Inventos divinos

10. octubre 2017 | Por | Categoria: Gracia

Cristóbal Colón hacía su último viaje a las tierras americanas. Estaba convencido, tanto él como los Reyes Católicos sus patrocinadores, que aquella empresa gloriosa la quería Dios sobre todo para la salvación de los nuevos pueblos que se abrían a la fe de Jesucristo.
Por eso, cuando en diciembre de 1502 vio que las naves de la expedición se iban a hundir ante la furiosa tempestad que se había desatado, no lo dudó, y se dijo: – Esto es del demonio, que quiere impedir la salvación de tantas almas.
Entonces, con espíritu de fe, ordena lo que a nadie de hoy se le ocurriría:
– ¡Prendan todas las candelas benditas que llevamos! ¡Padres Misioneros, bendigan más candelas!… Pónganlas todas en lo alto de las naces y recemos todos con ellas encendidas…
Mientras tanto, el Almirante iba trazando con su espada la señal de la Cruz sobre el cielo desatado y enfurecido… ¿Y después? ¿casualidad? ¿milagro?… El caso es que aquel huracán se deshacía y la expedición llegaba felizmente al Nuevo Mundo, sediento de Dios…
     Este hecho nos lleva a considerar un punto muy importante de la Gracia que Dios nos dispensa por lo que llamamos en la Iglesia los “Sacramentales”, que, según el Catecismo de la Iglesia Católica (1677), son unos signos sagrados instituidos por la Iglesia cuyo fin es preparar a los hombres para recibir el fruto de los sacramentos y santificar las diversas circunstancias de la vida.

Sabemos muy de memoria que Jesucristo instituyó los siete Sacramentos, que son como unos canales por los que nos llega la vida de Dios.
Pero Jesucristo, además de los Sacramentos, dejó a su Iglesia otros signos que Él mismo utilizaba en el Evangelio, como el bendecir a los niños, exorcizar a los poseídos del demonio, bendecir el pan que repartía a la turba, untar con su saliva los ojos del ciego y los oídos del sordo… Eran signos con los cuales Jesús indicaba gracias especiales que Él concedía en las circunstancias de la vida y de las personas concretas.

¿Qué ha hecho la Iglesia desde el principio? Aparte de administrar los siete Sacramentos, ha hecho lo mismo que Jesús.
Con signos, como la señal de la cruz…;
con objetos, como medallas, imágenes, escapularios…;
con elementos naturales, como el agua y el aceite, como la cera, como la ceniza, como las palmas…;
con prácticas populares de las diversas culturas, como procesiones, abluciones, peregrinaciones…,
con todos estos elementos, a los que añade siempre una plegaria y una bendición, la Iglesia invoca a Dios, y le pide, en nombre de Jesucristo,
– que mande su gracia sobre las personas, sobre las cosas necesarias para la vida, sobre las costumbres dignas de los pueblos,
– y también que aleje de los fieles los males que podría acarrearnos el Maligno, ya que el infierno trata siempre de perturbar la paz, la tranquilidad, el bienestar de los hombres, especialmente de los cristianos.
¿Ponemos el caso del agua bendita?… Y empezamos por compararla con el agua del Bautismo. El agua en el Bautismo, —derramada sobre el bautizando con la fórmula “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”— consagra a la persona y la convierte en una persona sagrada, en una persona cristiana.
Se ha realizado un Sacramento: borra el pecado y trae la gracia de Dios.

Lo que llamamos el “agua bendita” es muy diferente. Es agua sobre la cual la Iglesia, por el ministro autorizado, y en nombre de Jesucristo, invoca a Dios y le pide que quien la haya de utilizar reciba especial bendición de Dios y se vea libre de las asechanzas del enemigo. El agua bendita ni quita el pecado ni trae la gracia. Pero es muy útil, porque con el poder de la Iglesia, que es el de Jesucristo, esa agua bendita ahuyenta al demonio y pide la protección de Dios en tantas circunstancias de la vida.

Son muchos los Santos que han experimentado de modo muy especial la eficacia del agua bendita. Entre todos descuella Santa Teresa de Jesús. Lo sabía muy bien, llevaba siempre agua bendita consigo, y vio muchas veces al demonio huir apenas rociaba el sitio por donde se le quería acercar…

¿Dónde está la fuerza de los Sacramentales? Está no en el agua, ni en el escapulario, ni en la medalla, ni en el pan bendito, ni en la ceniza, ni en la candela, ni en ningún otro objeto…, sino en la bendición de la Iglesia: es ella la que, en nombre de Jesucristo, y con esos objetos, ora con nosotros, pide por nosotros, y por nosotros actúa también contra el enemigo infernal…

Un Sacramento vale más que todos los Sacramentales juntos. Digamos como una comparación. Un sacramnental como el Agua Bendita es un billete de un dólar. Un Sacramento, como la Comunión, es ujn  billete de cien dólares…
Y los Sacramentales en tanto valen en cuanto hacen vivir más intensamente la Gracia que se recibió en el Bautismo, o en el Matrimonio, o en la Eucaristía…
Los Sacramentales son muchos y pueden ser aún más. Creados por los Pastores de la Iglesia, son ellos quienes los bendicen, los que vigilan su uso, los aconsejan o los llegarían a prohibir si hubiera abusos.

¡La Iglesia! ¡Siempre la Iglesia con el poder de Jesucristo!…
Ante el agua, la medalla o el escapulario, el rosario o la cruz…, bendecidos por el Obispo o el Sacerdote, Dios se dice complacido: ¡Esto es de mi Hijo, esto es de mi Iglesia!…
Mientras que el Maligno tiembla ante Jesucristo y la Iglesia: ¡Todo eso es de ése a quien no quiero nombrar! ¡Es de ésa a la que odio y puede más que yo!…  
Y el cristiano se dice a sí mismo: Con Cristo y la Iglesia que me ayudan, ¡hay que ver lo que puedo yo!… Puede tanto o más que Cristóbal Colón con las candelas benditas ante el huracán…

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