Los Protomártires de Roma
28. octubre 2016 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosCada año el 30 de Junio, al día siguiente de la fiesta de San Pedro y de San Pablo, la Iglesia celebra el recuerdo de unos Santos muy queridos: los primeros Mártires de Roma en la persecución de Nerón.
Hacía treinta años que en Jerusalén había muerto a pedradas el primer mártir de la Iglesia, San Esteban. Unos diez años después, moría el apóstol Santiago, al filo de la espada, también en Jerusalén. Pero la Iglesia naciente no conocía aún el derramamiento de sangre de una manera masiva.
A partir del año 64 iba a comenzar aquel río de sangre cristiana que ya no dejaría de correr a lo largo de los siglos. E iba a empezar de una manera espectacular en Roma, la capital del Imperio. Pedro y Pablo serán las dos grandes lumbreras de esta persecución. Pero no hemos de olvidar a tantos hermanos y tantas hermanas más que sellaron con sangre de manera tan gloriosa los inicios de la Iglesia.
¿Qué había ocurrido para que se desatara tal vendaval contra la Iglesia? Tenemos dos historiadores romanos, paganos los dos y de aquellos mismos días, que nos han conservado las memoria de los acontecimientos en toda su realidad (Tácito y Suetonio). Afortunadamente, no tenemos que inventar nada.
Mandaba en Roma Nerón, uno de los hombres más crueles que ha tenido la Historia. Roma era una belleza, que atesoraba monumentos, templos, estatuas, expolios de guerras, en medio de jardines encantadores. Y contaba también con una parte vieja en torno a los grandes circos y palacios de la Roma clásica.
Pero el loco del emperador no estaba contento con aquella ciudad, y soñó en hacer una ciudad nueva, a la que podría dar su propio nombre. Se había ido a descansar en su residencia de la costa al sur de Roma, pero había dejado órdenes bien precisas. En la noche del 18 al 19 de Julio del año 0604 estallaba el incendio en las casas de la Roma antigua que rodeaban el Circo Máximo.
Bien adoctrinados algunos conspiradores a las órdenes del Emperador, dieron fuego a las casas más alejadas del centro, de modo que durante seis días y seis noches Roma fue escenario de un incendio pavoroso y espectacular. Advertido Nerón ⎯¡como si no supiera nada el inocente de él!⎯ de que las llamas llegaban ya a su palacio en el monte Palatino, se presentó en el escenario de la tragedia, y, entusiasmado ante aquel espectáculo grandioso, vestido de toga y con la lira en la mano, entonó el himno clásico de la destrucción de Troya.
Las víctimas de la catástrofe fueron muchas. Se cebaron las enfermedades y el hambre acosó a los ciudadanos. En medio de los calores más recios del verano, los ciudadanos padecieron sed abrasadora y hubieron de dormir a la intemperie.
Pero pronto saltó la pregunta entre la gente aterrada: ¿Quién ha causado este incendio? ¿Casualidad? ¡No!… Y empieza a correr el rumor certero y bien fundado: -¡El Emperador! ¡El Emperador! ¡Ha sido el Emperador!…
Nerón, para disimular, ordena de inmediato la reconstrucción de la capital del Imperio, hace atender a las innumerables víctimas, reparte regalos y dinero en cantidades fabulosas, aunque para ello haya de empobrecer a tantas provincias con impuestos insoportables.
Sobre todo, se empeña en buscar una cabeza de chivo expiatorio, que le viene sugerido bien pronto: -¡Los cristianos! ¡Los cristianos! Esa secta tan criminal, convicta de odio a todo el género humano. Fue su fundador un tal Cristo, ajusticiado por Poncio Pilato en Palestina, y se ha extendido por todas partes llenando al Imperio de infamia…
Son palabras que Nerón aceptó a la primera, y le vinieron estupendamente bien para empezar una persecución atroz que se iba a extender a todo el Imperio, aunque en nuestro lenguaje la hemos circunscrito siempre a Roma. La consigna era: – ¡Los cristianos tienen que desaparecer! (Cristiani non sint)
Las palabras de los dos historiadores romanos se han repetido millones de veces. Había que matar a todos los cristianos, y una multitud inmensa ⎯son las palabras textuales (ingens multitudo)⎯ fue entregada al furor y al escarnio del populacho, que exigía venganza por el incendio. La descripción del historiador se ha repetido también sin cesar, centrada en este párrafo tan conocido:
– “Esos cristianos, cubiertos de pieles de fieras, eran expuestos a los perros, que se lanzaban contra ellos y los desgarraban con sus dientes. Otros, levantados en cruces y untados de pez, eran encendidos a manera de antorchas apenas faltaba la luz del día. A la luz siniestra de aquellas víctimas inocentes, Nerón se paseaba por sus jardines del Vaticano, mezclado con la muchedumbre, o guiaba en el circo su carro, luciendo habilidades de auriga”.
Quien sucedió más tarde a San Pedro en la cátedra de Roma como Obispo, San Clemente, califica con horror las deshonras espantables e impías que infligieron a las mujeres cristianas
Las víctimas más ilustres de la persecución fueron, naturalmente, Pedro y Pablo. Pablo, como ciudadano romano, fue pasado al filo de la espada en las afueras de Roma. Pedro, considerado simple judío, esclavo despreciable y además jefe de la odiada secta cristiana, fue crucificado en una colina encima del Vaticano, y, por petición propia ⎯porque no se creía digno de morir como Jesús su Maestro querido⎯, obtiene ser clavado cabeza abajo, nos cuenta un famoso testimonio cristiano (Orígenes: “capite demiso”)
Siempre nos han gustado mucho las historias de los Mártires, las cuales empiezan con ésta de los Protomártires de la Iglesia de Roma, que marcó de manera imborrable la Historia de la Iglesia.
Los confesores de la fe que les sigan en los tres siglos de persecución en el Imperio, y todos los demás a lo largo de los milenios, se mirarán en ellos para ser dignos de aquellos incomparables testigos de la fe.