Santa Bernardita Soubirous

9. septiembre 2016 | Por | Categoria: Santos

Nada más nombrar a Bernardita Soubirous ya se nos ha escapado el pensamiento como un rayo hacia Lourdes. Porque Santa Bernardita fue la elegida por Dios como destinataria primera de las más famosas apariciones de la Virgen en los tiempos modernos. En la tercera de las apariciones, le dice la Virgen aquellas palabras que se han hecho célebres: No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro.

Ésta vida dura que le anuncia la Virgen había comenzado para Bernardita desde el principio. Su padre, dueño de un pequeño molino del pueblecito de Lourdes, es pobre. Bernardita, la mayor de nueve hermanitos, lleva una infancia muy dura. Es encomendada a una nodriza. No puede ir después a la escuela, y llega a ver preso a su padre por un falso testimonio que le habían levantado. Muy pequeñita aún, contrae el cólera que la pone a las puertas de la muerte, y, aunque cura, la enfermedad la va dejar muy débil para el resto de su vida

El año 1858 va a ser el gran año de la gracia para Bernardita. El 11 de Febrero comienzan las dieciocho apariciones famosas, que culminan todas en la del 25 de Marzo, cuando Bernardita le dirá angustiada a la aparición:
– Señora, ¿puedes decirme quien sois?
Y la Virgen, levantando los ojos al Cielo, con las manos juntas y dando un suspiro profundo, responde:
– ¡Yo soy la Inmaculada Concepción!
A partir de ahora, se va a cumplir día a día la profecía de la Virgen: ¡No te prometo hacerte feliz en este mundo! Porque pronto comienzan las incomprensiones e incluso la persecución.

Recibe la Primera Comunión en el día del Corpus, y al día siguiente viene la orden de encerrarla, aunque el párroco se opone tenazmente y la salva.
Interrogatorios continuos a la pobre jovencita, que ya frecuenta la escuela y forma entre las Hijas de María.

Un día recibe recibe la visita de un señor completamente descreído, que encuentra a Bernardita remendando unos calcetines:
– Oye, muchachita, ¿puedes decirme cómo sonríe tu Señora?
– Señor, para reproducir aquella sonrisa hay que ser del Cielo.
– Haz la prueba, porque yo soy incrédulo total.
Bernardita se pone muy triste. No haría jamás eso de imitar la sonrisa de la Virgen. Pero se trataba de ganar aquella alma perdida, y responde:
– Puesto que sois un incrédulo, repetiré la sonrisa de la Virgen.
Lo hace de tal manera, que el pobre hombre queda petrificado, y confesará después: -No puedo olvidar el rostro angelical de la Vidente. Desde entonces, aquella sonrisa me acompaña siempre. Me convertí, y ahora soy un fervoroso creyente y un gran devoto de María.

Cuatro años después, el Obispo aprobaba las apariciones como verdaderas y se bendecía la imagen de la Virgen, aunque Bernardita no puede asistir por estar enferma de gravedad. Recibe la Unción de los Enfermos y se cura sin más. Primera vez que cura inmediatamente después de recibir este Sacramento. Cuando puede ver la imagen colocada en la gruta, se echa a llorar: ¡Oh, no! No es así. ¡Era mucho más hermosa, mucho más!…

Bernardita dice muy convencida: Yo debo ser religiosa. Pero se va a presentar la primera dificultad: la salud echada a perder. Al fin, ingresa en el convento. En el noviciado, hace por mandato una relación definitiva de las apariciones, y ya no hablará más de ellas. Su programa es claro: He venido aquí para esconderme.

Enferma siempre, las Hermanas no saben qué hacer con ella. La Superiora dice sin más: ¡No vale para nada!… Pero el Obispo le dice ante todas las compañeras: Hija mía, yo te doy el encargo de rezar. Nueva recaída grave, nuevamente la Unción de los Enfermos, y nueva curación apenas recibe el Sacramento…  
Mira la cruz y exclama: ¡Oh Cruz, tú eres el altar en el cual quiero sacrificarme muriendo con Jesús!

Efectivamente, Bernardita, tan joven, no puede hacer nada. Sujeta en la enfermería del convento, es una especialista en sonreír con una paz admirable. La visita una vez la superiora, y le pregunta bromeando: ¿Qué hace aquí, haragana? Y Bernardita, con su sonrisa de siempre: ¿Qué hago? Cumplir mi oficio. ¡Estar enferma!…

Una tercera recaída grave, nuevamente el Sacramento de la sagrada Unción, y nueva curación casi instantánea… Mientras tanto, se mantiene muy en alto su ideal: Es necesario que yo sea santa. Mi Jesús lo quiere, y yo estoy obligada como por obligación de estado.

Hasta que al fin, cuando ya está en los treinta y cinco años, cae otra vez grave. La Superiora le propone recibir los últimos Sacramentos, pero Bernardita se niega en absoluto:
– ¡No, no me los den! Siempre que recibo la Sagrada Unción salgo de la gravedad, y lo que yo quiero es irme al Cielo a ver a la Virgen.

La Superiora le promete seriamente que le van a administrar los Sacramentos, pero pidiéndole al Señor que no la cure más. Acepta Bernardita, y esta vez, sí; esta vez recibe la Unción para dar el último toquecito a la belleza de su alma.
El 16 de Abril de 1879 se presentaba ante Dios con la blancura que contemplaba en la Madre celestial durante las apariciones de Lourdes. Bernardita no fue feliz en este mundo —se lo había predicho la Virgen—, pero en el Cielo, ¡la felicidad que disfruta en el Cielo!…

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