El Beato Papa Juan XXIII

23. diciembre 2016 | Por | Categoria: Santos

El querido Papa Juan XXIII se metió a todo el mundo en el puño con aquella su bondad que hará historia. Se necesitaba mucha humildad para suceder al Papa Pío XII, y todos vieron en el Cardenal Roncalli al más dispuesto, que, a sus casi setenta y ocho años, sería un Papa de transición, provisional, que haría un papel modesto, y nada más. Pero, ¡cómo se equivocaron todos los que así pensaban! Y quizá el más equivocado de todos era el mismo elegido, como lo demostró en la primera audiencia que concedió a un conocido Religioso de la Curia Vaticana, al recibirle con la mayor naturalidad y sencillez:
– ¡Ya ve, Padre, me han hecho Papa!
Señala entonces los dos cuadritos que tenía sobre la mesa con las fotografías de sus predecesores Pío XI y Pío XII, y añade:
– Ya sé que yo no soy como ellos, que gobernaban por sí mismos porque eran quienes eran. Pero yo lo hago por medio de ustedes, que me lo hacen todo muy bien.
Imposible más humildad. Pero éste era el Papa escogido por Dios para realizar en la Iglesia, con solo cuatro años y medio de Pontificado, una renovación profunda con la cual daría una gran vuelta la Historia.

El nuevo Papa había nacido en el seno de una familia campesina, numerosa, y, según su propia expresión, dentro de una “honrada pobreza”. Hermanos y sobrinos seguirán siempre pobres, pues, para mejorar su situación, nunca se aprovecharán del Sacerdote, del Nuncio, del Arzobispo Cardenal o del Papa.
Joven Sacerdote, le toca a Roncalli servir como Capellán en el Ejército durante la Primera Guerra Mundial. Después, su vida discurrirá como Nuncio en el Este de Europa y en París, y será también Arzobispo Patriarca de Venecia. Hasta que en 1958 es elegido Papa y toma el nombre de Juan XXIII.

Esta es la trayectoria ministerial de Roncalli. A lo largo de todos estos años tiene como norma invariable aquello de su lema, que se ha hecho famoso: “Obediencia y paz”. Lo que Dios quiera, y tranquilo del todo. Así, desde el principio hasta el fin, sin más ilusión que trabajar por el Reino y hacerse cada vez más santo, como lo expresa uno de sus apuntes: “Reconozco que he de conseguir la unión constante con Dios de pensamiento, palabra y obra, y de mantenerme ante este doble objetivo: ‘Venga tu Reino’ y ‘Hágase tu voluntad’. Todo lo veo en función de estos dos ideales. ¡Pero mis obras de cada día, mis ejercicios de piedad, son tan defectuosos! Bien, pues a renovarlo todo”.

Elegido Papa, no perdió nada de su buen humor, y pronto se hicieron célebres tantas anécdotas suyas llenas de salero, tan graciosas todas. Como aquella ante un conocido fotógrafo canadiense que venía a retratarlo: Si el Señor sabía que iba a ser Papa, ¿no cree que debió hacerme más fotogénico?…

Famosos también algunos hechos que demostraban un corazón inmenso. Como el de su primera Navidad, cuando fue personalmente a felicitar a los presos de la cárcel: Queridos hijos y hermanos: os comprendo. Mi hermano fue detenido una vez por cazar sin licencia… En la primera carta que escribáis a vuestras casas, decid que el Papa ha venido a veros, que estuvo aquí entre vosotros… Se salió del trazado que habían diseñado los guardias, llegó ante las verjas de los incorregibles, y ordenó severo: ¡Abran las verjas! No quiero que nada les separe de mí. ¡Todos son hijos de Nuestro Señor!

Fue también inolvidable lo de aquella noche cuando, con la apertura del Concilio, se dirigió a la multitud que atestaba la Plaza: Y ahora, cuando vayan a casa, les dan a los niños un beso, les hacen una caricia, y les dicen que esa caricia es la del Papa. Aseguraba un conocido periodista que nunca había resonado en la Plaza de San Pedro un aplauso tan enorme como el que se escuchó esa noche.

El Papa Juan pasará a la Historia sobre todo por el Concilio que regaló a la Iglesia. Una vez anunciado, sus colaboradores más cercanos le preguntan: -Pero, Santo Padre, un Concilio ahora, ¿para qué? Y el anciano Papa realizó un gesto profético que será también inmortal. Se dirige a la ventana de su despacho, la abre, y contesta: -Para esto, para que entre aire fresco en la Iglesia.

Conforme a la voluntad del Papa, el Concilio miraría sobre todo de conseguir la unión de todas las Iglesias cristianas. Su norma fue precisa: Buscar lo que nos une, no lo que nos divide. Y otra vez: No queremos demostrar quién tenía razón ni quién se equivocó. Todo lo que queremos decir es esto: tratemos de caminar juntos; tratemos de poner fin a nuestras divisiones. Y decía sobre los hermanos separados: Lo quieran o no lo quieran, son nuestros hermanos. Y no dejarán de serlo mientras sigan diciendo: “Padre nuestro”. Así se dio inicio al movimiento del Ecumenismo, tan esperanzador para la Iglesia.

El Concilio se celebró de 1962 a 1965. El Papa Juan sólo pudo seguir la primera sesión; las otras tres las continuaría su sucesor el Papa Pablo VI. Al acabar la primera sesión, los Padres conciliares, los Obispos de todo el mundo, salieron de la Basílica a la Plaza para recibir la bendición del Papa, que dijo desde su ventana: ¡Qué espectáculo ante mis ojos! Toda la Iglesia reunida aquí en todos sus miembros. ¡Aquí, los Obispos! ¡Aquí, los Sacerdotes! ¡Aquí, su pueblo cristiano! Una familia completa está presente aquí: ¡la familia de Cristo!…

No podía aquel anciano seguir viviendo mucho más. Cuando se sintió tan mal por el cáncer que se le había declarado, dijo con toda paz: Estoy volviendo al Señor. Me ofrezco a Él como un sacrificio en el Altar por la Iglesia, por el Concilio y por la paz. Tengo hechas mis maletas y estoy completamente dispuesto a emprender el viaje.
Esto lo decía el 31 de Mayo del 62. El día 3 de Junio volaba al Cielo su alma santa. El año del Jubileo, en Septiembre del 2000, el Papa Juan Pablo II lo elevaba a la gloria de los altares.

Deje su comentario

Nota: MinisterioPMO.org se reserva el derecho de publicación de los comentarios según su contenido y tenor. Para más información, visite: Términos de Uso