San Miguel Febres Cordero
30. septiembre 2016 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosEn un viaje a Quito, la Capital de Ecuador, el visitante se quedó por unos momentos sorprendido:
– ¿Quién es ése del monumento? Porque Simón Bolívar no es, ¿verdad? Parece un cura rodeado de niños, no un militar con soldados. Debe ser alguien muy distinguido, ¿no es así?
Y el acompañante, con orgullo nacional:
– No, no es Simón Bolívar. Pero es otro Libertador no menos glorioso. Es un Hermano de La Salle, y cuando nuestra Patria estaba sometida a dura prueba en los años de su organización y funcionamiento, éste educador formidable la salvó de la ignorancia y elevó notablemente la cultura del pueblo ecuatoriano. Él mismo fue un prestigioso Académico de la Lengua. La Ciudad y la República le erigieron este monumento. El otro monumento, más glorioso que éste, lo encontrará usted en el santuario donde reposan sus restos y donde verá su imagen en un altar. Éste es nuestro San Miguel Febres Cordero.
Así, enfáticamente, hablaba su compatriota de este querido Santo que hoy viene a nuestro Programa.
Miguel nació de padres muy cristianos —y muy distinguidos socialmente— en la ciudad de Cuenca el año 1854. Pero una desgracia marcaría desde el principio su vida tan esperanzadora. Viene al mundo con los pies torcidos, no puede caminar, y la gallardía y caballerosidad de su padre se ven frustradas del todo.
Ya tiene Miguel cinco años, y no puede dar apenas un paso. Dicen que el mismo niño se preguntaba angustiado: ¿Por qué los demás niños pueden correr y jugar, y yo no?… Pero un día sale al jardín, ve en un rosal algo parecido a la Virgen Inmaculada, que le llama con señas: ¡Ven, ven, no tengas miedo! Miguel se acerca, y… no vio nada más, aunque desde este momento, sin que se le hayan arreglado los pies, ya puede caminar algo. Irá progresando, y aunque siempre con dificultad, pero se podrá valer en la vida.
La educación en Ecuador estaba por los suelos, hasta que el Presidente García Moreno trae a la República en 1863 a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que rehacen la enseñanza desde los cimientos. Nuestro Miguel, que ya tiene nueve años, es el primero en ingresar en la nueva Escuela de La Salle, y, al visitarla el Presidente García Moreno, es el elegido para darle la bienvenida en nombre de sus compañeritos. Lo hace con tal garbo, que pregunta admirado el Presidente: ¿Quién es éste muchachito?…
Aplicado, tesonero, piadoso, Miguel llega a sus catorce años y comunica muy decidido a sus papás:
– ¡Yo quiero ser Hermano! ¡Yo entro con los Hermanos de La Salle!
Y los Hermanos, a su vez, comunican al papá:
– Lo recibimos por sus preciosas cualidades de corazón y espíritu.
Ahora, ya se sabe: acabado el noviciado y el tiempo de formación, Miguel será maestro y profesor toda su vida en las escuelas y colegios de La Salle. Con una vida que nos desconcierta. Precisamente porque es la vida más ordinaria que se puede pensar. Desde el principio hasta el fin, no hay en ella nada extraordinario que llame la atención. Todo es rezar, estudiar y enseñar.
Como religioso, se da a la oración con fervor constante, y dice: La vida es una construcción de equilibrio muy inestable, si no se funda en la Oración. En París, no se le dio por turistear, sino que se centró en lo suyo: Una celda, unos libros y la capilla cerquita, es decir, la felicidad al alcance de la mano.
Como profesor, se prepara las clases con un pundonor ejemplar, según su confesión famosa: Si tuviese que enseñar veinte años más las mismas materias, cada vez me prepararía con el mismo esmero, pues cada vez hallo un modo mejor de enseñar esas mismas cosas. Devotísimo de la Virgen María, le tiene dicho a la celestial Señora: Sé tú misma la maestra de mi clase.
Como educador de niños, fueron famosas siempre las Primeras Comuniones preparadas por Miguel, que a él le llenaban el alma, como nos dice: Todo lo sacrificaría gustoso a cambio de preparar sagrarios vivientes a Jesús Sacramentado. Los niños tenían en la Primera Comunión una gran oportunidad para formarse. El Hermano Miguel, durante aquellos tres meses preparatorios, colocaba dos hermosas urnas en el altar: una llena de trigo y la otra vacía. Por cada acto de vencimiento propio que hicieran, cada niño al final de las clases tomaba un grano y lo pasaba a la urna vacía, pues les había dicho el Hermano:
– Molido, con él se harán las hostias de la Primera Comunión.
Llegado el gran día, toda la escuela se trasladaba por las calles en solemne procesión hasta la iglesia de San Francisco, mientras el Hermano Miguel comunicaba con satisfacción honda:
– Muchos niños son pobres, pero hoy todos los corazones son de oro.
Así transcurre la vida entera de Miguel. Un educador formidable. Bueno con todos, amable, cariñoso, sin distinciones, como confiesa uno de sus discípulos: No hacía distinción entre los ricos y los pobres, entre los nobles y los plebeyos. Por eso se le llama siempre con elogio: El bondadoso Hermano Miguel.
La gente lo nota. Y reconocido en plena calle de Quito, un grupo de personas comienza a gritar: ¡Viva el Hermano Miguel! Es Usted una verdadera gloria de la Patria. Y otro le dice a su compañero, también en plena calle: ¿No conoces al Hermano Miguel? Míralo, pues lo distingues enseguida. Es el que lleva pintada en el rostro la santidad.
Así llega al final. Es mandado a Europa para unos congresos y en plan de especialización en Bélgica, Francia y España. La muerte le sorprende en Premiá, cerca de Barcelona, en Febrero de 1910. La espantosa revolución de 1936 profana sus restos, pero se pueden salvar a tiempo. En plena guerra, son traslados a Ecuador, la Patria querida, y en Quito tienen su sepulcro glorioso. Nuestra América está orgullosa de un educador como San Miguel Febres Cordero.