Santa Isabel de Hungría
18. septiembre 2015 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosAl ponernos a buscar modelos de vida cristiana, tropezamos con uno muy singular: Santa Isabel de Hungría.
Reina, y es humilde como una campesina.
Rica, y vive en pobreza suma.
Una esposa enamorada de veras y loca por su marido.
Viuda joven, que se mantiene limpia como un ángel.
Se hace madre de los pobres, y se encuentra por eso con Jesucristo a cada paso…
Isabel es una de las Santas más queridas que figuran en el calendario. ¡Y qué modelo para nuestros días, con tantos pobres en una sociedad de bienestar!…
Hija del rey de Hungría, a los trece años se casa con el príncipe Luis de Turingia, y tiene que vivir en Alemania. Los dos esposos se aman con locura. Y Luis tiene que defender a Isabel contra las intrigas de su corte. Un día responde a uno de sus nobles:
– ¿Ves esa montaña? Pues os digo, que, si fuese de oro puro, desde el pie hasta la cima, no la aceptaría a cambio de mi esposa, que es toda bondad y piedad.
Esta piedad para con Dios fue extraordinaria. Un día, la madre de Luis manda a su futura nuera que se ponga los mejores vestidos, se ciña la corona y se adorne con todas sus joyas, pues van a ir a la Iglesia para una Misa a la vista de todos.
Isabel se sorprende, y pregunta a la exigente suegra:
– ¿Y para ir a la Iglesia necesito esos adornos? La Misa no es una fiesta de palacio…
Obedece. Pero al entrar en el templo, la joven princesa ve el gran Santo Cristo con Jesús pendiente en la cruz. Se quita la corona, la deja en una banca, y se postra humilde en tierra.
La reina madre lo lleva a mal:
– Pero. ¿qué te pasa, Isabel? ¿No te das cuenta de que haces reír a todo el mundo?
La Princesa replica serena y convencida, a pesar de los insultos que espera:
– ¡Ay, señora! Mire cómo está mi Dios y mi Rey, coronado de espinas. ¿Y quiere que yo esté delante de Él coronada de perlas?…
Isabel es la madre de todos los pobres. No para en sus manos nada que pueda repartir. Alimentos, vestidos, joyas…, nunca tiene nada, porque lo da todo a los pobres de Cristo.
Un día de crudísimo invierno, ve a una pobre mujer temblando de frío junto al camino. Isabel se quita sin miramientos su propio manto, y se lo echa encima a la pobrecita, que, de repente, cambia su semblante y aparece la figura amable de Jesucristo que le sonríe…
Cuando falta el duque, porque está en el campo de batalla o en alguna cacería, Isabel se siente libre para servir por sí misma a los pobres y a los enfermos, a los que reparte todo. Pero los moradores del castillo no la pueden ver. Se recomen de envidia, hasta que la acusan ante su marido de que ella es quien roba todo lo del castillo. Luis se pone al acecho, y, al verla salir cautelosamente, la detiene:
– ¿Qué llevas ahí escondido en la falda?
– Nada… Son rosas.
– ¿Rosas en pleno invierno? ¡A ver!…
Y en el bulto escondido, en vez del pan, no aparecieron más que flores frescas…
A pesar de que su marido jamás ha dudado de ella, un día la acusación de la suegra, que le tiene casi odio, es seria de verdad. Porque le dice al hijo, que llega de fuera:
– ¿Quieres saber lo que es tu esposa? Ven…
Y le lleva a la habitación, donde Isabel ha metido a un pobre leproso para curarlo ella misma. Luis pensaba que su madre le iba a mostrar un hombre amante de Isabel, pero lo que apareció tendida en la cama fue la imagen de Jesús Crucificado…
Luis, a pesar de que nunca creyó en los chismes que le contaban, desde ahora no toleró ni un cuento más… Lo iba a necesitar. Porque se les echaba encima a los dos encantadores esposos la prueba más terrible. Luis tiene que partir para la guerra de la cruzada e Isabel queda transida de dolor. Sus presentimientos corrían lejos, hasta que los temores se convirtieron en dura realidad. Luis muere en la batalla, e Isabel queda viuda a sus veinte años y con tres niños que cuidar. Los familiares de Luis la echan del castillo, y tiene que marchar a vivir pobremente por su cuenta.
Rehabilitada, el niño mayor es declarado heredero del Ducado, y ella abandona voluntariamente todo para dedicarse en cuerpo y alma a sus queridos enfermos. Funda un hospital, y será ella misma la que cuide a los leprosos, alimente a los pobres y socorra a todos. Lo ha dado todo, y se queda sin nada. Ante el altar, renuncia a toda posesión de bienes y quiere seguir la pobreza total del Padre San Francisco de Asís, muerto hacía poco y recién canonizado.
Y así, sin hacer ruido, la joven reina acabará sus cortos días, pues, a los veinticuatro años de edad,
Dios la ve tan madura para el Cielo que no la quiere dejar ya más en la tierra. Era en Noviembre de 1231, el siglo de Domingo de Guzmán, de Francisco de Asís, de Tomás de Aquino…
El Papa, forzado casi por el pueblo, la proclamaba Santa a los tres años y medio…
Mirando a Isabel, nos decimos casi instintivamente:
– ¡Pero, qué mujeres y qué santas tiene nuestra Iglesia!…