San José Moscati
15. julio 2016 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosResulta interesante por demás contemplar las fotos de la capilla donde está el sepulcro de San José Moscati, un Santo de nuestros días. Sobre el mismo plano, allí está en pie su estatua de bronce, de tamaño natural. Alto, elegante, con la bata de Médico, la corbata impecable, y luciendo su bien cuidado bigote. Sigue mostrándose ahora, con atrayente sonrisa, tan caballero como lo fue en vida, muerto en la plenitud de sus cuarenta y siete años. Los alrededores de la capilla y los pasillos del adjunto corredor están llenos de exvotos incontables de plata: corazones, manos, ojos en una bandejita… Por lo visto, el ilustre Médico de Nápoles prosigue curando después de muerto lo mismo o más que lo hacía en vida…
Es un placer presentar un Santo como José Moscati. Un niño bueno. Un muchacho muy sano moralmente. Un estudiante aplicadísimo en el colegio y en la universidad. Un apasionado de su profesión de Médico. Ha visto que puede hacer mucho bien como Médico, aliviar muchos dolores y salvar muchas almas, y, cuando está maduro para casarse, decide renunciar al matrimonio: así estará más libre para amar a Dios y darse a los demás con generosidad, sin impedimentos y con mucha más entrega. El mismo Doctor Moscati lo expresa con su conocida oración al Señor:
– Jesús mío, amor mío, tu amor me hace sublime. Tu amor me santifica y me impulsa no hacia una sola criatura, sino hacia a todas las criaturas, hacia la infinita belleza de todos los seres creados a tu imagen y semejanza.
Esto dice sobre el amor a Jesucristo, que le llenaba el alma y le empujaba a darse a los demás, en especial a los enfermos. Así, que prosigue:
– Bienaventurados nosotros los médicos, incapaces muchas veces de curar una enfermedad. Dichosos si nos acordamos de que, además de los cuerpos, tenemos ante nosotros almas inmortales, ante las cuales nos urge el precepto evangélico de amarlas como a nosotros mismos. Los enfermos son la imagen de Jesucristo.
Ya conocemos, pues, el doble ideal del Doctor Moscati: Jesucristo y los enfermos. ¿Cómo servirá, pues, a este ideal? ¿Cómo amará a Jesucristo, cómo se dará a los que sufren y le necesitan?…
El día —todos los días sin excepción— se le presenta duro, pues va a tener que trabajar fuerte. Pero ni una sola mañana, antes de emprender las tareas, dejará de ir a Misa, que ayuda como un devoto monaguillo, y de recibir la Comunión. No sabe pasar sin la Comunión.
En un viaje de profesional a Inglaterra, falla un día a la Comunión porque no ha sido posible. Y escribe la nota más triste de su diario: ¡Dios mío, hoy me he quedado sin ti!
Alguna otra vez se quedó sin la Comunión por pura imposibilidad, y en ese día dejaba de hacer visitas: No, hoy no puedo —decía—, hoy me faltaría luz para acertar con los enfermos. Ante la Eucaristía se le inundaba el alma de esa luz que tanto quería para llenarse de Jesucristo y para cumplir su misión de Médico, como atestigua su biografía: Ante los pies del altar permanecía extático e inmóvil, arrodillado en el suelo, contemplando con ojos limpios la Hostia purísima.
La Virgen Inmaculada, de la que era devotísimo, formó en él una imagen perfecta de Jesús. Rosario siempre en el bolsillo, lo sacaba a ratos sin respeto humano para ofrendarlo cada día a la Madre del Cielo.
Su profesión fue para Moscati un verdadero sacerdocio, como lo demuestran tantos casos de su quehacer cotidiano.
A un pobre obrero que le han diagnosticado tuberculosis, Moscati le dice resuelto: Tú no estás tísico. Tú tienes un absceso en el pulmón, producido por una enfermedad anterior. ¿Quieres curar? Toma esta medicina. Pero te receto la mejor: Sé devoto de la Virgen y recibe los Sacramentos. El obrero curó y vino a pagarle los honorarios. Pero el Doctor: No, yo te acepto nada. Si me quieres pagar, vete a confesar, pues lo necesitas. Dios te ha salvado.
Sus familiares no estaban muy de acuerdo con eso de rechazar los honorarios a trueque de pedir una gracia espiritual, y les contestó más de una vez poniéndose muy serio: ¡Dejad en paz el dinero! Lo importante para mí es ver al enfermo. Y si sabía que el enfermo vivía alejado de Dios, no le quería cobrar nada, pues prefería otra recompensa, expresada en cierta ocasión sobre un paciente descreído: Lo convertiré. El haber salvado un alma será para mí el mejor honorario que puedo apetecer.
Los pobres y los abandonados eran sus clientes preferidos, y jamás recibía de ellos una retribución. Como ocurrió en aquel caso simpático. Marcha a visitar a un pobre ferroviario, invitado por sus compañeros de trabajo. Lo encuentra grave, y les aconseja que llamen ante todo al sacerdote: Salven primero su alma, después cuiden su enfermedad. Los compañeros estaban reuniendo entre todos el dinero para pagar la visita al Doctor, y éste, al darse cuenta, les dice con camaradería: Veo que todos queréis ayudar a vuestro compañero enfermo. Yo quiero contribuir también con mi suscripción. Tomad mi dinero. Con lo que recojamos se podrá comprar todo lo que necesita para curarse.
Los obreros enmudecen, se emocionan y se echan a sus pies para besarlos. Pero el Doctor se escapa rápido ocultando su propia emoción…
Y se hizo célebre la receta a aquel joven que acudió a él: Buenas dosis de Comunión frecuente.
Como también el consejo a sus alumnos, ante una mujer pobre, enferma y deforme: ¿La ven? Es mil veces mejor contemplar a esta pobre mujer que no tiene ninguna culpa de su enfermedad y deformidad, que no a mujeres muy elegantes, pero muy pobres por dentro. Así vivía su fe cristiana este Médico singular.
Muere el Doctor Moscati, y se conmueve toda la ciudad de Nápoles, en especial los barrios más populares y pobres, por donde van gritando: ¡Ha muerto el Médico santo, ha muerto el Médico santo!…