Novios felices

9. agosto 2017 | Por | Categoria: Familia

Hoy se me ocurre hablar del noviazgo, pero sin discursos ni lección alguna. Dos testimonios: es todo lo que vamos a decir. Aquí sí que va a valer aquello de que “el mundo moderno escucha con más gusto a los testigos que a los maestros”, como nos decía el Papa Pablo VI…

El año 1998 el Papa Juan Pablo II elevaba al honor de los altares a un hombre de chaqueta y corbata, que fue un laico comprometido, un abogado honesto, un esposo y padre de familia ejemplar: el Beato José Tovini. ¡Cuántas cosas no se podrían decir de él! Pero aquí nos vamos a fijar solamente en aquel muchacho que fue un novio soñador, feliz, ilusionado de su querida Emilia, a la que adoraba, respetaba y quería como el regalo mayor que Dios le había podido hacer.

¿Queremos algunos fragmentos de sus cartas?… Pocos meses antes de casarse, le escribía:
“Siempre he considerado el matrimonio como un medio de perfeccionamiento moral y religioso, y ahora no sé cómo agradecer al Señor el que me haya dado a ti como mi futura esposa. Sí, mi querida Emilia. Unido de por vida a ti, yo llegaré a ser un hombre ejemplar, mucho más perfecto. Unido a ti, saldrán de mis labios mucho más fervientes las oraciones, cumpliré con mucha más diligencia mis deberes, me sentiré mucho más fuerte en el ejercicio de la virtud cristiana, en suma, me sentiré mucho más seguro para conseguir mi último fin. ¡Mira, Emilia, cuántas cosas espero de ti! Quizá tú te espantes, pero yo estoy seguro de que, con la ayuda de Dios, tú no me vas a fallar”.

Esto es algo precioso, desde luego. Aquí se ve al hombre y al cristiano que sueña en ser mejor, en llegar a las alturas, en responder hasta lo máximo al Dios que lo llama a la perfección proclamada por Jesucristo. Aparece ya el santo que tendremos el día de mañana, con una santidad adquirida en la vocación laical, en el desempeño de sus deberes de trabajo y de familia.

¿Querrá decir esto que no sueña en la felicidad humana del amor?… Todo lo contrario. En una carta posterior, y más cerca ya del día tan soñado de la boda, vuelve a escribir a Emilia:
– Lo que más me conforta es el pensar en la felicidad que tendré entonces, ya casados, y que ahora sacrifico mientras llega el día más grande. ¡Qué alegría, qué dicha! ¡Amar y ser amados! Creo que no hay nada en el mundo que se pueda comparar a esto. Nunca me había imaginado que el amor pudiera hacernos tan felices.
En estas palabras tenemos al novio de cuerpo entero. Ante un testimonio semejante, ¿quién podrá decir que es imposible guardar la limpieza del amor hasta el momento señalado por Dios y consagrado con su bendición?…

Además, nadie podrá decir que eso será un abrirse la botella del champagne: un estallido del amor y de la pasión reprimidos, que se evaporizará bien pronto, una vez probadas las primeras experiencias. Que eso no iba a ser ni fue así, lo confirman las últimas líneas de una carta que escribió a la esposa cuando hubo de ausentarse para una vacación necesaria:
– Adiós, mi esposa queridísima, quisiera tener alas para volar hasta allí y darte un beso y un abrazo antes de entregarme al estudio; pero vuelo con el pensamiento, con toda mi alma, y me imagino cómo te aprieto contra mi pecho entre mis brazos, y cómo te digo que eres toda mía, que eres todo mi consuelo, mi felicidad entera… ¡Adiós, mi cariño, mi alegría, mi todo, adiós!…

Esto es lo más bello que un esposo puede escribir, porque lo siente en lo más hondo del alma. Y en él están clavados, con profunda complacencia, los ojos de Dios. Es esposo no ha desmentido al novio…
Hasta aquí, el testimonio de un novio, que después de casado escaló las alturas de los altares.

Y ahora, el testimonio de una novia, tan bella, nuestra querida mexicana Concepción Cabrera de Armida, que va para los altares también.
Pancho, su Pancho, le llenaba el alma, con un amor fresco y bello como el amanecer. Hay que oír sus palabras: -Me lo presentaron en un baile, y me dijo que sufría si yo no le quería. Se me conmovió el corazón, y le dije que sí, que lo quería, pero que no sufriera por tan poco.

¿Qué va a hacer Conchita por Pancho? Va a ser una novia encantadora, como confiesa candorosamente y sin rubor:
– Desde que tuve novio me nació la vanidad para gustarle. Por las noches, antes de dormirme, pensaba en la Eucaristía y en él. A mí nunca me inquietó el noviazgo para ser menos de Dios. ¡Se me hacía tan fácil amar a los dos, a Dios y al novio!…

No se puede hablar con más inocencia:
– Todos los días iba a comulgar, y después a verlo pasar. Me componía sólo para gustarle a él. Iba a los bailes y a los teatros sólo para verlo a él, y en medio de todo esto no me olvidaba de Dios. Yo pensaba que había nacido para casarme, y quería a Pancho con sencillez muy grande y todo revuelto con el amor de Dios.

Ante estos dos testimonios tan tiernos —de un novio y de una novia, tan hombre uno y tan mujer la otra—, se llega a descubrir toda la belleza del amor.
Un amor limpio, ardiente, cargado de emoción, que hace felices en la tierra los corazones y se convierte en escala deliciosa para subir hasta Dios.
Y hasta Dios, no de una manera cualquiera, sino cargados con la santidad más grande, hasta el punto de merecer el reconocimiento oficial de toda la Iglesia. ¿Vale la lección de hoy para nuestros novios queridos?…

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