Santa Josefina Bakhita
14. octubre 2016 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosJosefina Bakhita es una Santa que se ha ganado los corazones por millones. Por de pronto, los corazones de todos los cristianos de su Africa natal. Nacida en un pueblecito del Sudán, colindante con Chad y el Congo, hasta los siete años goza del amor más puro en el seno de una familia pagana, pero honesta y hasta cierto punto acomodada dentro de la pobreza de las tribus africanas, en aquel pueblo formado todo por chozas de paja y barro, en forma de hongo, que dan al poblado un aspecto pintoresco.
La niñez feliz de Josefina dura muy poco, pues con sus siete añitos sale un día con una amiguita a buscar hierbas y flores, cuando se presentan dos forasteros que se abalanzan sobre ella, uno la sujeta fuerte y el otro le amenaza: Si gritas, te mato. La pobre criatura, aterrada, no sabe responder cuando le preguntan: ¿Cómo te llamas?… ¿No lo sabes? Pues, te llamarás de ahora en adelante BAKHITA: “La afortunada”. Y con este nombre de Bakhita, al que antepondrá Giuseppina, Josefina, cuando reciba el Bautismo muchos años después, llegará hasta nosotros, que la llamamos así: BAKHITA, muy cariñosamente…
Los secuestradores se la llevan camino adelante. Le esperan unos ocho años de torturas indescriptibles. El primer día con los dos raptores fue horrible, hasta llegar al primer destino, donde va a pasar solita un mes, encerrada en un cuarto oscuro, tirada sobre el duro suelo, y con una puertucha que sólo se abría alguna vez para dejarle algo de miserable comida… Ya mayor, escribirá: Es imposible describir lo que sufrí allí. Mi fantasía me llevaba lejos, lejos hasta mis seres queridos. Veía a mis padres y hermanos, los abrazaba con ternura…, pero había de volver a la realidad. Cansada de llorar, caía al suelo con un sueño muy breve, para sumirme después en mi terrible soledad.
Hasta que un día es entregada a unos comerciantes de esclavos, que la unen al grupo formado por tres hombres y tres mujeres, entre ellas una niña un poquito mayor que Bakhita. El viaje es indescriptible por las torturas. Lo cuenta ella todo, y no se puede leer sin lágrimas en los ojos. Los mayores, atados con gruesas cadenas al cuello erizadas de clavos, y sobre las espaldas los bultos del viaje a través de las selvas y los desiertos. Las dos niñas no van atadas, y esto las anima un día a escaparse aprovechando un descuido de los amos crueles. Pero, naturalmente, caen de nuevo las dos, y ahora la vida va a ser mucho más horrible. Por tres veces serán vendidas como esclavas, y cada nueva experiencia será peor que la anterior.
Un día, su nuevo amo se enfurece, y nos cuenta ella misma: Me agarró a la fuerza, me tiró a tierra, y con el azote y a patadas me dio tantos golpes que quedé como muerta. Perdí el sentido, y no supe más de mí. Llevada por las otras esclavas a mi lecho, allí permanecí imposibilitada más de un mes.
Pero faltaba lo peor. Compradas por un general turco, una vez se enfurece el amo y manda a dos soldados que las azoten sin compasión a las dos. Nos cuenta Bakhita: El azote, dirigido repetidamente sobre el muslo, se llevó la piel y la carne, y me trazó un largo canal que me hizo estar inmóvil en mi lecho por varios meses. Pero el malo malo no era el amo, sino su madre y su mujer, las cuales un día ordenaron el terrible tatuaje. Se lo practicaron en todo el cuerpo, aunque reservaron inmune la cara. Tres meses permaneció inmóvil en el lecho, y dice: No morí por un milagro del Señor, que me destinaba a cosas mejores.
Estas cosas mejores empiezan con la libertad. En Khartum, compra a Bakhita el cónsul italiano, que la entrega a una buena señora, la cual va a ser con ella más que una madre. Por primera vez, puede lucir un vestido… Viene a parar finalmente a Italia, y la ciudad de Venecia será la segunda patria de esta africana primorosa. No conoce para nada a Dios, y menos ha oído hablar de Jesucristo. Así que escribirá después: ¡Ah! Si durante mi larga esclavitud hubiese conocido a Dios, habría sufrido mucho menos.
Bakhita con quince años, y, después de tanto sufrir, es una adolescente muy madura. Un señor amigo besa devotamente un crucifijo de plata, y se lo da a Bakhita mientras le dice: Mira, es Jesucristo, el Hijo de Dios, muerto por nosotros. Bakhita entra en el Instituto de los Catecúmenos, dirigido por la Religiosas de Canosa., las cuales —dice ella— me hicieron conocer a Dios, a quien sentía desde niña en mi corazón, sin saber quién era. Recordaba cómo viendo el sol, la luna y las estrellas, todas las bellezas de la naturaleza, me decía yo: ¿Quién es el dueño de todas estas cosas tan hermosas? Y sentía un gran deseo de verlo, de conocerlo, de honrarlo. Y ahora lo conozco. ¡Gracias, gracias, Dios mío!
Bien preparada, recibe en enero de 1890 los tres Sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía: ¡Oh, qué fecha tan inolvidable!…
Pero Dios le tiene reservada en su Iglesia una gracia grande, muy grande: ¿Y por qué no me doy del todo a Dios y a Jesús, como estas Religiosas que así me han instruido y tanto me han amado?… Pide ingresar en la Congregación, es admitida, y le examina, como una prueba y un requisito previo, nada menos que el Arzobispo y Patriarca de Venecia en persona, Cardenal Sarto, el que será después Papa San Pío X… Le ha dicho el Patriarca: Haz los votos sin miedo. Jesús lo quiere. Jesús te ama. Ámalo tú también.
Bakhita se convierte en una Religiosa ejemplar. Hacia el final de su vida, es destinada al Noviciado Canosiano para las Misiones, ella, que había escrito: Oh Señor, si yo pudiera volar allí, a mi gente, a predicar a todos con voz fuerte tu bondad. ¡Oh, cuántas almas te conquistaría! Los primeros, a mi papá y mi mamá, a mis hermanos, a mi hermana, que todavía sigue esclava…, a todos, a todos los pobres negros de Africa. Haz, Jesús, que todos ellos te conozcan y te amen. Estos eran sus sentimientos, vividos en oración constante dentro del convento. Hasta que le llegó la muerte el año 1947. ¿Después?… Acabaría en los altares. El Papa Juan Pablo II la declaraba Santa, la última canonizada dentro del Gran Jubileo del año 2000. La esclava negrita, que con limpieza virginal había aprendido a robar corazones…