Santos Roque González y Compañeros

1. enero 2016 | Por | Categoria: Santos

Entre los historiadores americanos de la Iglesia se entabló una disputa simpática y animada. En Noviembre de 1628 morían mártires en Paraguay los Padres Jesuitas Roque González, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo, venerados hoy en los altares. Vinieron las discusiones.
Los brasileños los llaman: Los Mártires do Rio Grande do Sul.
– ¡No!, dicen en Argentina. Son los Mártires Argentinos.
– ¡De ningún modo!, intervienen otros. Son los Mártires Uruguayos.
– ¡Eso jamás!, reclaman los últimos. ¡Son los Mártires del Paraguay, y basta!

Lo interesante es que todos tienen razón. Porque los Mártires del Paraguay ejercieron su apostolado admirable en aquellas tierras que hoy constituyen parte de esas naciones hermanas.
Y hacen bien los brasileños, los uruguayos y los argentinos en compartir con Paraguay la gloria de estos apóstoles y mártires insignes, modelos de evangelizadores en nuestra América.

Roque González, nacido en La Asunción del Paraguay, con los españoles Juan del Castillo y Alonso Rodríguez, son el símbolo de aquellas Reducciones que han pasado a la fama de la Historia. Aquellos primeros misioneros jesuitas se preguntaron, viendo la realidad de los indígenas:
– ¿Cómo evangelizar a los indios? ¿Enseñándoles la doctrina cristiana y dejándolos después a sus anchas, dispersos siempre por los bosques y las pampas?… ¿No sería mejor reducirlos a poblados estables, donde tengan iglesia, escuela, atención sanitaria y medios de trabajo en común?… ¿Es posible entrenarlos en la vida social, para que no sean unos nómadas aventureros?…
Esta sería la gran obra de las Reducciones: darían Evangelio, trabajo y civilización a los indios de nuestra América.

El Padre González toma como campo de acción las márgenes del río Paraná, domino de los indios guaraníes, que llegarán a tenerle un gran cariño.
El Padre —y lo mismo digamos de sus compañeros— sabe hacer y hace de todo y aprovecha sus muchos conocimientos y destreza en los oficios para la obra de la evangelización.
Enseña la doctrina, bautiza, administra todos los Sacramentos. Grandes y pequeños entran a formar parte de la Iglesia.
Levanta templos para el desarrollo digno del culto, y en ellos atenderá especialmente a los ya cristianos, merecedores de toda atención en su incipiente vida espiritual.
Pero su obra, aparte de evangelizadora, es también civilizadora. Los mismo hace de arquitecto que de albañil. Amasa ladrillos y los cuece en los hornos. Corta árboles en el bosque y él mismo hace de carpintero. Unce los bueyes en el campo y cultiva las tierras. Se hace la comida y enseña a cocinar. Es todo un maestro en todos los oficios, que aprenderán los indios de las once reducciones que llega a fundar.
Todo iba bien. Todo era una maravilla. Aquellos Padres eran unos misioneros de categoría.
Pero el enemigo estaba al acecho. Un jefe indio y brujo por añadidura, que conserva sus dos concubinas de las que no está dispuesto a desprenderse, entra en la reducción que ha formado el Padre Juan del Castillo. Lo observa todo, y determina la acción. Se dirige a un indio que se había bautizado, pero que ahora es un apóstata:
– Tú te encargas de todo. Hay que matar a los misioneros, hay que destruir las reducciones, y los indios han de volver a la religión de los antepasados.
El indio renegado pone manos a la obra y busca otros dos colaboradores para crimen.
El Padre González acaba de celebrar la Misa, y después, como cada día, se va detrás de la gente para el trabajo.
El Padre se halla en este momento preciso levantando con una soga la campana para colocarla en su sitio, cuando uno de los conjurados se le acerca por detrás con una macana en la mano y, a puro golpe, destroza la cabeza del misionero.
– ¡Yo ya he matado al mío! ¿Y tú?…
– ¡Yo también al mío!, ruge con satisfacción diabólica el que acaba de matar también al Padre Rodríguez.   

El Padre Castillo se halla en la reducción vecina y no se entera de nada. A los dos días está rezando devotamente el Breviario cuando se ve de improviso rodeado de indios. Le han tendido una emboscada.
– Padre, denos los machetes para el trabajo.
El misionero va a buscar las herramientas, se las entrega, pero ellos, en vez de ir al trabajo, atan al sacerdote y lo arrastran a través de los bosques. El Padre va repitiendo resignado y con gran fervor a lo largo de aquel camino:  
– ¡Todo sea por amor de Dios! ¡Todo sea por amor de Dios!…
Se detienen todos al fin; los salvajes acaban con la vida del misionero a base de machetazos y entregan el cadáver a las llamas.

Las dos Reducciones son arrasadas. Pero los misioneros jesuitas siguieron adelante con su admirable obra del Paraguay.
Esas históricas y admiradas Reducciones son ejemplo perenne para todos los que queremos trabajar por la promoción humana de nuestros esperanzadores pueblos americanos.

Deje su comentario

Nota: MinisterioPMO.org se reserva el derecho de publicación de los comentarios según su contenido y tenor. Para más información, visite: Términos de Uso