El Beato Manuel González

11. noviembre 2016 | Por | Categoria: Santos

Don Manuel González era a principios del siglo veinte un joven sacerdote sevillano que respiraba simpatía por todos los poros de su cuerpo. Tenía nada más que veinte y seis años cuando su Obispo, el hoy Beato Marcelo Spínola, le mandaba a una parroquia en extremo difícil: -No le mando, se la propongo. Si usted fracasa, se regresa. Fiado en la obediencia, Don Manuel va derecho a Huelva.

Veinte mil almas, y ni una sola comunión al día. Aquello era horrible: entre socialistas, anarquistas, comunistas, revolucionarios mineros de la más pura esencia, y protestantes venidos de Inglaterra, habían sembrado de sal todo el terreno de aquella Iglesia. Ante el Sagrario, el joven sacerdote le preguntaba al Señor: -¿Por dónde comienzo, Corazón de Jesús? Y pronto se dio a sí mismo la respuesta: -Hay que ganar primero a estas tres o cuatro mujeres que aún vienen a la Iglesia.

A las cinco de la mañana abría el templo, se clavaba en el confesonario, aunque no llegaba nadie, celebraba la Misa sin poder repartir ni una sola comunión…, ¡y a esperar! Así día tras día. Hasta que empezaron las primeras conquistas. Al marchar de aquella Parroquia, diez años más tarde, las Comuniones, que habían empezado de cero, eran casi doscientas mil.
Dejaba Huelva porque le habían nombrado Obispo de Málaga, y al ser consagrado, escribió unas palabras famosas: Yo no quiero ser Obispo más que del Sagrario abandonado. Voy a Málaga para ser Obispo de dos grandes desconsolados: el Sagrario y el pueblo. El Sagrario, porque se ha quedado sin pueblo; y el pueblo porque se ha quedado sin Sagrario conocido, amado y frecuentado.

Aquí está el secreto de este gran santo y apóstol, que llenó la primera mitad del siglo veinte en todos los ámbitos de nuestra lengua, porque sus escritos sobre la Eucaristía y sus fundaciones para promover la Comunión y la adoración del Santísimo abarcaron Sevilla, España entera y los países de nuestra América.

Su primer destino, recién ordenado sacerdote, fue el Asilo de las Hermanitas de los Pobres. Aquellos tres años ⎯“los tres más felices de mi vida”, dirá después⎯ hicieron del Asilo un jardín del Cielo. Jesús Sacramentado lo llenaba todo. Entre aquellos ancianos, hombres y mujeres, comulgaban prácticamente todos y la capilla estaba siempre con adoradores. Las anécdotas que nos ha conservado el mismo Don Manuel son graciosas a más no poder.
Una como muestra, en su típica pronunciación andaluza. Va un día a la capilla y se encuentra con un viejito fumando tan tranquilo. El Padre le llama la atención cariñosamente: -Pero, ¿fumando aquí? -No se enfade usté, Padrecito mío, que aquí no hay nadie ahora que se pueda ofendé. -Pero, ¿y el respeto al Señor? -¿El Señó? ¿Usté cree que se va a enfadá porque esté aquí uno tan a gusto echando esta colilla?…

Del Asilo pasa a la Parroquia de Huelva, a la que va a hacer famosa. Como obreros de las minas, la mayoría de las familias son pobres, muy pobres. Los niños, abandonados por las calles y analfabetos, son un problema serio. Pero el joven sacerdote empieza por dar a todos lo más importante: a Jesucristo.
El Catecismo les enseña a todos quién es el Señor. Y las clases de catecismo de Don Manuel, propagadas por sus escritos, se hacen famosas en todas partes.
Por otra parte, la Eucaristía, en la que está presente el Señor, se convierte en el centro de toda la piedad de la Parroquia. Para la adoración continua del Santísimo funda las Marías de los Sagrarios y los Discípulos de San Juan, extendidos rápidamente por centenares de miles en todo el mundo. Después vendrá el Instituto de las Misioneras Eucarísticas Nazarenas, que perpetuarán para siempre la obra de Don Manuel. Del Sagrario aquel de la Parroquia, siempre rodeado de adoradores, saldrán inmediatamente las Escuelas del Sagrado Corazón, cuya construcción resulta toda una epopeya, y las demás obras sociales, que van a cambiar bien pronto el aspecto de la ciudad.

Los hechos cotidianos sobre la vida eucarística en la Parroquia resultan emocionantes. Entre aquellos niños desarrapados están surgiendo grupos de auténticos santos. Un día se le presentan dos niños que no se atreven a empezar, y Don Manuel: -¿Qué traéis con ese aire de parlamentarios? -Que queríamos que nos diera usted permiso para pasar toda la noche ante el Sagrario. -Chiquillos, ¡toda la noche! -Sí, señor; ya tenemos permiso de nuestras madres, y traemos aquí en el bolsillo pan y quesos para comérnoslo antes de las doce y poder comulgar mañana. Y vendrán con nosotros éste y aquél, fulano y mengano…
Contaron hasta nueve compañeros. No hubo más remedio que ceder ante aquellos valientes.

Don Manuel, famoso Arcipreste de Huelva, es nombrado Obispo de Málaga. Y aquí, los mismos prodigios de fe en la construcción del Seminario. El mismo amor a los pobres. La misma expansión del amor a la Eucaristía. Estos sus dos amores los expresó en aquel su deseo: Me gustaría morir o a la puerta de un Sagrario o junto a la puerta de un pobre.

Y viene lo más grande y más trágico, el peso de la cruz con la persecución. Se instaura la República en España, y lo primero que hacen las turbas revolucionarias es ir directas a la casa del Obispo, asaltarla y reducirla a escombros y ceniza. Tres años Don Manuel sin poder entrar en su Diócesis, hasta que el Papa le manda a otro Obispado lleno de paz y de profunda vida cristiana, a Palencia, en el corazón de Castilla.
Muere Don Manuel el año 1940, y deja expresado su deseo: “Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No dejadlo abandonado!”
Así canta la lápida que cubre los restos del Obispo del Sagrario abandonado.

Deje su comentario

Nota: MinisterioPMO.org se reserva el derecho de publicación de los comentarios según su contenido y tenor. Para más información, visite: Términos de Uso