Calasanz – LaSalle – Champagnat
25. septiembre 2015 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosEl mensaje de hoy, sobre la importancia de la educación del niño, nos lo van a dar tres Santos a la vez: José de Calasanz, Juan Bautista de La Salle y Marcelino Champañat. Los tres Santos son tres grandes glorias de la Iglesia, y los tres nos están predicando con su obra y con su vida la importancia suma que tiene la educación de la niñez y de la juventud, lo mismo cuando se imparte en la escuela, que en un colegio de la Iglesia, o que en el propio hogar…
José de Calasanz contempla cada día un espectáculo doloroso: los niños pobres de todos los pueblos y ciudades vagabundean por las calles y quedan analfabetos para toda su vida. Los niños ricos, no; porque sus familias los cuidan bien. ¿Qué hacer?… Ha llegado de España a Roma, donde ve lo mismo que en todas partes. Y aquí tiene su idea grande: hay que hacer la escuela popular, obligatoria y gratuita.
Popular, era decir para todos los niños pobres.
Lo que hoy hacen todos los Estados, lo iniciaba en la Iglesia Católica aquel sacerdote clarividente.
Hoy lo vemos esto muy sencillo. Pero entonces, a finales del siglo dieciséis, fue una idea revolucionaria.
José de Calasanz, sin medios materiales, sin ayuda de nadie, en medio de unas dificultades enormes, y hasta de persecución descarada, abre la primera escuela para niños pobres, funda su Congregación de los Padres Escolapios, y al morir el Santo deja más 37 escuelas en Europa atendidas por 0490 sacerdotes religiosos de su Orden.
Su idea fue sencilla, descrita por él mismo:
– De la educación depende la paz y el sosiego de los pueblos, el buen gobierno, y la propagación de la fe, porque enseña a bien vivir.
Y dice sobre los que se dedican a la educación:
– El apostolado de la educación es el más digno, el más noble, el más meritorio, el más beneficioso, el más útil, el más necesario, el más natural, el más razonable, el más de agradecer, el más agradable, y el de mayor gloria.
Un elogio como éste se lo dedicamos hoy —con permiso del Santo, que nos lo da bien a gusto desde el Cielo— a tantos maestros y maestras que regentan nuestras escuelas y que son los mayores bienhechores de la sociedad…
La idea de este sacerdote español que revolucionaba Roma, la iban a recoger dos grandes Santos más en Francia, y de allí sería ya patrimonio de todo el mundo.
Juan Bautista de La Salle es todo un señor, de familia rica, que, ordenado sacerdote, lo nombran canónigo y pronto se ve rodeado de gente buena y bien, que se acerca a su confesonario y lo tiene en gran estima. Pero un día recibe una visita inesperada, y le proponen que funde una escuela para niños pobres.
– ¡No! Eso sí que no. Yo no estoy ni para escuelas ni para pobres…
Es muy buen sacerdote, pero ni sus pensamientos ni sus gustos le tiran por ahí… Sin embargo, le queda la puntilla clavada en el corazón:
– ¿Y si fuera ésta la voluntad de Dios?…
Su consejero espiritual es tajante:
– Tu vocación está en las escuelas cristianas para los niños pobres. ¡Ahí te quiere Dios!
Renuncia a todo, a su canonjía, a su dinero familiar —y tiene mucho— que reparte entre los pobres. Y sin contar con nada más que una gran confianza en Dios, se lanza a realizar su misión.
Los niños abandonados, los que corretean por las calles, los ladronzuelos en potencia…, ésos son los que Dios pone en sus manos de educador. Y piensa inmediatamente:
– Predicar, enseñar la doctrina, es dar pan para hoy y hambre para mañana. La solución es la escuela. Porque el niño que aprende a leer y escribir es capaz de todo.
Funda la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Nada de sacerdotes. Laicos, y sólo laicos. Porque así no se distraerán de la enseñanza, único ministerio a que consagrarán su vida. Y Dios los ha bendecido copiosamente: varios Hermanos en los altares y millones de exalumnos de La Salle por más de cien naciones…
Marcelino Champagnat es el otro héroe de la enseñanza. Es el Cura en una humilde parroquia de Francia, y se da cuenta del mismo problema que han detectado Calasanz y La Salle: los niños y los muchachos abandonados que pululan por las calles. Así se lo expresa a uno de sus primeros discípulos:
– Si sólo pretendemos dar instrucción religiosa, nos basta con ser simples catequistas. Pero nuestro objetivo es hacer algo mejor: queremos instruirlos en sus deberes, en las virtudes del cristiano y del buen ciudadano.
Y con este fin funda la Congregación de los Hermanos Maristas, —también laicos, sólo laicos—.
Hoy los Maristas forman una Congregación potente, con miles de Hermanos esparcidos por muchas naciones, en las que realizan un apostolado ingente, y con una característica muy particular: la devoción encantadora a la Virgen, que llena por completo las Comunidades y Colegios de los Maristas.
Hoy los Estados, gracias a Dios, han tomado sobre sí la tarea de la educación, como quería Calasanz: para todos, obligatoria y gratuita.
Un bien tan inmenso tiene su origen en estos tres gigantes de la Iglesia, modelos acabados de educadores, y, sin duda, los bienhechores más grandes de la sociedad.