Un poder irresistible

6. octubre 2017 | Por | Categoria: Narraciones Bíblicas

Jesucristo en el Evangelio va a insistir mucho en la necesidad de la oración y, en especial, en la perseverancia con que debemos acudir a Dios hasta que nos escuche. Pero ya en la Biblia del Antiguo Testamento nos enseñó Dios esto mismo con un ejemplo inimaginable.

Casi en el principio de la Biblia, nos encontramos con un hecho insólito, cuando Dios descubre a Abraham sus planes para destruir Sodoma y Gomorra, porque su pecado es demasiado grande. Los hombres se han dado todos a la práctica del homosexualismo, y Dios no puede tolerar semejante aberración. Quiere destruir con fuego a aquellas ciudades y marcha resuelto a ejecutar su plan. Pero, se dice antes Dios:
– ¿Y cómo voy a ocultar a Abraham lo que voy a hacer, si él es mi amigo?
Y, dicho y hecho, mientras van caminando, Dios y Abraham entablan un diálogo desconcertante.
– Señor, ¿y vas a consentir que se pierdan los buenos junto con los malos? Vamos a suponer que en esas poblaciones se encuentran cincuenta que son buenos. ¿Las vas a destruir?
Responde Dios amigablemente:
– Vamos a comprobarlo. Si hay cincuenta buenos, yo no destruyo las poblaciones.
– Bueno. Vamos a suponer que faltan cinco para los cincuenta. ¿Las perdonarás por los cuarenta y cinco?
– Si hay cuarenta y cinco, las perdono. Te lo prometo.
– Ya que he empezado a hablar, voy a seguir. ¿Y si son solamente cuarenta los buenos?
– Por los cuarenta, no las castigo.
Abraham se siente cada vez más animado, y sigue suponiendo y pidiendo:
– Vamos a suponer que llegan sólo a treinta.
– Por los treinta, se salvan todos de la destrucción.
– ¿Y si fueran sólo veinte?
– Por los veinte, las perdono.
Dios ha rebajado mucho la cuenta, pero Abraham no se desanima, y da el postrer asalto:
– Veo que es mucho pedir. Pero, por última vez. Supongamos que son sólo diez. ¿Las perdonas?…
– Concedido. Si encontramos diez buenos, me retracto, y no destruyo esas poblaciones.

Sabemos el final. Allí no había más gente buena que Lot, su mujer y las dos hijas, los cuales salieron de su casa, arrastrados casi por los dos ángeles que Dios les mandó. El fuego misterioso, que se produjo en aquel amanecer, redujo todo a cenizas, sin que quedara en pie nadie ni nada…
Si fuéramos nosotros a estirar un poco la cosa, diríamos que fue una lástima que Abraham no se atreviese a bajar de diez. Por Jeremías dice Dios que, si hubiera encontrado en Jerusalén uno solo bueno, la hubiera perdonado. Y por Ezequiel dice que hubiese perdonado a todo el pueblo, si hubiera habido uno solo que se interpusiera como un muro entre Dios enojado y el pueblo pecador… (Génesis 18, 20-32. Jeremías 5,1. Ezequiel 22,30)

¡Qué lección nos da esta página de la Biblia, bella por una parte, y tan impresionante por otra!…
Lo hemos insinuado ya al principio, o sea, el poder inmenso de la oración cuando es constante.
La oración vence toda la resistencia que la justicia de Dios pudiese poner como un estorbo para concedernos lo que le pedimos, por no merecerlo.
Pero no es ésa, con ser tan importante, la lección principal de este hecho. Tres cosas aparecen clarísimas en esta escena.
Primera, que los buenos son queridísimos de Dios. Sólo por no hacer mal a uno, retrasa cualquier castigo que merecen los demás.
Segunda, que estos buenos tienen con su oración un poder inmenso delante de Dios cuando ruegan por los malos, por su conversión, por que se libren del castigo de Dios. Los malos no se dan cuenta de lo que deben a los buenos.
Tercera, sobre todo. Por ese UNO que Dios reclamaba a Jeremías y a Ezequiel, y señalado a dedo por Isaías, por ese UNO, que es Jesucristo, Dios nos ha perdonado la condenación que todos merecíamos.
Sólo por Jesús, que gritó desde la cruz: ¡Padre, perdónalos!, hemos sido salvados todos.

Esto nos trae dos consecuencias.

Primera, que nosotros debemos rogar por la conversión de los pecadores. Entendemos el mensaje de la Virgen en Fátima:
– ¡Que son muchos los que se condenan porque no hay quien rece y se sacrifique por ellos!
El apostolado de la oración es el apostolado más importante. Y lo pueden ejercer —y hasta mejor que nadie— precisamente los impedidos de trabajar: los enfermos, los ancianos, los detenidos en un penal…

Segunda, que esa oración nuestra debe ser, ante todo, en la Eucaristía, con Jesús y por medio de Jesús, porque Jesús en la Misa es el mismo Jesús del Calvario, que ahora, glorificado en el Cielo, no cesa de interceder por nosotros.

¿Queremos ayudar al mundo pecador? Miramos a Abraham, y nos pasmamos de la fuerza que tenemos en la mano.
Nadie va a poder con nuestro poder irresistible. Una sola Eucaristía tiene más potencia que el mundo entero. Con nuestra oración, y con la Misa sobre todo, prestamos al mundo el mayor de los servicios…

 

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