San Pedro Luis Chanel
24. junio 2016 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosHoy se presenta ante nuestros ojos la figura grande de un Misionero joven: San Pedro Luis Chanel, el primer mártir de Oceanía. Sacerdote francés, se embarca en el Havre con los primeros Padres Maristas que van a cruzar los mares. El santo Fundador, Padre Colin, les manda esta proclama entusiasta:
– Mirad la confianza que habéis de tener en María y del celo por darla a conocer y hacerla honrar. ¡No olvidéis que sois sus hijos! Marcháis bajo su estandarte. Miradla siempre delante de vosotros y en medio de vosotros. Por más trabajo que tangáis, no dejéis ni un solo día el rezo del Rosario. Tened cuidado de poner inmediatamente bajo su protección cualquiera de las islas a las que lleguéis, dejando en ella una medalla o una imagen de la Reina del Cielo, en señal de su dominio en aquella isla y de la consagración que le habréis hecho.
Y así, seguros con la protección de María, suben a un frágil velero —aún no podían ir en nave de vapor— y atraviesan los mares en un viaje lleno de aventuras.
Como no estaban abiertos aún los canales de Suez ni de Panamá, para ir a las islas de Oceanía hubieron de atravesar el Atlántico, bordear América del Sur y lanzarse después por el inmenso Pacífico. Once meses en el mar, con tempestades que los pusieron al borde la muerte. Al llegar a la primera isla de Oceanía, los Misioneros entonaban gozosos a la Virgen el himno latino: ¡Salve, Estrella del mar!… Porque sólo con la protección de la Estrella de Mar pudieron llegar al final de aquel viaje tan aventurado.
Llegados a su destino, el grupo se reparte el campo de acción. Son los primeros evangelizadores que llegan a aquellas islas remotísimas, desconocidas, llenas de misterio, —bellísimas, eso sí— y pobladas por gentes primitivas, guerreros insaciables, y salvajes antropófagos si les viene bien…
A Pedro Luis le asignan la isla de Futuna, en el archipiélago de las Fidji, que lleva fama de ser la más salvaje de todas. Tiene consigo a un hermano laico, misionero de gran talla y abrasado también de celo apostólico. No conocen la lengua indígena y no hay nadie que les enseñe una palabra. Por esta causa, los principios van a estar llenos de dificultades casi insuperables.
La primera visita fue al palacio real, una choza privilegiada donde el rey de la isla recibe a los misioneros con agrado. Ofrece en su honor una fiesta típica y los hospeda en su propia mansión —una cabaña algo más grande que las otras— donde los misioneros han de compartir la vida durante varios meses con toda la parentela del monarca, numerosa porque es polígamo y todo… No cuentan para descansar sino con una estera sobre el suelo en un rincón, y una comida al día a base de alimentos que les imponen un sacrificio total.
Eso sí, el rey se muestra generoso en sus palabras con el Padre: He prometido alimentarte, y te alimentaré. He prometido tomarte bajo mi protección, y te protegeré. Te he declarado persona sagrada, y quien se atreva a hacerte algún mal caerá bajo mi indignación.
Bonitas promesas que pronto quedarán incumplidas… Porque el rey, además de monarca, es el gran sacerdote de los dioses, y otra religión en la isla le robaría sus más insignes privilegios… Había que estar al tanto.
Al verse ya en su puesto de honor, el Padre Chanel realiza su primer sueño después de la fiesta ofrecida por el rey. Se arrodilla, consagra la isla a la Virgen María y, como signo de la consagración, cuelga de un árbol la medalla de la Inmaculada: ¡Virgen María, en tus manos me pongo! Ahora te toca a ti… Y Futuna —la isla de cuarenta kilómetros de circunferencia, veinte de larga y cuatro de ancha— quedaba definitivamente bajo la protección de la Reina del Cielo.
En la isla hay dos tribus, que por cualquier causa se hacen una guerra feroz. El frente de batalla lo forman todos los habitantes: los jóvenes en primera línea, detrás los hombres maduros, y los viejos en la fila tercera. Las mujeres están atrás, en la red, y su misión principal es animar a los cobardes. Si alguno cede, no lo matan, pero queda denigrado para toda la vida. Ni de viejo podrá hablar en público, pues se le tapará la boca con estas palabras: ¡Cállate, pues una vez caíste en la red de las mujeres! Al Padre Chanel le tocó una de esas guerras tribales, y su acción fue decisiva en la pacificación de los habitantes.
¿Y la predicación del Evangelio? ¿Y las conversiones? El día de Navidad celebró el Padre en su cabaña la primera Misa de Futuna. Todo un éxito la admiración que suscitó, empezando por la del rey, que con ella empezaba a ponerse celoso. Bautizos, solamente algunos de niños moribundos, a los que el Padre bautizaba sin que nadie entendiera nada.
Pero empezaron los catecúmenos apenas el Padre supo expresarse en la lengua de la isla, y el rey ya no aguantó más. Sobre todo, cuando su hijo declaró abiertamente: Sí, soy catecúmeno y quiero hacerme católico.
El rey le hizo imposible la vida al Padre para que se marchara de la isla. Pero el misionero no se iba, y decía convencido: El árbol que plantamos debe ser arrancado de raíz, antes de crecer y dar sus frutos.
El rey se decide por lo peor. Convenidos varios emisarios, a golpes de maza y con un hacha, acaban con la vida del Padre Chanel en su propia cabaña. Al morir, se reproduce el fenómeno del Calvario: una convulsión de la tierra, una nube misteriosa, una oscuridad de la que emerge como una cruz luminosa, y el pánico se extiende entre todos los habitantes. El rey moría al cabo de poco víctima una enfermedad muy rara, interpretada por todos como castigo de Dios.
Todos los habitantes piden ser instruidos en la fe y forman el nutrido catecumenado. En muy poco tiempo, Futuna era toda católica, la isla más católica de toda Oceanía. Y el Padre Pedro Luis Chanel, primer mártir de aquellas innumerables islas, sería canonizado por la Iglesia y declarado Patrono de toda Oceanía. Era la última palabra de Dios. La vida misionera de este apóstol, un fracaso total; su muerte, el éxito más rotundo y clamoroso…