El Beato José de Anchieta
23. octubre 2015 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosEntre los grandes santos de nuestra América merece un puesto muy destacado el apóstol del Brasil, Beato José de Anchieta. Nacido, como nuestro Hermano Pedro Betancur, en Tenerife de las Islas Canarias, llega a tierras americanas con sólo diecinueve años de edad.
Dicen que ha sido un golpe magistral de San Ignacio de Loyola, el cual tiene buenas referencias del muchacho, y que debió pensar:
– ¿Para las indias orientales? Francisco Javier. Y ahora para las occidentales, ¿a quién mando? José de Anchieta es el mejor de todos.
Este joven jesuita, estudiante de Teología y gran literato, tiene una salud algo débil. Pero va a desarrollar una actividad asombrosa y su intervención resultará providencial para la Iglesia.
En una nueva misión funda un colegio, tanto para los hijos de los colonos portugueses como para los indígenas. Es el día 25 de Enero de 1553, fiesta de la conversión de San Pablo, y en honor del Apóstol, le imponen el nombre a la nueva ciudad ¡Quién les iba a decir que aquella misión y colegio, una semilla tan pequeña, se iba a convertir en la gran metrópoli de Sao Paulo!…
Anchieta es el alma de este colegio. En contacto con los niños indígenas y sus familiares, Anchieta aprende la difícil lengua tupí-guaraní, que tanto le va a servir en su asombroso apostolado.
Los indios Tupís constituían una tribu hermosa. No eran demasiado salvajes, sino más domesticables y acogedores que los de otras tribus. Entre ellos todo era música y poesía: las fiestas, el amor, la religión, la lengua y la vida.
Pero sus enemigos los Tumayos eran todo lo contrario. Siempre en guerras tribales, tenían a gala adornar sus tiendas nómadas con las calaveras de los enemigos vencidos, a los que mataban, los asaban y se los comían en banquetes de feroces antropófagos.
En 1563 la situación está que arde. A cada momento se oye con inquietud en la Misión y en el Colegio esta pregunta que infunde terror:
– ¿Que no sabe lo que están haciendo los hugonotes, esos protestantes franceses?
Y la contestación que dan los enterados es desalentadora:
– Quieren expulsar a los portugueses y desarraigar de aquí a la Iglesia Católica. Se han aliado con los feroces indios Tupayos, les enseñan expresamente a vivir con toda inmoralidad, pues así los tienen contentos, y están devastándolo todo.
Anchieta y su Padre Provincial, mantienen un diálogo digno de dos santos y dos héroes:
– Padre, ¿qué hacemos? ¿Dejar que esos intrusos hugonotes se rían así de Dios y de la Iglesia, que arrebaten estas tierras a Portugal, y, lo peor de todo, que impidan la conversión de estas tribus que Dios nos ha confiado a nosotros?
El Provincial ve también clara la situación, y responde:
– Te conozco, y estás dispuesto a todo, ¿no es así? Pero piensa que todavía no eres sacerdote. No conviene que te mande solo. Yo me voy contigo.
Y los dos, el Padre Provincial y el temerario José, tienen la audacia de meterse entre los Tumayos para intentar su conversión y lograr la paz entre la tribu salvaje y los portugueses. Después de mil peripecias, puede marchar el Provincial.
Anchieta queda como rehén de que los Portugueses cumplirán la palabra dada a los Tumayos. ¡Pobre Anchieta dónde se ha metido y dónde queda! Apenas se ha marchado el Provincial, los Tumayos toman a Antonio, un buen criado que han llevado los Padres, lo matan ante los ojos del joven misionero, y hombres y mujeres se lo comen crudo en un festín canibalesco.
Tres meses pasará Anchieta solo entre aquella tribu salvaje. Todavía no se ha ordenado sacerdote, y las mujeres no le perdonan que viva solo. Tienen a gala el hacerse con un blanco, y sus padres se enorgullecen cuando tienen un yerno de categoría. A Anchieta le ponen en las ocasiones más terribles, pero él se encomienda como nunca a la Virgen María. Fino poeta latino, le dedica versos que son una filigrana literaria a la vez que una oración ardiente. Sin papel ni pluma, escribe en la misma arena de la playa y retiene todo en su memoria para transcribirlo después cuando pueda. Le cantó así a la Virgen:
– ¡Madre santísima! He aquí los versos que entonces te ofrecí, cuando me hallaba rodeado de crueles enemigos. Tu gracia me alentó con amor de Madre, y, bajo tu amparo, mi cuerpo y mi alma se conservaron incólumes.
Libre al fin Anchieta, es ordenado de sacerdote, y en 15067 parte hacia la fundación de Río de Janeiro, cuando los hugonotes franceses han tenido que marchar vencidos.
Por diez años es el encargado de la Misión de San Vicente. Constituido después Provincial de los jesuitas en Brasil, el año 1587 realiza la empresa más grande. Ahora se dirige a sus generosos y audaces hermanos españoles, portugueses, italianos e irlandeses:
– Id, id al Paraguay a fundar nuevas cristiandades. Allí os espera mucho trabajo para gloria de Dios.
Y allí fue aquella legión de valientes, que fundaron las famosas Reducciones del Paraguay, empresa misionera sin igual y modelo de evangelización, de promoción humana y de organización social.
El 9 de Junio de 1597 moría este gran santo y apóstol de Brasil, José de Anchieta, uno de los hombres más grandes que sembraron la fe cristiana y católica en nuestras benditas tierras americanas.