La Mujer nueva

27. noviembre 2017 | Por | Categoria: Maria

Es un dicho muy sabido aquel de Busca la mujer, cuando vemos lo mismo el triunfo que la derrota de algún gran hombre. La mujer es la mejor consejera para vencer, igual que es también el genio malo que hunde a un hombre en un fracaso total.

Lo curioso es que esto se dio también en la Historia de la Salvación. Jesucristo, el Salvador, no necesitaba ninguna mujer que le viniera a decir lo que tenía que hacer. Pero Jesucristo quiso tener la mujer a su lado, para deshacer el mal tremendo que hizo el primer hombre por el consejo y la colaboración de la mujer primera.

Hoy somos conscientes en la sociedad de lo que vale la mujer y del papel que debe desarrollar en todos los campos. Por eso buscamos el tipo ideal de la mujer. Dios nos la ha dado en la Iglesia con su Madre María. Y la Humanidad entera puede mirar a esta Mujer privilegiada, liberada y fiel, para saber a qué atenerse en sus ilusiones, esperanzas y logros cuando se trata de la promoción de la mujer.

Los condiscípulos de estudio y los compañeros de taller —pues se trataba de un joven magnifico que estudiaba y trabajaba—, veían cómo aquel muchacho de tantas cualidades empezaba a mostrar preocupación. ¿Es que te están yendo mal las cosas, o qué?, le preguntaban. Te vemos ir mucho a la iglesia a rezar. Con lo católico que eres, algo te pasa. Y él, sin hacer dramatismo, pero con sinceridad, les mostraba su inquietud: ¡No, no, todo lo contrario! Pero tengo que acertar en la solución del problema más serio de mi vida. O me sale bien la mujer, o estoy perdido. Y quiero que me la señale Dios…

Al cabo de tres años, el estudiante y obrero, propietario ya de una pequeña pero prometedora empresa, se mostraba el hombre más feliz: Pues, sí; atiné de veras. Con la mujer que tengo, temo muy poco los fracasos. Cristiano convencido, miraba a Nazaret, y decía: ¿Mi mujer? ¡Si es igual que Aquélla que tenía José en su taller!

Desde el principio de la Iglesia, la Virgen María es reconocida como la nueva Eva, en contraposición a la Eva del paraíso. Jesucristo la asoció a la obra de la salvación, igual que Eva estuvo asociada a la obra catastrófica de Adán.
Eva, con su incredulidad a Dios —que les había dicho: no comáis de ese árbol, que moriréis—, con su poco seso al entablar diálogo con la serpiente astuta, y con aquel alargar el fruto a su marido, nos echó a perder a todos.

María, todo al revés de Eva, por su obediencia a Dios —que se cumpla en mí su voluntad—, después de escuchar tan prudentemente al Angel, y al prestar todo su ser —su cuerpo, su alma y su corazón— al Hijo de Dios que se lo pedía para hacerse hombre, inició en sí misma los misterios de la salvación.
Junto a la Cruz, María era la socia de su Hijo Jesucristo en su empresa salvadora, así como Eva junto al árbol prohibido había sido tan gravemente colaboradora de Adán en nuestra ruina.
De este modo, Dios hacía de María la Mujer Nueva.
María es la primicia de la nueva creación, porque era la primera y la mejor redimida, tanto, que por la sangre de su Hijo ni tan siquiera conoció el pecado original, y fue por eso Inmaculada en su Concepción.
María es la tierra en la cual, por primera vez, venía a habitar la santidad de Dios, pues fue la primera poseída por el Espíritu Santo.

María es la primera hija del Nuevo Israel, el Israel que Dios se preparaba con el antiguo pueblo suyo.
María es la primera oyente y discípula de Cristo, pues María daba vueltas y vueltas a todo lo que veía en Jesús, y lo guardaba después cuidadosamente en su Corazón. Era el primer corazón nuevo —y el más primoroso también—―de aquellos que había profetizado Ezequiel.
María era la encargada de traernos el vino nuevo a la Iglesia, simbolizado en el vino milagroso de la Boda de Caná, obtenido por la mediación de María.
María, glorificada totalmente ya con Cristo por su Asunción, aparece como la Mujer Nueva en su plenitud, y expresa lo que será la Iglesia en su etapa final y definitiva.

Cuando hablamos tantas veces de la promoción de la mujer —a la que tenemos tanto cariño y a la que queremos ver en la sociedad gozando de todos los privilegios que se había reservado el hombre—, pensamos en María. ¿Cumple la mujer su misión tal como la cumplió María? ¿Responde la mujer al plan que Dios se ha trazado sobre ella? ¿Es la mujer la compañera ni superior ni inferior, sino fiel, del hombre? ¿La mujer de hoy, se adapta en sus actitudes y en sus trabajos a la mujer que acepta y promueve Jesús en el Evangelio?… Si es así, ¡qué pocas reglas hemos de dar para promocionar a la mujer debidamente!… Siguiendo el plan de Dios, se atina mucho mejor que siguiendo muchas modas que nos inventamos nosotros.

Si los hombres miran a María, saben cómo tratar a la mujer.
Si las mujeres miran a María, saben lo que es y dónde está la promoción verdadera.
Una señora muy lista, muy preparada y muy sensata, fue a hacer un Encuentro y, al ver trabajar en él a una compañera nuestra, la definió así espontáneamente: -¡Esta mujer es un sol!
La interesada no oyó nada ni sabía nada de semejante piropo. Y en una de sus actuaciones, contestando a esas mujeres que quisieran ser hombres, dijo con energía, a la vez que con su simpatía arrolladora: ¡Supieran ustedes lo orgullosa que estoy de ser mujer! ¡Ser como María! ¿Les parece poco?…

Buscar la mujer al lado de un hombre grande —grande por sus hazañas como por su crímenes— costará a veces poco y costará a veces mucho. Buscarla y encontrarla al lado de Jesucristo para el bien inmenso de la salvación, no cuesta nada: en María la encontramos a la primera…

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