Tocan a bodas…

6. septiembre 2017 | Por | Categoria: Familia

Podemos discurrir lo que queramos sobre las alegrías que vienen al hogar, y no encontraremos ninguna como la fiesta de una boda. Así es, así ha sido y así será en todos los tiempos, en todos lugares, en todas las civilizaciones.
En la boda, son dos los corazones que se funden en un amor inenarrable, intenso, bellísimo. El uno experimenta la felicidad de poseer una mujer que adora; y la otra siente la felicidad de ser poseída por un hombre que lo es todo para ella.

Un Santo de hace ya muchos siglos nos narra lo que hizo otro santo cristiano en el día de su boda. Después de entregar el anillo a su esposa, le dio también su calzado, diciéndole sin palabras, pero con gesto sublime:
– ¡Toma! Es mi amor quien te ata las manos, es mi amor quien te ata los pies. El amor me hace todo tuyo, como tú te haces toda mía (Lo cuenta San Gregorio de Tours)

Esto es ciertamente propio de todos los pueblos y de todas las culturas, pero en la Iglesia tiene un relieve muy particular. Porque en el Cristianismo sabemos cómo Jesucristo, además de ratificar lo que hizo desde un principio el Dios Creador, asumió el amor de los esposos bautizados haciéndolo signo de su propio amor con la Iglesia, a la que se ha unido con un desposorio místico de amor inefable.

Por eso también, la celebración de la boda en la Iglesia ha tenido expresiones únicas, de belleza y de significación insuperables. Por ejemplo, aquella costumbre que se tuvo en los siglos de la Edad Media. Se organizaba el desfile de la novia desde su casa hasta la iglesia. Una niña iba delante de ella con un cirio  que, al llegar al Templo, entregaba al sacristán. Y el sacristán, a la vista de toda la comunidad cristiana, lo prendía en la lámpara del Sagrario, lo entregaba al celebrante, el cual lo llevaba con toda solemnidad para colocarlo al lado de la novia, que lo tenía junto a sí durante toda la celebración.
Era el símbolo más bello de Cristo, que se ponía junto a ella como un día lo hiciera con la novia de Caná…

La fiesta de la boda, cuando se presenta en el hogar, tiene y expresa todo lo que es el matrimonio cristiano a la luz de la fe y ante lo ojos de la Iglesia.
Es la donación mutua de dos corazones que unen su amor en Jesucristo.
Es empezar el camino de la nueva vida bajo la mirada complacida de Dios.
Es darse sin reservas los dos, abrazando las renuncias que exige una entrega generosa.
Es renunciar y negarse a muchas costumbres modernas de la sociedad, cuando se ha visto que se apartan de la senda trazada por Jesucristo.

¿Acaso significa esto que esos novios cristianos, y consecuentes con su fe, van a ser menos felices que los demás? Sería una equivocación el pensar así.
A nadie se le ocurre el imaginarse tan siquiera que aquella pareja, la bendecida visiblemente por Jesucristo en Caná de Galilea, iba a ser menos dichosa que las demás.
En todo caso, se podría decir todo lo contrario: precisamente porque Jesucristo se pone en medio, la felicidad de la nueva pareja goza de un seguro total.

La Iglesia de hoy, muy sensible a las necesidades sociales, quiere que la celebración de la boda tenga también un carácter de trascendencia social. ¿Por qué esa alegría de los novios no va a ser alegría de todos, especialmente de los más necesitados? ¿Por qué no hacer ver a los nuevos esposos que la felicidad en que sueñan para el futuro ha de extenderse a todos los que la querrían, y a lo mejor no la van a poder gozar por una dolorosa falta de medios?
Eso quiere expresar la bendición que el celebrante les da al final de la Misa:
– Sean testimonio del amor de Cristo, para que los pobres y los que sufren encuentren ayuda y después los reciban un día en la Casa del Padre…

Una Santa, encantadora por demás, hizo esto de manera muy singular el día de su boda.
Isabel, reina de Hungría, supo lo que era la celebración en el palacio real. Lujo en los banquetes y bailes, esplendor de los torneos caballerescos, festejos por lo alto durante los tres días que duró la fiesta…
¿Estaba contenta Isabel? Muy a medias. Todo aquel fasto alegraba a su esposo el rey, que quería lucir como rey. Alegraba a la madre del rey, que se convertía en una suegra mala, mala de verdad para la reina.
Pero Isabel, sin hacer caso de nadie, quiso que la fiesta fuera sobre todo para los pobres, sus adorados pobres, a los cuales, por disposición de la joven reina, que se las supo arreglar muy bien, les tocó la mejor parte, porque comieron y disfrutaron como los que más…

Mirada así la celebración de la boda, se ve cómo todo es cuestión de un amor en toda su plenitud.
Amor a un Dios a quien se respeta, porque se acepta el casarse en su presencia, con su bendición y conforme en todo a su ley.
Amor al propio esposo o la propia esposa, porque lo primero que se busca es la salvación del consorte, sin exponerla a un peligro serio por saltarse el querer divino.
Amor a la comunidad, a la que se le da el testimonio de fidelidad a Dios y a su Iglesia, junto el testimonio también de caridad para con sus miembros más necesitados.

En cada una de las bodas cristianas, parece como que se oye el grito jubiloso de Tobit a su hijo cuando aquella boda tan idílica, como nos cuenta la Biblia:
– Nosotros somos hijos de santos, y no podemos casarnos como los que no conocen a Dios. El cristiano se casa en Cristo, y, naturalmente, Cristo se encarga de descargar su favor a manos llenas sobre la feliz pareja…

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