Mirándonos en María

9. octubre 2017 | Por | Categoria: Maria

¡Mira la Estrella, invoca a María! Este es el célebre estribillo de esa página incomparable que San Bernardo dedicó hace ya más de diez siglos a la Virgen y que aún hoy se sigue repitiendo con entusiasmo grande en nuestras iglesias.
Mirar a María ha significado en labios cristianos el contemplar a la Virgen para pedir su auxilio, ya que nunca se ha perdido nadie que la ha invocado con fe. En este sentido, será siempre válida esa exclamación: ¡Mira a María! ¡Invócala, que no te vas a perder!

Pero hoy le damos a esta expresión —Mirar a María— un significado muy diferente al que le han dado muchas generaciones cristianas. Hoy queremos decir con estas palabras que miramos a María como la imagen y modelo que Dios nos ha dado a la Iglesia, para que nos miremos a nosotros mismos en María a fin de ser como nuestra Madre. Los hijos debemos ser como la Madre. Hemos de llevar impresos sus mismos rasgos. Quien nos mire a nosotros ha de descubrir a un verdadero hijo o a una hija fiel de María.

A partir del Concilio, la doctrina sobre la Virgen se ha desarrollado en torno a esta idea: la Iglesia ha conseguido ya en María su perfección. María es una cristiana perfecta.

Inmaculada, María nos ofrece la visión de lo que será un día la Iglesia entera: la Esposa de Jesucristo sin mancha ni arruga ni nada que deforme su linda faz, sino toda ella radiante de hermosura.
La Iglesia, por lo mismo, y ya desde ahora, ¡a luchar contra el pecado, para ser como María —su Madre, su imagen y su modelo—, toda santa y sin manchas que la desluzcan!

Mujer de fe, María nos dice lo que es nuestro paso por este mundo. Un caminar hacia Dios fiándonos de Él, a pesar de las dificultades y tropiezos del camino. María dijo a Dios cuando el anuncio del Angel: Aquí está la servidora del Señor. Que se cumpla en mí su voluntad. Acepto ser  madre-virgen, como Él me lo propone. Y con esta fidelidad seguirá hasta el Calvario, donde no verá nada y donde las tinieblas serán más densas que nunca. Hasta la Resurrección, hasta Pentecostés, su fe será como la nuestra, y mucho más valiente que la nuestra. Después, verá mucho más claro, pero hasta su muerte seguirá creyendo, fiándose de Dios, y esperando los esplendores de la Gloria.

María, igual, en todo igual que nosotros. Porque los hijos de la Iglesia vivimos de la Palabra de Dios sin ver. Nos fiamos de Dios. Le decimos que SÌ a lo que nos pide. Perseveramos en nuestra vocación, sea la que sea, asignada a cada uno por el Espíritu Santo. ¿Qué vienen dificultades? Más serias se le presentaron a María, pero no por eso dejó de ser fiel a Dios. Con la perseverancia es como conseguimos la salvación de nuestras almas.

Asunta en cuerpo y alma en el Cielo, María nos está diciendo lo que va ser el fin de todos nosotros. ¡Moriremos, ya lo sabemos!… Pero sabemos también que, en virtud de la resurrección de Jesucristo, nos escaparemos un día victoriosos de nuestros sepulcros. Y que la gloria del Resucitado será nuestra misma gloria. Dios ha querido avanzar esta gloria futura revistiendo ya a su Madre de la inmortalidad que nos espera a todos.

María Asunta al Cielo en cuerpo y alma, nos dice con cariño y amor de Madre: ¡Así, así, como me veis a mí, os vais a ver un día vosotros! No caigáis desalentados en la carretera, que es de muy cortos kilómetros. Para cuando os deis cuenta, ya estáis en la frontera… ¡Qué formidable que resulta el mirarnos en ese espejo de la Asunción de María! Algunos, mirando a Jesús resucitado, podrían decir, equivocadamente, desde luego, pero tendría su explicación: Es natural. Jesús no podía permanecer muerto, porque era Dios. Ahora —para reforzar nuestra esperanza— Dios nos pone delante no solamente a Jesucristo resucitado, sino también a María, resucitada y asunta, que no es ninguna diosa, sino el primero y más esclarecido fruto de la Redención. ¡Y como Ella, como Ella vamos a ser nosotros! La esperanza, así, no decae nunca.

La virtud cristiana aparece en María con esplendores del todo singulares.
¡Con qué amor que se entrega a Dios y consiente en la maternidad virginal para darnos al Salvador, aunque a Ella le va a costar los dolores atroces de la espada profetizada por Simeón!…  
¡Con qué docilidad escucha la Palabra, y le da vueltas y más vueltas en su corazón, de manera que resulta la conocedora más perfecta del misterio de la Salvación!…
¡Con qué esperanza que aguarda la resurrección de Jesús!…
¡Cómo centra la oración y la unión de los discípulos en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo!…
¡Cómo se une después a la Doctrina de los Apóstoles, a la Fracción del Pan, y a la Oración de la Iglesia primitiva!… María, dirá el Papa Pablo VI, es el modelo de las disposiciones con que la Iglesia celebra los divinos misterios…, y el modelo acabado de toda la Iglesia en el ejercicio del culto divino.

El Papa Juan Pablo II, al darnos en Méjico el Documento del Sínodo para América, nos dijo a los católicos de nuestras tierras de modo especial: María es un camino seguro para encontrar a Cristo. La piedad hacia la Madre del Señor, cuando es auténtica, anima siempre a orientar la propia vida según el espíritu y los valores del Evangelio.

¡Mira la Estrella, invoca a María!…
Nosotros, como hemos hecho siempre, seguiremos invocando a María con toda el alma. Pero este grito de Bernardo lo tomamos hoy como un eslogan sagrado, como un santo y seña de nuestro caminar hacia Jesucristo, y por Jesucristo hasta el Padre en el Espíritu Santo. Y apostamos a cualquiera: ¿A que no nos equivocamos al seguir a la Virgen como guía para alcanzar la salvación?…

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