La Beata Ana María Taigi
2. septiembre 2016 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosHoy nos toca presentar a una santa muy especial, a la beata Ana María Taigi, una mujer que muere en Roma, en Junio de 1837, rodeada de su marido, de sus hijos y nietos, y es llorada por toda la Ciudad, empezando por las primeras autoridades civiles y por los más altos prelados de la Iglesia, Obispos, Cardenales y por varios Santos hoy en los altares, que acudían a ella en busca de consejo y de orientación en los asuntos más complicados.
Una mujer casada y muy ocupada, pues le han llegado al hogar siete hijos; cuando enviuda su primera hija, regresa a casa de la mamá con los seis pequeños; aparte de que cuida del papá y de la mamá ancianos, y atiende al esposo en todos los trabajos. Sí, una mujer muy ocupada. Por las mañanas se levanta muy pronto, se va a la iglesia para la primera Misa, recibe la Comunión, y viene a lo mejor Nuestro Señor con alguna visión o gracia especial que la quiere entretener. Ana le dice resuelta: ¡Jesús! No puedo quedarme más. Mira el trabajo que me espera en casa…
Porque aparte de su enorme familia —marido, siete hijos, seis nietos, los papás— vienen a consultarle sus asuntos tantas personas, ricas igual que pobres. Sus consejos son acertadísimos, pues, aparte del don de consejo que le comunica el Espíritu Santo, Ana tiene un arma secreta, y son los Angeles Custodios. Siempre le consulta a su Angel de la Guarda, pero lo hace además con el Angel Custodio de todas las personas que ha de tratar. Con todo, el consultorio de su casa se convierte en su cruz, porque se hubieran necesitado diez personas como ella para atender a tantos como acuden allí en busca de luz o consuelo.
Ana había nacido en Florencia, de familia bastante bien en recursos económicos. Pero empiezan a ir mal los negocios, y el matrimonio con los hijos marcha a Roma en busca de trabajo. Ana María, pequeña aún, recibe muy buena educación de su madre y en la escuela de unas Religiosas a las cuales es confiada. Se casa muy joven, y durante cuarenta y ocho años va a convivir con su esposo, bueno, pero bastante violento, el cual llegará hasta ser testigo en el proceso de beatificación de su santa mujer.
La vida del matrimonio la lleva como cualquier otra mujer normal. Le gusta vestir bien, frecuenta las fiestas y va al teatro. Todo, con una gran limpieza de alma, pues su conducta es intachable. Hasta que una tarde de domingo se encuentra en la Plaza del Vaticano con un sacerdote, que le dice muy serio:
– ¿Y esos vestidos? ¿Y esa vanidad?… Dios te quiere más perfecta.
Ana María medita, hace confesión general de toda su vida, llora amargamente sus condescendencias con la vanidad, ingresa en la Tercera Orden de la Santísima Trinidad, y se lanza a correr con ardor por el camino de la santidad. Sueña con la vida de las religiosas en un convento, pero su confesor es tajante:
– Tú, ya estás casada. Tú, santa en tu matrimonio. Dios te quiere santa en la familia, para que sirvas de ejemplo a tantos como se van a fijar en ti.
El programa está bien trazado: una santa esposa, una santa madre, una seglar santa en medio de la vida social. María se entrega con toda el alma a Dios, y Dios va a ser espléndido con Ana María, pues le va a conceder gracias muy extraordinarias.
Con mucha frecuencia ve a Dios como un globo o sol que brilla en lo alto y le inunda de luz. En esa luz ve los secretos de las almas y adivina el porvenir con el don de profecía.
Un día entra en la iglesia y se le aparece el Niño Jesús, sentadito sobre un blanco lirio, y le dice con palabras de la Biblia: Yo soy la azucena de los campos, el lirio de los valles y… soy tuyo. Aquella mujer, hecha al amor de hijitos encantadores, queda arrobada con este Niño bajado del Cielo.
A veces tiene que sufrir por ciertas gracias de Dios. Como aquel día que asiste a la Misa con una ilusión grande de comulgar. Ya estaba el sacerdote con el copón cara al pueblo para distribuir la Comunión, cuando se le escapa al sacerdote la Sagrada Hostia que tiene entre los dedos y, pasando por encima de todos los asistentes, va a posarse en los labios de Ana María. El sacerdote se enoja, acaba la Misa con precipitación y angustia, y ya en la sacristía: ¡Me voy ahora mismo a denunciar a esa bruja o hechicera ante la Autoridad de la Iglesia! Costó convencerle de que Ana María era una santa mujer y que le había tocado a él ser testigo de un milagro tan bello de Jesús, que parecía estar impaciente por meterse cuanto antes en el pecho de su querida amiga….
No faltó a nuestra santa el don de milagros. Caminaba un día por la calle cuando se precipitó una fuerte tormenta. Para librarse del aguacero, entra en la primera casa conocida que encuentra abierta. Y le dice la dueña: ¡Entre, entre y quédese aquí! Tenemos una enferma que está en la agonía. Ya ha recibido los santos Sacramentos. Ana María pide ver a la moribunda, le pone la mano en la cabeza, mientras le dice con fe profunda: El poder del Padre, la sabiduría del Hijo y el amor del Espíritu Santo te libren de todo mal. Amén. Se vuelve Ana María a la dueña, y le asegura: La gracia está concedida. Quédense tranquilos. Adiós… El caso es que al cabo de poco la agonizante empezaba a hablar, pedía le dieran de comer y se levantaba del lecho sana y salva.
Ana María suspiraba por un convento, pero Dios la quiso santa en el seno del hogar, allí en Roma, en el centro de la cristiandad. El Papa, sabedor de la virtud de María, le concedió la gracia de tener oratorio privado en su casa. Humilde empleada doméstica primero; señora después de su casa, sencilla pero algo acomodada; esposa amantísima y abnegada; madre de numerosa familia; consejera de príncipes, de prelados y de santos igual que de gente humilde; colmada de dones divinos, porque se da a una oración continua y a una intensa unión con Jesús en la Eucaristía…
Esta Ana María Taigi. ¡Qué mujer!…