El grito de los niños

11. octubre 2017 | Por | Categoria: Familia

Habían pasado ya algunos años desde que acabara la Primera Guerra Mundial, y en el Oeste de Alemania había destacados bastantes soldados austriacos, que prestaban voluntariamente servicios de salvamento.
Se desbordan un día las aguas del Rhin, el río va en crecida, y amenazan con invadir pueblos y ciudades. De las casas salían gritos pidiendo auxilio. Eran voces de niños, que repetían desesperados:
– ¡Que nos ahogamos! ¡Que nos morimos!…
Los valientes soldados de Austria no lo dudan un momento, y lanzan los botes salvavidas a la corriente impetuosa. Pero resultaba todo inútil y era imposible proseguir. Lo que sí proseguía era el chillar desaforado de las criaturas:
– ¡Que nos ahogamos! ¡Que nos morimos!…
Un oficial intenta hacer un esfuerzo supremo, y grita:
– ¡Soldados, los niños nos llaman! ¡Tenemos que salvarlos! ¡Austriacos, adelante sin miedo!…
El éxito coronó tanta bravura, y los niños se salvaron todos, gracias a unos valientes que expusieron su vida por ellos.

Al oír una narración como ésta, a todos nos viene sin más a la mente la realidad cruda de hoy: ¿Y el niño?… ¿No oímos todos cada día el lamentarse por las desgracias que sufren los niños?…
En los países menos desarrollados, y donde la reina es desgraciadamente la pobreza, mueren millones de niños cada año por la peor de las enfermedades como es la desnutrición, provocada por una situación de hambre crónica…
En los países más desarrollados, no es la desgracia de los niños el hambre, sino que son otras cosas peores, como la eliminación de las criaturas más indefensas por medios inconfesables, y también el rechazo que experimentan hasta en el propio hogar…
Aparte de esos males, hay además otros que afectan muy negativamente al niño, como es la falta de instrucción adecuada, de formación debida, de protección necesaria.

¿Qué botes salvavidas se pueden lanzar contra la corriente desbordada de esas realidades tan evidentes y dolorosas? ¿Qué se podrá hacer para salvar tantas vidas inocentes?… Lo primero que se le ocurre a nuestra mentalidad cristiana es el pensar en la palabra de Jesús: -¡Dejad que los niños vengan a mí!… Sobre esta base tan firme se mueve siempre nuestra reflexión. Jesucristo nos viene a decir:
– ¡Corriendo!  ¡Que los niños nos necesitan!…

El grito más conmovedor del niño es su misma inocencia, la cual hace que la sonrisa del niño sea de tal modo cautivadora que nadie puede resistir sus hechizos. Corazón que no se ablanda y enternece con el mirar de un niño es que ha perdido de manera irremediable toda sensibilidad.
El primer remedio para la salvación del niño está en fomentar el amor a esas criaturas que embellecen la vida con encantos celestiales. Son los niños como el estallar de la naturaleza con la lluvia primera. Revientan en el campo como capullos y flores abiertas, de colores vistosos y perfume embriagador.
Los niños son el despertar a la vida, y cuando los niños que corren y chillan y juegan con lo primero que encuentran a mano, constituyen —como dirían los sicólogos— una regresión para los mayores, que olvidan las todas las penas, vuelven a revivir su propia infancia y disfrutan de nuevo los años más felices de su existencia.

Mirados y amados así los niños, los padres se vuelcan en la tarea de su formación, y consiguen resultados sorprendentes. Alguna vez ha salido ya en nuestras charlas el recuerdo de aquella negra de Estados Unidos, talento singular y escritora brillante. Tuvo la suerte de contar desde niña con un papá que la adoraba, Daniel, el celebrado tío “Dan”, el jefe de hotel más celebrado en toda la gran nación. ¿Cómo aprendió Elizabeth Laura aquella gentileza que le ganó tantos cariños después? Que nos cuente la misma Laura uno de sus primeros recuerdos:

“La primera vez que mi padre me pidió le llevase un vaso de agua, yo lo llené y se lo llevé. Fue como si le hubiera llevado un vaso de veneno. Me regresó a la cocina, y me dijo todo serio:
– Voy a enseñarte cómo se prepara un vaso de agua, y acuérdate de ello todos los días de tu vida. Primero, se busca una bandejita, que se dispone con un lindo tapetito encima. En la bandeja se pone un platito cubierto con un pañito de encaje. Finalmente, el vaso lleno de agua fresca se coloca sobre el platito así preparado. Y si hay flores, se podría colocar una pequeña junto al vaso, para indicar al huésped que el que lo sirve encuentra un gran gusto en hacerlo… Así me enseñó mi padre, que me añadía: -No hay otra manera correcta de servir un vaso de agua, tanto a un príncipe como a un mendigo” (Elizabeth Laura Adams)

Un niño o una niña así amados como Laura, y así educados, ¿pueden fallar en la vida? Este niña negra llegó a ser, lo mismo que su padre, una notabilidad en Estados Unidos. ¿El secreto? Está en el amor al niño, que empieza por la acogida amorosa en el hogar, por la formación exquisita que se le prodiga y por el respeto grande con que se le trata.

Cuando Jesucristo habló del respeto y del amor al niño, y tronó tan fuerte contra los que lo echan a perder, dio estas dos razones supremas.
Primera: “Quien acoge a un niño en mi nombre, me acoge a mí”.
Y segunda: “Porque sus ángeles contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial” (Mateo 19, 5 y 11)
Y podía haber añadido: -¿Olvidan acaso que yo, Dios, quise ser un niño?…

Jesucristo fue un niño que, siendo Dios, fue perseguido a muerte por un Herodes criminal. Ante los “herodes” que siguen gritando en el mundo: ¡A acabar con esos niños!…, se alza el grito de los creyentes, como el del oficial aquel: ¡Los niños nos llaman! ¡A salvarlos!…

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