La honestidad del pueblo

5. septiembre 2017 | Por | Categoria: Gracia

Tengo leído de un antiguo rey que un día se le quejaron sus cortesanos:
– Señor, no estamos conformes con que nuestro rey vista de esta manera, con paño tan burdo como la gente más ordinaria del pueblo. Un rey debe llevar mejores vestidos y lucir algo más en sus carrozas y en el enjaezado de sus caballos.
El rey escucha, y contesta manteniéndose en las suyas:
– Mis caballeros, ustedes están equivocados. Un rey no debe aventajar a los súbditos sino en la virtud. El dinero lo da Dios a cualquiera; pero la virtud es sólo de los buenos. Lo que cuenta es la honestidad, empezando por la del rey.

Eso le ocurrió a un rey castellano de siglos pasados, y han pensado igual otros gobernantes de nuestros días. Por ejemplo, de la China. Ese pueblo —el mayor de la tierra, que sobrepasa con creces los mil millones de habitantes— es un pueblo misterioso que fascina. Grande de verdad por su cultura, sus tradiciones, sus aspiraciones, y también por los horrores que a veces se nos cuentan de él. Modernamente hubo de rendirse al comunismo después de una resistencia legendaria del general Chiang Kai Chek.
Cuando este gran mandatario estaba al frente de la Nación, quiso devolver a China su antigua grandeza, y pensó: -¿Dónde ha estado el mal de China, y dónde puede cifrar sus esperanzas para recobrar su antigua grandeza? Y la respuesta que se dio a sí mismo y le aprobaron sus consejeros militares y del Gobierno, fue unánime: -Solamente los valores morales nos salvarán de la depresión y sólo ellos nos harán de nuevo grandes.
Entonces el Consejo Supremo de la Defensa Nacional decretaba para toda la China la “Movilización Espiritual” a la luz del “Código de las Virtudes”, que comenzaba así:
– Es indispensable una reforma de la moralidad pública y una vuelta a las antiguas virtudes. Las virtudes son ocho: lealtad, piedad filial, benevolencia, sinceridad, amor al prójimo, justicia, armonía y amor a la paz. Así como la práctica de estas virtudes fue la causa de la grandeza de China, de la misma forma su olvido o su negligencia constituyen la desgracia de nuestro pueblo. Nuestra vuelta a estas virtudes es una necesidad vital (Marzo de 1939)

¿Qué juicio nos merece un hecho semejante? Sin conocer el Evangelio de Jesucristo, aquel pueblo, pagano del todo, se constituía en un ejemplo sin par para el resto de las naciones. Lástima que el comunismo devastador, acabada la Guerra Mundial, convirtiera en nada unos ideales tan sensatos…

Llevamos ahora nuestra reflexión hacia nuestras tierras latinoamericanas, y nos preguntamos también:
– ¿Qué es lo que hará grandes a nuestros pueblos? ¿Acaso la explotación de nuestras inmensas riquezas naturales? ¿Tal vez la imitación servil de otros modelos de cultura, muy diferentes de los tradicionales nuestros? ¿Por ventura el abandono de nuestra fe cristiana y católica, para abrazar otras creencias esotéricas, que parecen más del día?…
Todos estamos convencidos de que la grandeza de la nación se fundamenta en la virtud de sus hijos, en la honestidad de los ciudadanos, en la lealtad de los gobernantes, en la fidelidad a las tradiciones patrias, en la defensa de los menos favorecidos, en la eliminación de todo lo que signifique corrupción, en la salvaguarda de la familia, en la formación moral y cristiana de los niños y los jóvenes, esperanza del futuro.

Pero esto tan claro, tan evidente, se presta a una lamentable equivocación. ¿Quién es la nación, quién es la patria, quién es el pueblo?… Pueblo, patria, nación no es sino la suma de los individuos singulares.
Por eso, la responsabilidad de la grandeza o de la postración de la Patria recae sobre cada uno de los que nos cobijamos bajo su bandera.

Siendo cristianos nuestros pueblos, nosotros miramos por fuerza al Evangelio. Miramos a Jesucristo, que nos enseña, nos forma y nos manda.
Y sabemos que cuanto más fieles sean los ciudadanos a la fe en que nacieron, tanto más contribuirán al saneamiento de la sociedad y al bienestar de todos los ciudadanos.

Hemos traído al principio lo de un rey medieval, y traemos ahora otro caso igual poco más o menos (Torcuato Tasso con Luis IX de Francia)
Un rey francés preguntaba a un poeta italiano de su tiempo: -¿Qué te parece? ¿Quién es el más feliz?
El poeta, que además de escritor y pensador era teólogo, responde con toda exactitud: -Dios.
Y el rey: -Lo comprendo. Eso, desde luego. Pero, ¿quién es el más feliz entre los hombres?
El poeta, firme en su idea, contesta: -El que más se parece a Dios.
De nuevo el rey, casi impaciente: -Aceptado. ¿Y cómo conseguiremos esa semejanza con Dios: con el poder, con la fuerza?…
Entonces  el poeta, muy grave: -No, Majestad. Usted y los ciudadanos serán semejantes a Dios, y felices como Dios, sólo con la práctica de la virtud .

La honestidad de los ciudadanos —lo mismo en los gobernantes que en los gobernados— es una bendición de Dios para los pueblos.
La felicidad de los individuos, de las familias y de toda la comunidad ciudadana está siempre en proporción directa de la seriedad en las costumbres. Porque entonces es cuando florece la justicia, reina la paz, está firme la seguridad social y abunda el bienestar en la distribución equitativa de la riqueza nacional, sin desajustes odiosos y sin vicios abultados.
Ese ideal ciudadano está en la mano de todos, y se consigue cuando todos se empeñan, como quería el rey de la leyenda, en vestirse las galas de la virtud cristiana. Cuando Dios y su ley son los que mandan en el pueblo, el pueblo es grande y es feliz…

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