23°. Domingo Ordinario (A)

8. septiembre 2017 | Por | Categoria: Charla Dominical

El Evangelio de este domingo tiene una gran importancia en la vida de la comunidad cristiana. Nos va dar Jesús cuatro normas de conducta que, bien observadas, harían de cada comunidad eclesial un espejo de pureza, de orden, de paz, de amor y de piedad como no se da en ninguna otra institución humana.
– Amor grande hasta con el hermano pecador.
– Obediencia rendida a los pastores de la Iglesia.
– Fidelidad a la oración del grupo, a la plegaria comunitaria.
– Fe inquebrantable en la presencia del mismo Señor.
Son cuatro puntos constitutivos de la vida íntima de la Iglesia y que convierten a la comunidad cristiana en un trasunto del Cielo.

Escuchemos a Jesús cuando nos habla, ante todo, del hermano que yerra, que peca, que nos ofende.
– Si tu hermano comete una culpa, vete y corrígelo entre tú y él solo; si te hace caso, habrás ganado a tu hermano. Si no te escuchase, toma contigo una o dos personas más, para que la cosa se resuelva entre dos o tres testigos. Si no les hiciera tampoco a éstos ningún caso, comunícalo a la comunidad. Y si no escucha ni a la comunidad, déjalo a su suerte, como si fuera para ti un pagano o un publicano. No hay nada que hacer con él…

Al frente de la comunidad cristiana ha puesto el Señor a los legítimos pastores, y ahora les dice a ellos las mismas palabras que, en sentido personal y para toda la Iglesia, le había dirigido a Pedro:
– Les digo la verdad: todo lo que aten sobre la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra será desatado en el cielo. Lo que ustedes hagan, lo doy yo por bien hecho…

Contempla después Jesús a la comunidad reunida en su nombre, y lanza esas palabras que nos dicen lo que vale nuestra oración de hermanos:
– Les digo ahora a todos: cuando se junten dos de ustedes para pedir alguna cosa, les aseguro que mi Padre del cielo se la concederá.

Y nos promete finalmente su asistencia con unas palabras que hoy repetimos tanto y que tanto avivan la fe en la presencia del Señor:
– Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos.

Estas son las cuatro partes del precioso Evangelio de este domingo. Cada una de ellas nos daría materia para hablar sin cansarnos durante mucho rato.
Jesús nos habla del hermano que comete un error, que peca, que desedifica a la comunidad, que se pone en peligro de perderse. Y aquí se nos acumulan las preguntas.
A ver, ¿qué hacemos con el pecador?
¿Qué debemos hacer en la Iglesia con el cristiano que no vive como cristiano, que nos ofende, que con su conducta es un escándalo, un tropiezo para los demás, un malestar continuo para todos?
¿Debemos dejar que las cosas corran por su cuenta, que toleremos todo, o es necesario poner algún remedio?
¿Qué debemos hacer con él? ¿Podemos desentendernos fríamente del caso?
Si por nuestra cobardía se perdiera para siempre un hermano, Dios nos lo reclamaría con las mismas palabras dirigidas a Caín: -¿Dónde está la sangre de tu hermano Abel?…
Y nosotros no podríamos contestar cínicamente a Dios: -¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?…

La corrección fraterna es un grave deber cristiano. Nadie como el apóstol Santiago nos ha dicho el bien inmenso que produce y nos trae el avisar al hermano en su error:
-Si uno de ustedes se aleja de la verdad y otro lo vuelve al recto camino, el que así corrige al pecador de su mala vida y lo gana de nuevo, sepa que salvará su propia alma y cubrirá una multitud de pecados.
El amor nuestro llega a todos, al santo y al pecador. Y el amor al pecador nos lleva a hacer los imposibles para conseguir su salvación.

Jesús mira ahora a sus representantes en la comunidad. ¿Cuál debe ser la conducta del creyente con los pastores que el Espíritu Santo ha puesto al frente de la Iglesia? Ellos actúan responsablemente en nombre del Señor, y nosotros les prestamos el homenaje de nuestra obediencia. Y lo hacemos con gozo. La rebeldía no trae ningún bien, sino serios inconvenientes, como leemos en la carta a los Hebreos:
-Obedezcan a sus pastores y les estén sujetos, pues ellos velan por ustedes, como que han de rendir cuentas a Dios. Obedézcanles, para que ellos cumplan su deber con gozo, y no llorando, pues esto no les conviene a ustedes de ningún modo.
La obediencia en la Iglesia es fuente inagotable de paz.

Lo que Jesús nos dice después resulta conmovedor. ¡Y hoy somos muy sensibles a ello! Nos promete el escucharnos siempre que oremos en grupo, como hermanos, unidos en un mismo amor. No podría ser de otra manera, pues, como sigue diciéndonos, al reunirnos en su nombre porque somos Iglesia, para trabajar por Él, para ayudar a los demás, entonces se coloca en medio de nosotros, ora con nosotros, ama en nosotros, nos une con la fuerza de su Espíritu, y el Padre se vuelca sobre nosotros porque en nosotros no ve más que a Jesús, a su Hijo Jesús, al que jamás de jamases negará nada de lo que pide…

¡Señor Jesucristo!
También ahora, a través de las ondas de la radio, estás en medio de nosotros, porque conectamos todos con la emisora para escuchar tu Palabra.
Bendícenos.
Salva a los hermanos que se desvían.
Guarda a nuestros pastores, desde el Papa, el Obispo y el Párroco hasta el último Delegado de la Palabra…
Y presérvanos unidos en el amor, tan unidos como Tú y el Padre en el Espíritu.

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