San Ezequiel Moreno
16. diciembre 2016 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosEn Octubre de 1992 viene a nuestra América el papa Juan Pablo II para conmemorar el inicio de los 500 años de Evangelización del Continente de la Esperanza. Y como regalo de su visita, canoniza a San Ezequiel Moreno, de quien dice: “En su vida aparecen España, Filipinas y América como los lugares en que desarrolló su incansable actividad misionera”. Tan pocas y serenas palabras nos quieren hacer ver todo un mundo de heroísmos, en el cual el Padre Ezequiel es uno de esos pioneros que han realizado la epopeya más grandiosa de cristianización que ha realizado la Iglesia.
Ezequiel nace en 1848 en La Rioja, esa región simpática de España, famosa por su vinos generosos y por la sangre caliente de sus hijos. Religioso agustino, y antes de acabar los estudios de la carrera, es enviado a las misiones de Filipinas, donde completa su formación y es ordenado de sacerdote.
Su salud no es del todo buena, pero tiene espíritu de gigante y no se arredrará ante las dificultades. Ya en este tiempo, es una realidad lo que afirmará en las postrimerías de su vida: “La enfermedad me lleva más a Jesús”. Y con Jesús como única ilusión de su vida, emprende sus aventuras misioneras en Oriente, como aquella vez en que penetra con una expedición en la isla de Panagua llevando el Evangelio. Va de capellán el joven sacerdote Ezequiel y se ha de abrir paso entre matorrales, bejucos y malezas. ¿Las paredes de la capilla? Unas cuantas ramas secas de los árboles sacadas de la selva… ¿El altar? Las cajas del equipaje… Y en templo tan grandioso (¡!) se celebra la primera Misa de aquella isla afortunada.
Los Superiores lo devuelven a España para ponerlo al frente del convento de Monteagudo, donde había iniciado su vida religiosa y en el que se han formado tantos jóvenes para las Misiones. Pero no va a durar mucho en el cargo. Porque en 1888 recibe la propuesta: -Se reabre la misión en Colombia. ¿Está dispuesto a ir a los Llanos de Casanare? Al Padre Ezequiel se le ilumina el rostro: -¡Hace tiempo que siento la llamada del Señor para es Misiones! ¡Cuenten conmigo!
Viene a Colombia como jefe de la expedición. Son un puñado de jóvenes misioneros que se van a dar con toda el alma a la evangelización de nuestras tierras, cristianas, sí, pero que habían sufrido por tantos años una gran deficiencia de sacerdotes que mantuvieran la fe en todo su vigor. El Padre Ezequiel, como Superior, ha de residir mucho en Bogotá, pero la Misión de Los Llanos le atrae irresistiblemente:
“Mi corazón quiere volver a estas tierras para quedarme en ellas y entregar mi alma a Dios en el temido Casanare. ¡Se puede trabajar tanto por la gloria de Dios y el bien de las almas! Estoy solo, debajo de unos árboles, en estas inmensidades desiertas, y me distrae agradablemente el acordarme de mi Dios, hablar con Él, pensar en sus cosas y en lo que le debe agradar el que nos entreguemos a esta vida de privaciones de todo género. Además, ¡pasa tan pronto la vida! Y si de estos Llanos voy al Cielo, qué más necesito, qué más quiero”.
Para asegurar una Iglesia fuerte, Casanare necesitaba ser obispado, y el Papa León XIII, al crear el Vicariato Apostólico, nombraba primer Obispo al Padre Ezequiel. Ahora, a recorrer aquellas tierras extensísimas a lomo de mula, en medio de toda clase de privaciones y sacrificios, que agigantaban al apóstol. Aunque no va a durar mucho aquí. Porque, a los tres años, Dios lo lleva a otro campo de más compromiso, a una diócesis tan importante de Colombia como era Pasto, donde será Obispo hasta su muerte en 1906.
En Pasto luchará como un titán contra el liberalismo de aquellos tiempos. Se va a hacer famoso con su eslogan, siempre repetido: “O con Jesucristo o contra Jesucristo”. Será acusado de intransigente ante el Papa. Pero el gran León XIII lo escucha, comprende la situación, y exclama después ante sus prelados, plenamente convencido: “Obispos como éste se necesitan en la Iglesia”.
Los pobres y los enfermos se llevan sus desvelos mayores. A los pobres les daba todo, y él se quedaba pobre de verdad. No tenía ni lo necesario casi para vestirse, pues toda su ropa se reducía a dos túnicas de estameña, dos pares de calzoncillos, unos pantalones muy viejos que él mismo se remendaba, y unos zapatos destrozados. Al morir, no se le encontraron prendas para amortajarle.
Ya desde que estaba en Bogotá, el Padre Ezequiel era famoso por su solicitud pastoral con los enfermos, como lo expresa un historiador de aquellos días:
“¡Puerta de la Candelaria! ¿Qué noche no has sido golpeada y bien a deshora, por quien venía en busca del Padre Moreno para asistir a un moribundo? ¿Cuántas noches habrá pasado tranquilo en su pobre lecho, sin ser despertado una o varias veces, a las doce, a las dos de la mañana, para ir a esos barrios llenos de lodo y charcos, para atender a un enfermo?”…
Sabedor de que toda acción social no daba en la Diócesis ningún resultado sin una piedad profunda, instituye con un Padre Jesuita la Liga del Sagrado Corazón, pues decía: “Si se toma con empeño la devoción al sagrado Corazón de Jesús, tiene que venir la perfección”. Ama y hace amar a la Virgen Santísima, a la que le dice con ternura de hijo: “¡Es tan dulce hablar de ti, Madre mía!”…
En la piedad, el Obispo va delante con su ejemplo. Aparte de la oración obligatoria, se pasa al menos cuatro horas y media cada día solito ante el altar haciendo compañía a Jesús Sacramentado, ¡como si no tuviera otra cosa que hacer!… Y cada jueves hace sin falta de once a doce de la noche la Hora Santa.
Agotado en su salud, lo regresan a España para una operación delicada. Pero no llega a curar. Dios lo llevaba para que muriese en aquel mismo convento donde comenzara su vida religiosa y donde había sido formador de misioneros, en Monteagudo, último pueblo limítrofe de Navarra, la tierra del misionero número uno, Francisco Javier.