San Luis Beltrán

29. enero 2016 | Por | Categoria: Santos

Entre los Santos y apóstoles de nuestra América que van desfilando por nuestros escritos, debe ocupar un puesto de honor San Luis Beltrán, un hombre austero, duro, penitente, aventurero. Hijo de la bella ciudad de Valencia, se empeña en ser religioso Dominico y siempre se lo estorban. Su padre, que es un Notario profesional, se opone con toda decisión. Pero, ante la última escapada del hijo, no tiene más remedio que rendirse, aunque está furioso. Sin embargo, en su lecho de muerte, le dirá al hijo rebelde:
– La cosa que me dio más pena en la vida fue verte sacerdote dominico; pero hoy es lo que más me consuela ante Dios.

No tiene Luis más que veintitrés años, y sus Superiores le encomiendan la formación de los jóvenes novicios. Es un Maestro magnífico. Pero se empeña en ir a la Universidad de Salamanca para sacar los más brillantes títulos y así poder atacar la naciente herejía protestante. Aunque no logra su propósito, y ha de escuchar a pesar suyo:
– Tu Salamanca está en Valencia. ¡Regrésate, que allí tienes tu misión!

De nuevo con los jóvenes novicios, y una rebeldía más. Porque ha llegado de América, descubierta hacía pocos años, un muchacho indio que no hace más que hablar y hablar con el Padre Luis, al que entusiasma con nueva aventura:
– Padre, allá en mi tierra hay muchos indios que no conocen a Dios. Si usted fuera, muchos se harían cristianos.
Luis se ilusiona, y se presenta decidido al Superior:
– Padre Prior, yo me voy para América. Quiero ser misionero y mártir en América.
– ¡Usted no se va!
– ¡Yo me voy! ¡Permítamelo!…

Y los Superiores ceden. Se embarca en Sevilla y llega a las costas colombianas. Los siete años de Colombia serán una sarta seguida de aventuras. Siempre metido en el peligro, le envenenan por dos veces y cura milagrosamente. Otras cuatro veces están apunto de matarle, y Dios lo libra prodigiosamente, aunque Luis no desea otra cosa que morir mártir. Convierte a la fe a muchos miles de indios, porque no tiene más ilusión que salvar sus almas y llevarlas al Cielo.  

El Padre Luis tiene mucho miedo de su propia salvación. El temor de Dios lo llevaba muy metido dentro. Y se ha hecho famoso por aquellos temores de condenarse en el infierno, pues por las noches se despertaba con frecuencia lleno de zozobra, mientras se preguntaba con angustia:
– ¿Me salvaré? ¿Me condenaré?…
Un santo de su talla no tenía por qué temer, pero este sentimiento era un don del Espíritu Santo, que así le hacía trabajar por la salvación de todos.

El Padre Luis era un gran apóstol en nuestras tierras americanas. Pero los Superiores se preguntan:
– ¿Y no es mejor que vuelva a España y siga preparando misioneros? Con él tenemos un misionero grande. Pero, ¿no trae más cuenta que forme misioneros de su talla?…

Total, que Luis tiene que reembarcarse y volver al convento de Valencia, del que le nombran Superior. Hombre riguroso, no tiene miedo a nadie, y coloca en la puerta de su cuarto este letrero con la frase de San Pablo:
– Si quisiera agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.
Y añadía por su cuenta:
– No quiero ir al infierno ni al purgatorio por culpa de mis amigos. Yo temo a Dios, no a los hombres.

Pero aquel Superior severo de antes ha ido dejando paso a un hombre austero siempre, aunque amable y comprensivo.
Se ha definido a Luis como el Santo del temor de Dios. Pero, podrían añadir que es el Santo del amor de Dios. Porque, de nuevo a cargo del los jóvenes novicios, una noche corre por toda Valencia un grito aterrador:
– ¡Fuego! ¡Fuego!…
Las gentes saltan a la calle. Y ven efectivamente, cómo el convento de los Padres Dominicos está ardiendo por la capilla del noviciado, desde la que suben hacia lo alto las llamas enfurecidas. Los más valientes se arriesgan a salvar al Padre Luis y a sus novicios, si es que aún los encuentran con vida. Avanzan por el convento sin estorbo alguno, y, al llegar a la capilla, ven que allí no pasa nada: el Padre Luis y sus jóvenes formandos estaban rezando tranquilamente. El amor de Dios que llenaba sus pechos subía al Cielo en forma de llamas ardientes…

Al Padre Luis le empezaba a fallar la salud, por culpa suya ante todo, porque no había manera de que se moderase en sus penitencias. El Arzobispo, San Juan de Ribera, se lo lleva consigo, lo pone al cuidado de médicos, le obliga a descansar en el campo, y le da su bendición. Y el Padre Luis:
– ¡Sí, Monseñor, bendígame!
Una nueva bendición del Santo Prelado, y el alma del Padre se escapaba a los cielos en forma de relámpago luminoso…

Temor santo de Dios… Celo por la salvación de nuestras gentes… Oración ardiente… Tal es el mensaje de San Luis Beltrán, otro de los apóstoles insignes de nuestra América…

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