La Madre del Buen Consejo

25. diciembre 2017 | Por | Categoria: Maria

Ya en alguna otra ocasión dijimos cómo algunos se extrañan de esa advocación que la letanía da a la Virgen cuando la llama la Madre del buen consejo. Ahora viene una extrañeza igual al encontrarnos entre las Misas de la Virgen una que se titula así: María Virgen, Madre del Buen Consejo. Sin embargo, al analizar esa Misa tan bella nos encontramos con que este título está lleno de una riqueza evangélica muy grande.

Se nos presentan las preguntas a montones, y cada una de ellas tiene una respuesta muy adecuada, muy segura, muy llena de sentido.
– ¿María, Madre del Buen Consejo? ¿Por qué?… Pues, porque es la Madre de Jesucristo, que, muchos siglos antes de venir al mundo, era anunciado por el profeta Isaías como Consejero admirable.
– ¿María, Madre del Buen Consejo? ¿Por qué? … Pues, porque toda su vida la pasó bajo la guía del Espíritu Santo, que es Espíritu de consejo, el cual la envolvió en el momento de la Encarnación del Hijo de Dios y la tuvo siempre bajo su sombra.
– ¿María, la Madre del Buen Consejo? ¿Por qué?… Pues, porque se adhirió íntimamente al Consejo eterno de Dios de recapitular, de encerrar, en Cristo todas las cosas.
– ¿María, Madre del Buen Consejo? ¿Por qué?… Pues, porque se vio colmada como nadie de los dones del Espíritu Santo, entre los cuales sobresale de manera muy singular el don de sabiduría, por el cual la Virgen conoce, gusta y sabe comunicar el querer de Dios.

Teniendo ante los ojos esto de la Palabra de Dios, no es extraño que la Liturgia de la Iglesia, en sus oraciones oficiales, con las cuales expresa la doctrina en que todos los fieles creemos porque nos guía el Espíritu Santo, se le dirijan a la Virgen —bien acomodadas— esas palabras de la misma Sagrada Escritura (Prov.8,14)
– Míos son el consejo y la sabiduría, mía es la prudencia, mía la fortaleza.

Por otra parte, María no se queda para sí estos dones. Los ha recibido de Dios, y Ella los comunica a sus hijos y discípulos, utilizándolos siempre para nuestro bien.
El hecho más sobresaliente del Evangelio lo vemos en la Boda de Caná. El don de consejo de María resplandece en esta ocasión de una manera excepcional.
María ve el apuro de los novios, que van a quedar muy mal delante de todos los comensales. ¿Cómo es posible que falte el vino en la fiesta?… María, mujer observadora a la que no se le escapa un detalle, y con un corazón tan bello, que no sufre un dolor en nadie, se da cuenta de la situación. No le manda a Jesús, pues no se puede meter en sus asuntos, pero nada le prohibe introducirse con delicadeza en el Corazón de su Hijo: ¿Te has dado cuenta de que no tienen vino?…
Para Jesús, es una manera de pedir irresistible. ¿Qué remedio le queda sino hacer caso a su Madre?… Y María, intuyendo que se ha hecho con la victoria, les aconseja a los sirvientes: Haced lo que Él os diga. ¿El resultado? Lo conocemos muy bien. ¿Cuándo se había hecho petición como ésta, cuándo se había dado consejo como éste?…
Aunque no fuera más que por este hecho del Evangelio, llamaríamos a María, con razón sobrada, Madre del Buen Consejo: nos ha enseñado a acudir allí donde está todo el remedio para todos nuestros males y en todos nuestros apuros: ¡en Jesucristo!
Y nos enseña además lo que debemos hacer para cumplir la voluntad de Dios y practicar el Evangelio en toda su integridad: ¡Que lean todos —nos dice María— y que todos hagan lo que Jesús les dice!
Con finura, elegancia y firmeza, nos dice la Virgen quién es el Mediador: ¡Jesús! Pero con igual elegancia y finura, nos dice: ¿Y queréis ir fácilmente a Jesús? ¡Venid a mí, que no os vais a equivocar!…

Cuando le llegue a Jesús su Hora, tendrá a María al pie de la cruz y nos la dará por Madre. Quien la acoge como Juan y se la queda consigo, está aconsejado por la Mujer más intuitiva, la Madre más querida y la Intercesora más eficiente.

Nos lo puede contar un gran experimentado, San Maximiliano Kolbe, santo y mártir amantísimo de María.
Nada más llegar a Japón, empieza su ingente obra de El Legionario y de la Ciudad de la Inmaculada. Para la revista y todas las demás publicaciones son necesarias mil cosas: máquinas, obreros, préstamos, deudas… Y aquello se convierte en una locura. El único tranquilo, el Padre Kolbe, el que ha creado todo aquel lío. Los Superiores se preocupan: -Padre Kolbe, ¿se da cuenta en qué problema se mete? ¿quién arregla esto, quién sale fiador de todo?…
El Padre Kolbe dice su parecer. Después, se calla como un muerto. Según su costumbre, agarra el rosario, lo esconde bajo las mangas de su hábito, y reza a la Virgen: -Madre, Tú te encargas de iluminarlos. Yo no digo una palabra más.
No la dijo, pero todo salió bien, porque calladamente, sin decir una palabra, la mejor consultora que existe, la Madre del Buen Consejo, iba guiando la discusión, que, como todas las demás del Padre Kolbe, acababa resolviéndose de la manera mejor. La Ciudad de la Inmaculada salió triunfante de todo…

Nosotros nos encontramos muchas veces en trances bien difíciles y en problemas que no sabemos resolver. Problemas familiares, problemas personales, problemas del alma… Y nos preocupan, ¡cómo no nos van a preocupar!
Pero, ¿nos acordamos en esos momentos difíciles de que nuestra Madre, la Madre que Jesús nos dio, es la Madre del Buen Consejo? ¿A que no nos equivocamos si seguimos su parecer? ¿A que acertamos siempre, y siempre con la solución mejor? Un parecer que María nos insinúa en lo más íntimo del alma, cuando acudimos a Ella con la oración confiada.

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