Santa María Goretti
16. octubre 2015 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosLa tarde del sábado 24 de Junio de 1950 contempló Roma un espectáculo inusitado. Hoy es cosa de cada día, pero entonces fue del todo excepcional. Los acontecimientos más grandes de la Iglesia se celebraban siempre dentro de la Basílica de San Pedro. Inmensa, en ella caben muchos miles de personas. Pero hoy iba a resultar insuficiente del todo. Nunca se había celebrado en la Plaza del Vaticano la canonización o proclamación de un Santo por el Papa, pero esta vez no hubo más remedio que hacerla a cielo descubierto, porque el gentío iba a ser enorme.
¿Quién era el santo que atraía semejante multitud? Pues, una niña de doce años: María Goretti, que había caído desangrada en su propia casa bajo el puñal asesino. En la celebración, estaba la Señora Goretti, una mamá única, humilde campesina, que asistía a la canonización de su propia hija. Una madre que le llamaba aquel día a su hija adorada con el nombre cariñoso que siempre le dio:
– ¡Santa Mariettina mía, ruega por nosotros!…
Hay para envidiar a una mujer así…
María Goretti es la jovencita —ni joven, ni adolescente casi, sólo una niña— que prefirió morir antes que ver su tierno cuerpecito manchado con la culpa.
¿Cómo ocurrió todo?… Una casa de campesinos cerca de Anzio Nettuno, en la Italia meridional. El padre hace ya tres años que ha muerto. La madre, Doña Asunta, ha de cuidar a los seis pequeños. En la casa, como si fueran de la familia, el señor Serenelli y su hijo Alejandro, joven de veinte años.
Alejandro quiere mucho a Mariettina, como él la llamaba con inmenso cariño. Le enseñaba a leer, a rezar incluso. Era como el hermano mayor, de una confianza total.
Todo iba bien entre Alejandro y Mariettina. No había nada que temer, pues aquella era una casa de una honestidad muy arraigada en todos sus moradores, lo mismo dueños que criados. Pero —lo confiesa el mismo Alejandro— las lecturas influyeron mucho en él. Esa literatura barata de crímenes, sobre todo de crímenes pasionales, le estaba afectando… Y el cariño tan grande a Mariettina se iba convirtiendo en pasión desbordada.
La tentación estaba al acecho. Y María, con miedo al tentador cuando acechaba el peligro, aunque no fuera más que una insinuación, le decía con timidez pero con decisión:
– No, Alejandro; esto no está bien. No se puede hacer. Esto es pecado.
A las tres de la tarde del cinco de Julio, todos están afanados en las tareas de la siega y trilla fuera de la casa. María está arriba arreglando la ropa. Alejandro se pone al acecho y toma todas las precauciones. La principal, armarse con un grueso punzón por si María pone alguna resistencia. El asesino sube la escalera, entra en su habitación, y llama:
– María, ¿quieres o no?
– ¡No, nunca!
Ante la negativa de la chica, empieza el último acto del drama. Pero, llegados aquí, será mejor dejar la palabra a Alejandro, que llegará después a contarlo todo con verdadero patetismo:
Quiso huir María, pero le fue imposible. Me abalancé sobre ella, que se defendía con arrojo, a coces, arañazos y mordiscos, y empieza a gritar:
– ¡No, no, no! ¿Qué haces, Alejandro?… No me toques. Es pecado. Te vas al infierno. Dios no lo quiere. Es pecado…
Yo le decía: O consientes, o te mato…
Y Viendo que no conseguía mis deseos, empecé a golpearla con el punzón, como se machaca el maíz. Ella estaba caída en el suelo, cara arriba, junto al banquillo de la cocina, y seguía gritando:
– No, Alejandro, Dios no lo quiere. Es pecado… ¡Dios mío, me muero!…
Me impresioné al ver la primera sangre. Y viendo ella mi impresión, me miró con ojos llenos de bondad, y me dijo con voz suave, entrecortada por los suspiros que le arrancaba el dolor:
– No es nada, Alejandro, yo te perdono…
Sabemos el resto de la historia.
Viene el traslado de María al hospital, donde muere al día siguiente entre dolores indecibles. Los treinta años de cárcel que esperan al asesino. Su conversión sincera desde el principio, y su esperanza firme, porque Mariettina murió diciendo:
– Lo perdono por amor a Jesús, y yo quiero que esté conmigo en el paraíso.
Una visión misteriosa de su gran amiguita María, que tuvo en la cárcel, le redobló esa esperanza. La vio beatificada y canonizada.
La mamá, con los hijos y los nietos, asistió a la beatificación y a la canonización, aplaudida frenéticamente por la multitud y admirada y envidiada por todo el mundo. Cuando la beatificación, se le pusieron los micrófonos delante, para que la radio llevara su mensaje a toda Italia. La prepararon bien. Pero la viejecita encantadora, se olvidó de todo, y sólo supo decir:
– Envío mi bendición a todas las jovencitas de Italia para que sean puras como mi María. Mujeres, sed buenas madres.
La mamá de María Goretti no sabía muchas retóricas ni había estudiado oratoria. Metida en su casa campesina, no conocía tampoco demasiado nuestra sociedad. Pero estas palabras suyas valen por miles de discursos que nosotros quisiéramos lanzar a las mujeres del mundo moderno…