San Jerónimo

1. abril 2016 | Por | Categoria: Santos

Al querer presentar hoy a San Jerónimo, uno de los hombres más gigantes que tuvo la Iglesia en la antigüedad, no sabemos por dónde empezar ni qué escoger entre tanto ejemplo de su vida. Jerónimo es un apasionado que arrastra a la santidad. Un Doctor Máximo de la Biblia que ilumina con su saber. Un luchador que no deja en paz a los perezosos.

Nace por el año 342 en lo que hoy es Bosnia de la Yugoslavia. Se educa en Roma, sale un literato extraordinario, lleva una juventud inquieta, y, sin caer demasiado hondo, sabe también lo que es el vicio de la bebida y el placer…
Ya mayor, recibe el bautismo y se da a Dios con decisión. Estudioso apasionado, se forma una biblioteca riquísima y emprende viajes hacia el Oriente, conoce Grecia y Antioquía de Siria, y se mete en el desierto como un monje para hacer penitencia y oración.

Destrozado su cuerpo con tanta penitencia y vigilia, pero apasionado siempre por el estudio de la literatura latina, tiene un sueño o visión que nos describe él mismo. Se ve por la noche ante el Juez Divino, que le pregunta:
– Tú, ¿qué eres?
– ¿Yo? Cristiano.
– Tú no eres cristiano, sino ciceroniano.
Los ángeles le azotan sin misericordia, y amanece con el cuerpo todo lleno de cardenales. Aprende la lección. Seguirá siempre loco por el estudio, pero ya no serán su ilusión Cicerón ni los grandes clásicos paganos sino la Palabra de Dios que lee en la Biblia.

La tentación le sigue que no le deja parar. A pesar de tanto ayuno y oración, le vienen a la mente las amigas aquellas de Roma…, aunque sabe vencer generoso y defiende su castidad como un titán.
Es ordenado sacerdote, pero sigue dedicado sólo a los estudios sagrados. Llega a dominar el griego y las lenguas orientales. Sobre todo, se hace de un maestro judío y aprende el hebreo a perfección.
Empieza a destacar tanto por sus conocimientos bíblicos, que el Papa San Dámaso lo llama a Roma, le consulta todo, lo hace su secretario, y comienza un apostolado que se va a hacer famoso en la Historia.

Se rodea de las damas romanas más ricas y destacadas. Las anima a seguir el camino de la santidad, les impulsa a hacer oración y ayuno, se convierte en su director espiritual.
Pero mientras unos le tienen como un gran santo, otros le detestan furiosos porque arrastra en pos de sí a las mujeres de más alcurnia.
Se ve obligado a escapar de Roma, y se defiende de tanta envidia y calumnia:  
– ¿Yo criminal, yo hipócrita y solapado, yo mentiroso y engañador? Antes, toda la ciudad me quería y admiraba; todos pensaban en mí como sucesor del Papa, el venerable Dámaso, que me tenía siempre en sus labios… Y ahora de repente me abandonan todas esas virtudes. Pero doy gracias a Dios porque me ha juzgado digno de que el mundo me odie.
Marcha de Roma a la tierra santa de Jesús. Se establece en Belén junto a la cueva del nacimiento del Señor y le siguen sus mejores discípulas romanas, para las que funda un monasterio y otro para hombres.
Establece también una escuela para estudios superiores de literatura y Sagrada Escritura.
Aquel complejo de monasterios y de escuela va a ser un centro de santidad, de oración y de estudio que irradiará su luz a toda la Iglesia, con duración de muchos siglos… Aquí empieza la gran misión de Jerónimo.

Ya en Roma había revisado las traducciones del Nuevo Testamento y del Salterio. Corregía todo el Antiguo Testamento, pero ve sus fallos y decide traducirlo todo de primera mano, conforme al original hebreo. Una empresa gigantesca. Quince años pasó revisando códices, consultando a judíos, recibiendo amenazas, dando miedo a muchos, escribiendo por las noches a la luz mortecina de una lámpara…
Así  salió la llamada Biblia Vulgata, tesoro inapreciable para toda la Iglesia durante tantos siglos y de la cual han dependido todas las traducciones que han venido después.

En cuanto a la defensa de la Iglesia fue implacable. No perdonaba a los enemigos, y enemigos de la Iglesia para él no eran más que los herejes. Los demolía con sus cartas.
Al atrevido que negó la virginidad perpetua de María, a los que negaban la veneración de los Santos y de las reliquias, a todos los que se desviaban de la fe, los aplastaba como una maza hasta no dejarles levantar ya cabeza.
En este tono escribía al Papa:
– Deja que los herejes te aborrezcan, pues los católicos te amarán cada vez más. Y no toleres que sigan como obispos los acomodaticios que acarician a los herejes.

Jerónimo es un gran formador de santos, como sus amigas las nobles patricias de Roma, a base de mucha oración y un grande amor a la Biblia, sobre la cual escribe a uno de sus discípulos:
– Ama las Sagradas Escrituras, y no amarás los vicios de la carne.
Y es de Jerónimo la sentencia repetida millones de veces en la Iglesia:
– Desconocer las Escrituras es ignorar a Jesucristo.

El mensaje de San Jerónimo será siempre actual: conocer y amar a Jesucristo por la oración y la lectura constante de la Biblia, junto con una gran fidelidad a la verdad y unidad de la Iglesia.

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