Santa Inés

19. febrero 2016 | Por | Categoria: Santos

En la presentación que hacemos de los Santos, no nos hemos entretenido todavía en contemplar la figura de ninguna de esas Santas Mártires y Vírgenes que llenan la antigüedad cristiana, aunque siempre han sido consideradas como las flores más bellas del jardín de la Iglesia Católica.
Hoy lo vamos a hacer tomando como ejemplo a Inés, la virgen romana, que pasa como el prototipo de esa legión de muchachas que ofrendaron a Jesucristo la azucena de su pureza orlada con la sangre de sus venas.

¿Quién era Inés? Una jovencita llena de encantos. La Iglesia de Roma se gloriará de ella como de su hija más preclara en el tiempo de las persecuciones del Imperio.
Hija de familia rica y noble, ha salido de la escuela y se dirige a su casa cuando la ve un joven, nada menos que el hijo del Prefecto de Roma. Todo un flechazo de amor, pero que rebota en una armadura de bronce como es la voluntad indomable de la chica:
– No, no puedo atenderte. Hay otro amante que se te ha adelantado. Me ha regalado como prendas  un collar de perlas y unos aretes de oro y diamantes.
El muchacho se sorprende, y se dice amargado: ¡He llegado tarde! Pero pregunta inquieto:
– ¿Quién es ése?

Inés se percata del momento delicado en que se encuentra, y responde enigmática:
– Alguien muy bello. Parece un sol, y cuando habla, destila miel.
El joven se cree muy galán, y lanza el guante, con algo de esperanza:
– ¿No lo cambias por mí?…
E Inés, como última palabra:
– ¡Oh, no! Le he prometido fidelidad, y le seré fiel hasta el fin.
El nuevo pretendiente no se da por vencido. Sigue los pasos a la chica. Investiga. Y…, una horrible decepción, que le descubre la dura realidad:
– ¡Es una cristiana que le ha dado a ese su Cristo la virginidad! Mi padre, el Prefecto, va a poder más que el fanatismo religioso y estúpido de los cristianos…

Interviene inútilmente el Prefecto. Manda detener a Inés y ordena investigarla en el tribunal.
Ahora le toca intervenir a Dios, y antes que permitir la deshonra de esta criatura angelical, viene el milagro a defenderla.
Sus cabellos abundantes —una verdadera cascada de oro— defienden su pudor; los tormentos no la doblegan, y muere al fin bajo el filo de la espada.
La virginidad y el martirio son la doble corona que Inés luce en la Iglesia de la tierra como en la del Cielo. Sus dos basílicas en Roma, igual que las catacumbas que llevan su nombre, serán de lo más visitado hasta nuestros días.

Ahora nos preguntamos nosotros:
– ¿Es verdadera esta historia? ¿O es todo un cuento?
Lo cierto es que al traer el ejemplo de Inés lo hemos hecho con toda intención. Las palabras que hemos transcrito de su diálogo con el muchacho pretendiente no fueron tomadas por una grabadora, ni las pronunció en el tribunal, ni fueron recogidas en las actas auténticas de su martirio.
Pero tienen un valor inmenso. La leyenda posterior ha encerrado en ellas todo el sentir de la Iglesia acerca de las vírgenes cristianas en las persecuciones de los primeros siglos.

Porque esa era la historia de todas. La joven cristiana que consagraba a Cristo su virginidad no se distinguía de las demás muchachas, a no ser porque era de las mejores. Era natural que un joven se fijara en ella por eso precisamente, porque la veía como la mejor, y empezaba a soñar con ella. Era también lo más natural del mundo que viniera a pedir su mano.
Y llegaba la decepción cuando la chica tenía que negarse porque ya estaba comprometida con Jesucristo.
¿Cuál era la consecuencia? Venía el despecho y la venganza:
– ¡Es una cristiana!…
¿Después? Ya se sabía. El tribunal, la sentencia, la tortura, el tormento, la espada…, y ya teníamos en la Iglesia una nueva Virgen y Mártir.

Esa Virgen-Mártir era el modelo acabado de fidelidad a Jesucristo. Por Él, por el Rey del Cielo —el Amante divino que se había adelantado a cualquier otro amor—, esas jóvenes, que son el mayor orgullo de la Iglesia, sabían sacrificar la vida de ensueño que bulle en la mente de cualquier muchacha.
Como Inés, igual Cecilia, Lucía y tantas otras por todo el Imperio… En nuestros días, María Goretti. Y siempre en la Iglesia nos encontraremos con este testimonio único y supremo de amor a Cristo.

Hoy hemos visto morir a vírgenes como ellas, nuestras queridas Religiosas, en los países de misión, donde trabajaban sin más ilusión que agradar a Jesucristo, el Esposo único que habían elegido para sus vidas, y cuyo amor rubricaban al final con la sangre de sus venas.

Jesucristo, jardinero celestial, sabe cultivar muy bien las flores. Se luce con todas. Se luce al final hasta con los más perdidos, con tal que les toque el riego de la Gracia y ellos lo absorban. Se luce con cualquiera de nosotros, si le perseveramos fieles. Es cuestión de dejarle las manos libres…

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