El Beato Federico Ozanam
20. mayo 2016 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosResulta un placer presentar hoy a Federico Ozanam, un santo formidable para nuestros días. El Papa Juan Pablo II lo beatificó en París durante la grandiosa Jornada de la Juventud, como diciendo:
– Ahí tenéis un muchacho único: hijo, como pocos; estudiante, como ninguno; novio, esposo y padre como los necesita hoy el mundo; creyente en Dios y defensor de la Iglesia como un héroe; y entregado a los demás en ayuda y servicio como ha visto pocos la sociedad moderna…
Nace Federico en 1813 y muere el 1853. Su padre es médico, y su madre una santa mujer. Ayudan a los pobres, y cuando se ven ya envejecidos y que no pueden subir muchos pisos —aún no había ascensores, y menos en las casas de los pobres— ambos esposos se prometen no subir ya a los pisos altos porque sus fuerzas no dan para más. Pero un día avisan al médico que en el cuarto piso había una enferma grave. ¡Bueno —se dice—, mi esposa no lo va a saber! Sube arriba, y atendiendo a la enferma se encuentra a la esposa, que había engañado de la misma manera a su marido… Así será también el hijo Federico.
Joven universitario de París, funda con otros compañeros la Conferencia de Historia que defienda a la Iglesia de tantos ataques enemigos. Y los siete jóvenes oyen cómo les desafían:
– Sí; eso fue la Iglesia antes. Hoy, ¿qué hacéis vosotros para demostrar y hacer creíble vuestra fe?
Aquellos jóvenes católicos, guiados por un brillante profesor, se responden:
– Es cierto. ¿Qué hacemos? ¿Por qué no fundamos, junto con la Conferencia de Historia, una Conferencia de la Caridad?
Y nacen las Conferencias de San Vicente de Paúl. Los siete muchachos universitarios se dan a socorrer a los pobres en sus propias casas. Buscan a los más necesitados. Los visitan personalmente. Les llevan sus pequeños ahorros. Los catequizan, de modo que dice Federico:
– El fin principal no es precisamente socorrer al pobre. Es mantenernos a nosotros mismos firmes en la fe católica, demostrarla y propagarla mediante la caridad.
Al cabo de un año, los socios eran más de cien. Diez años más tarde, al morir Ozanam, pudo escribir:
– Sólo en París somos más de dos mil y visitamos cinco mil familias.
Modernamente, son varios centenares de miles en todo el mundo…
Igual que había visto hacer a sus ancianos padres, Federico busca a los más pobres, a los que viven en las buhardillas de los pisos más altos. Comulga los domingos. Regresa de la Iglesia a casa, prepara un desayuno, recoge sus ahorros para los necesitados, y se lo lleva todo personalmente a Jesús en los pobres, para devolver de esta manera la visita que el Señor le ha hecho a él con la Comunión, de la cual él dice siempre: Es el abrazo de Cristo con el cristiano. Abrazo que él no se perdía nunca. Por eso decía también:
– La mejor manera de aprovechar el tiempo es perder cada día media hora en participar de la santa Misa.
En medio de sus estudios, llega a sentir la tentación contra la fe. Le ataca la duda de Dios. Pero, en su angustia, oye al gran sabio Ampère que le dice:
– ¡Qué grande es Dios, Federico, qué grande es Dios!
Las palabras del sabio le conmueven. Pero el golpe de gracia lo recibe cuando un día ve al mismo Ampère, absorto ante el altar, rezando devotamente el Rosario. Ozanam ya no duda más, y dice después:
– El rosario de Ampère ha hecho más bien sobre mí que todos los libros y todos los sermones.
Profesor ya en la Universidad y rodeado de gente sabia —pues fueron amigos suyos los hombres más eminentes de su tiempo en París—, a Ozanam se le debe la iniciativa de las Conferencias de Notre Dame, que llegarán a ser cátedra por la que desfilarán cada año los oradores católicos más grandes.
Cualquiera diría que un joven así estaba llamado al sacerdocio. Sí que tuvo la inquietud de hacerse religioso. Pero oye a su director espiritual que le dice una y otra vez: Cásate, hijo mío, cásate. Federico hace caso a lo que ve es llamada de Dios, y se dice al tener que buscar compañera:
– ¿Qué novia? Lo mejor es no buscarla, sino merecerla. Ya se encargará Dios de dármela.
Y le pide a Dios:
– Que se presente tarde, cuando yo me haya hecho digno de ella. que traiga en un alma excelente una gran virtud. Que valga mucho más que yo. Que me eleve, que no me haga bajar. Que sea generosa, porque a menudo soy pusilánime. Que sea fervorosa, porque yo soy tibio en las cosas de Dios. Que sea compasiva, para que no tenga yo delante de ella que sonrojarme de mi inferioridad. Estos son mis deseos, estos son mis sueños.
Dios lo escuchó, y le dio a la encantadora Amelia, a quien siempre llamó mi ángel. Al nacer la hijita, Federico se propuso:
– ¡Soy padre! Esto me compromete mucho más.
Y por la esposa y por la hijita trabajaba con tesón por ser cada día mejor cristiano.
El profesor eminente, el escritor fecundo, el gran amante de los pobres, el esposo y el padre amoroso, siente que su vida es toda una ofrenda a Dios. Pero oye una voz secreta que le llama, y dice a los suyos: No es esto que hago lo que Dios quiere ahora. Ahora me quiere a mí. A sus cuarenta años, se encuentra en la agonía, y le dice a su hermano, el sacerdote: ¿Yo tener miedo a Dios? No. ¡Le quiero tanto, tanto!…
Y con esta expresión se iba al Cielo un hombre tan singular y un santo tan grande, dejando en el mundo una estela luminosa que cada día brilla más…