Santa Francisca Romana
5. febrero 2016 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosEn el corazón de Roma, sobre las ruinas legendarias del Imperio, se halla una iglesia continuamente visitada por las gentes. Allí, la urna sepulcral de una mujer del siglo quince, que no nació en Roma, pero que ha pasado a la Historia con el nombre de Francisca Romana, la Santa que hoy nos toca presentar.
Una mujer, podríamos decir, completa: joven estudiosa, casada amantísima, madre solícita, ciudadana valiente, viuda ejemplar, y, como alma consagrada, entregada después totalmente a Dios.
De joven, y cuando la mujer se quedaba siempre sin estudios, Francisca se da a las letras.
Escribe primorosamente en los códices de la Biblia, los Misales y la Divina Comedia de Dante.
Su cultura llega a ser notable, y la muchacha se convierte en el orgullo de su padre y de su hermano, miembros destacados de la alcaldía de Roma.
Cuando Francisca se casa, entra a formar parte de una familia noble, rica, de gran influencia en la vida social. Llegan tres niños al hogar, el primero de los cuales, llamado Evangelista, formado tan cristianamente, le dice un día a la mamá:
– Veo que dos Santos muy queridos vienen a buscarme para llevarme al Cielo.
La madre se asusta:
– ¿Qué dices, hijo mío?
Pero el niño, replica convencido del todo:
– Sí, mamá, que me voy al Cielo.
Y allá arriba que se fue el chiquillo a sus siete años nada más.
Al cabo de poco, el niño se aparecía a su madre mientras ésta rezaba en su oratorio:
– Mamá, estoy en el Cielo, pero quiero que se venga conmigo mi hermanita. Te vamos a dejar sola, pero no te preocupes. Dios te va a mandar una compañía que no te va a abandonar nunca.
La santa madre piensa. Le duele hondamente. Pero no se turba cuando Inés, la hijita de seis años, se va también a la Gloria.
Desde entonces, Dios manda a Francisca la compañía de su Angel Custodio —visible muchas veces—, que la ayudará en todos los trances de la vida. Entre los Santos, Francisca será una de las almas que más hayan sentido la compañía y protección del Angel de la Guarda. El Angel habla con Francisca. Le aconseja. Le reprende si es necesario.
Francisca, mujer tan ejemplar, ama de modo especial la virtud de la caridad y para conseguirla de un modo perfecto, hace un pacto con su Angel Custodio de que éste le avisará cualquier falta que cometa contra esta virtud tan cristiana. Un día tiene invitados en casa, la conversación degenera en críticas y murmuraciones, y suena una fuerte bofetada. El Angel le dice severo:
– ¡Toma! Y otra vez mira de ir con más cuidado.
La vida de Francisca se complica cada vez más, pero ella es una gran mujer y sabrá hacer el bien en medio de dificultades enormes. Corren tiempos muy difíciles para la Iglesia, para el Papa, para la ciudad de Roma. Y Francisca se va a demostrar una cristiana y una ciudadana de categoría superior.
El rey de Nápoles entra a espada y fuego en la Ciudad. El marido de Francisca no duda un instante y se entrega a la defensa de Roma y del Papa. Las heridas que recibe han dejado su cuerpo acribillado y quedará enfermo para toda la vida.
El hijo mayor, Bautista, es hecho prisionero y llevado como rehén. La casa es saqueada y se le confiscan todos los bienes. ¿Qué va a hacer Francisca, la esposa, la madre, la ciudadana?…
Hasta que muera el marido, lo cuidará con gran amor y solicitud. Recobrado el hijo, verá con gozo su boda con una bella y buena muchacha. Pero los pobres, los muchos pobres que ha dejado el saqueo de la Ciudad, pululan por doquier y le tienen destrozado el corazón. Francisca no duda un instante, y un día se preguntan cuantos la ven:
– Pero, ¿quién es ésta? ¿No habrá perdido la cabeza y se habrá vuelto loca? ¿Es posible que Francisca vaya por las calles del Foro y por los barrios del Tíber con un burro cargado de alimentos y ropa, rodeada de gente harapienta y de niños famélicos, y metiéndose ella misma por las buhardillas asquerosas?…
Así es. Francisca en persona quiere hacer todos esos menesteres, y deja su casa vacía del todo: ya no queda ni grano, ni vino, ni ropa, ni nada, porque lo ha dado todo a los pobres y a los enfermos del hospital.
Pero los ojos atentos de Francisca descubren algo peor: es la miseria moral de las familias ricas. Para atraer a las señoras de alta categoría, funda una asociación de Oblatas, que después se convertirán en Religiosas. Ella, casada, no ingresa en el convento, pero vive con toda intensidad la vida consagrada.
Muerto el marido, y casado el hijo, Francisca acude al convento que ha fundado y pide con humildad desconcertante:
– ¿Me admiten entre ustedes, aunque soy una gran pecadora que no merezco esta gracia?…
Y en aquella mansión de paz acabará los cuatro años que le quedan de vida, entregada del todo a una oración altísima.
¡Qué mensaje el de Francisca Romana! Mujer completa, espejo de amor a la familia, a la patria y a la Iglesia. Rica, sabe hacerse pobre con los pobres, y llenarse de todas las riquezas de Dios con una vida cristiana que parece un sol…