La Beata Nazaria Ignacia

18. noviembre 2016 | Por | Categoria: Santos

En 1920 y en la ciudad de Oruro, de Bolivia, una joven religiosa está haciendo los Ejercicios Espirituales. Medita sobre el Reino de Cristo, se entusiasma, y se pregunta:
– ¿Por qué no alistarme yo y no alistar a otras muchas almas bajo la bandera del divino Capitán y lanzarnos a la conquista del mundo para entregarlo a Jesucristo?…
Ve entonces cómo el Arcángel San Miguel y San Ignacio de Loyola le ponen en la mano una bandera blanca, que ella levanta con entusiasmo, y que le hace exclamar:
– Me sentí con la fortaleza y la fe del mártir, dispuesta a dar mi vida por levantar la bandera y formar un regimiento de almas apostólicas, que luchasen por la Santa Iglesia al lado del Papa y de los Obispos.

Quien así pensaba y escribía era una simpática madrileña, que Dios nos regaló a América, y hoy la contamos entre nuestras Santas más queridas.
Nace en Madrid de padres muy cristianos ⎯¡dieciocho hijos vinieron al hogar!, aunque ocho murieron tempranamente⎯, y el padre, negociante, para sacar a flote a semejante familia, se traslada a Sevilla y viaja a América varias veces.
La pequeña Nazaria, vivaracha, inquieta, es desde niña un ángel. Crece, se desarrolla, y se decide a ser toda de Jesús. Sueña en aventuras divinas, ser misionera, y oye un día a Sor María de la Cruz, la santa sevillana: Tú irás a América, y volverás con compañeras.  
Sobre esta profecía, viene otra del santo Padre Tarín: Hija mía, Dios te ama mucho. Animo y adelante. Dentro de unos tres años Dios te empezará a colmar tus deseos, después te los colmará todos, todos.

A la muchacha aventurera ⎯tiene ya dieciocho años⎯ se le presenta la ocasión cuando su padre decide instalarse en México llevando consigo a toda la familia. En el barco, al atracar en Cuba, observa la actitud de dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados, y se dice. ¡Qué monjas, tan diferentes de las demás! Pobres, humildes, siempre escondidas durante todo el viaje. No hablan casi nada y siempre escogen los últimos y peores asientos. Yo me hago de ellas.
E ingresa con las Hermanitas la que soñaba en ser una gran apóstol y mártir, porque ahora piensa en serlo de manera muy diferente, pues dice: El Señor se dignó manifestarme lo que encontraría en este Instituto: martirio del cuerpo y del alma, tanto más meritorios cuanto más ocultos. Vuelve a España para hacer el noviciado, y la Madre anuncia que se piden voluntarias “animosas” para la nueva misión: -¿Usted firmaría? -Sí, Madre, y hasta con la sangre de mis venas. – ¿Y qué motivo le impulsa? -El de ser apóstol.

Para ser apóstol llega Nazaria a Bolivia y en el convento de la ciudad de Oruro le encargan el pedir limosna para los ancianos desamparados. Su simpatía arrolladora atrae buenas limosnas, aunque le cuesta también sus grandes sacrificios. Un día, al pedir, tiende la mano, pero recibe un salivazo en la cara. Nazaria, con su gracia sin par, contesta a la injuria: -Este escupitajo para mí, ¿y para mis pobres?…
En este ministerio tan humilde y abnegado tiene la oportunidad de conocer las necesidades más grandes de la sociedad que le rodea. Por consejo del Nuncio del Papa en Bolivia, lee la vida de Santa Catalina de Siena, para preguntarse al final: -¿Y si yo hiciera lo mismo? ¿Y si formo una Cruzada para trabajar por el Papa y a las órdenes del Papa? Ama mucho a su Congregación de las Hermanitas, pero era Dios quien le metía en la cabeza semejantes pensamientos. Y Dios se lo va a probar bien pronto.

En Oruro existía un Beaterio que daba muchos quebraderos de cabeza al Obispo. Sus moradoras eran de lo más rebelde y relajado. Hasta que el Obispo se decide a actuar: Hay que reformar este Beaterio y hacer que las Religiosas y las Señoras del mismo trabajen por tantas necesidades del pueblo que les rodea. Conociendo el temple de la joven religiosa Nazaria, le pide que salga de su convento y haga la prueba durante seis meses. Los resultados dirían cuál sería después la voluntad de Dios, que se manifestó bien clara.
Con grandes sacrificios, pero el Beaterio se reformó, ingresaron muchas postulantes, y, sin pretenderlo casi, nacía el nuevo Instituto de las Misioneras de la Cruzada Pontificia.

Nazaria se da  en cuerpo y alma a la nueva fundación. De Bolivia saltará a Argentina, a Uruguay, a España… Viaja desde Argentina a Roma para conseguir la aprobación del Instituto. Ve al Papa Pío XI por dos veces, y en la primera ocasión se emociona tanto que se echa a llorar y no puede pronunciar palabra.
En la segunda, le manifiesta al Papa su disposición de trabajar denodadamente por la sede de Pedro, y el Papa le contesta: -Sí, y por Pedro a Cristo. Nazaria se entusiasma, y le asegura al Papa que ella y sus religiosas están dispuestas a morir por la Iglesia. Pero el Papa le contesta:
– ¿Morir, hija mía? Morir, no. Vivir, vivir y trabajar mucho por la Iglesia.

La persecución religiosa de España de 1936 le sorprende en Madrid. Apresada con sus compañeras, van a ser fusiladas, y, rodeadas de milicianos rojos, esas jóvenes andaluzas, tan bullangueras, están de fiesta mayor porque van a morir por Cristo. Los milicianos no saben qué hacer:
– Pero, ¿cómo estáis tan contentas? ¿No veis que os vamos a fusilar?…
– ¡Oh! Acabamos de comulgar. ¡Y es tan bonito perder esta vida para ganar la eterna!…
Sin embargo, no las pudieron matar. Estaban acogidas a los consulados de Uruguay y Bolivia, y el Derecho Internacional mandaba…

Nazaria pasará sus últimos días en Buenos Aires, donde morirá el año 1943. Su cadáver será trasladado a Oruro, en Bolivia, donde es venerado con tanta devoción, sobre todo desde que el Papa Juan Pablo II la elevara a los altares en 1992. ¡Qué santa tan nuestra, tan española y tan americana!…
  

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