. Una mujer espléndida. Una mamá tiernísima. No añado yo nada más. Que hable la Iglesia, la única que debe hablar”.
Y la Iglesia habló. El Arzobispo de Milán, conocedor del caso, no lo dudó un instante: Mujer de una vida tan cristiana, y que muere heroicamente por cumplir su deber de madre, merece la gloria de los altares. Su ejemplo luminoso servirá a tantas mujeres que se ven en las mismas circunstancias difíciles que ella. El Arzobispo, Cardenal Colombo, iniciaba la causa de su beatificación, y ahí tenemos ahora a Gianna, proclamada Beata por el Vicario de Jesucristo, con el esposo y los hijos delante, que no pueden con su emoción, mientras reciben un aplauso inmenso de toda la Iglesia allí congregada (24 Abril 1994)
El papá le había dicho a Gianna Emanuela, la hija que ahora en el Vaticano vestía de azul: ¡Cómo te amó tu mamá, que dio la vida por ti, para que tú vivieses! Porque nos lo dice Jesús en su Evangelio: “No hay amor más grande que el de aquel que da la vida por su amigos”.
Una mujer que como Gianna amaba tanto la vida, supo dónde radicaba la verdadera felicidad. En las cartas a su novio, se encuentran estas joyas:
“El mundo busca la alegría, pero no la encuentra porque la busca lejos de Dios”.
“Nosotros sabemos muy bien que la alegría viene de Jesús. Con Jesús en el corazón, llevamos la alegría con nosotros”. “La felicidad consiste en tener a Jesús en el corazón”.
“La felicidad, mejor dicho, su secreto, es vivir momento por momento, y agradecer al Señor lo que Él en su bondad nos manda”.
Así pensaba una chica enamorada. ¿Quién se va a extrañar de su santidad mostrada después?…
Gianna, hija de una familia por demás cristiana. Es una estudiante modelo. Una profesional médico muy competente. Una novia encantadora. Una esposa y madre cabal. Una cristiana perfecta en todas sus actuaciones. Y hoy, una santa querida en todo el mundo, mártir de su deber de madre. Los hijos de la Iglesia nos podemos enorgullecer, con toda razón, de tener una hermana nuestra como Gianna Beretta.