María, Hija del Padre

28. agosto 2017 | Por | Categoria: Maria

Más de una oración popular a la Virgen comienza con estas palabras: ¡Salve, Hija de Dios Padre, salve Madre de Dios Hijo, salve Esposa del Espíritu Santo!… ¿Es atinada esta expresión? Nuestro pueblo cristiano se adelantó, diríamos, a formular una realidad que hoy la Iglesia con su Magisterio ha consagrado y nos propone como algo certísimo. Nos quedamos en lo primero: en su relación de María con Dios Padre, y la vemos como la Hija más querida, lucida por Dios con orgullo tan especial.

Todos sabemos lo que es una hija para el papá. ¡Hay que ver cómo la lleva del brazo! ¡Hay que ver cómo presume de ella! ¡Hay que ver cómo la quiere!… Pues esto, esto mismo es lo que le pasa a Dios Padre con María. Diríamos que le traiciona a Dios su amor a María. ¡Cómo la muestra al mundo! ¡Cómo se la ofrece a la Iglesia! ¡Cómo se la presenta a los Angeles en el Cielo para ser su Reina!…

Dios Padre, teniendo presentes los méritos de la Sangre de Jesús, redime a María antes que a ninguna otra criatura y de una manera del todo especial. La quiere purísima. Y no le permite que contraiga ni tan siquiera el pecado original. María es Inmaculada, sin mancha alguna. No le consiente al demonio el poseerla ni por un instante. La quiere radiante de hermosura, y ya en el primer momento de su ser brilla la  santidad de María más que el sol, de modo que el saludo del Angel será, de parte de Dios:
– ¡Salve, la llena de gracia!…

Dios Padre ha consagrado así a María con un amor del todo especial. María se siente poseída de Dios, y, al recibir el mensaje del Angel que le manifiesta el querer de Dios, sólo tiene una respuesta llena de generosidad inigualable: ¡Que se cumpla en mí su voluntad! El fracaso de Dios con la primera mujer en el paraíso queda ahora compensado, y de sobras, con la obediente humildad de esta hija querida. Y Dios Padre responde a María haciéndola nada menos que Madre del Hijo de Dios.

Dios Padre hace de María, su Hija predilecta, la Madre de su propio Hijo. Y concebido el Hijo de Dios virginalmente en el seno de María, Dios Padre no comparte la paternidad sobre Jesucristo con nadie más que con María. De este modo María, al obedecer con fe y con tanto amor al Padre, concibe a Jesús, lo da a luz en Belén, lo nutre con la leche de sus pechos, lo ofrece al Padre en el Templo, lo acompaña hasta la cruz en el Calvario, y de este modo, asociada siempre al Redentor, contribuye eficazmente a nuestra salvación.

Un alto militar alemán, protestante, convive temporalmente en la ciudad de Aquisgrán con otro oficial, católico, también de alta graduación. Se inicia entre los dos una buena amistad, y el protestante nota la extrañeza de su compañero católico, que no entiende cómo un militar protestante honra así a María. De modo que le pregunta:
– ¿Verdad que no entiende usted por qué me postro siempre delante de la imagen de María?  
– Pues, no; no lo entiendo. Me sorprende el verlo en el templo católico y preciosamente ante la imagen de la Virgen.
– Esta es la realidad. Para mí, es una necesidad del corazón. Siempre pongo en sus manos todos mis asuntos. Desde que fui nombrado lugarteniente, colgué una imagen de la Madre de Dios sobre mi cama y la venero siempre.
Y añadió el valiente militar unas palabras duras, muy duras:
– El culto a María tiene algo tan hermoso y caballeresco que jamás perdonaré a Lutero el que nos despojase de ese culto debido a la Virgen.

La voz de este militar protestante es la misma voz de Dios que habla a cualquier corazón bien nacido. ¿Cómo es posible no alabar y felicitar a Dios Padre por la Hija que tiene y que le enorgullece tanto?…

Pero, sobre todo, este ser María la Hija tan especial del Padre nos trae a nosotros una palabra fundamental del Evangelio. Dios Padre se escogió libremente a María, es cierto. Pero María quedó constituida en Hija especialísima por su fe y su obediencia al Padre.

Ahora vendrá Jesús, y nos dirá a todos: ¿La nueva familia de Dios? Solamente la constituyen los que acogen la palabra de Dios y la cumplen. Si María es tan grande y tan dichosa —dirá Isabel inspirada por el Espíritu Santo— es por haber creído, aceptado y cumplido tan a ciegas la Palabra de Dios, pues María se rindió plenamente al querer de Dios:
– ¡Yo soy la sierva de Dios! ¡Que se cumpla en mí su voluntad!…

María siente la paternidad amorosa de Dios, y nos enseña a sentirnos también nosotros hijos mimados del Dios que nos ama.
María es la hija obediente del Padre, y nos enseña a todos a ser los hijos dóciles de Dios.
María siente la cercanía de Dios como Padre, y nos enseña a confiarnos del todo al Padre Celestial, que tiene providencia de nosotros, nos cuida y nos da la salvación, hasta que lo poseamos cara a cara en la gloria, donde tendremos nuestra casa eterna, en la casa misma de Dios nuestro Padre.

María, la Hija predilecta de Dios Padre. ¡Qué bien que lo expresa nuestro pueblo cristiano! ¡Y qué confianza nos inspira a nosotros el vernos bajo la protección de quien es, por eso mismo, la Reina de Cielo y Tierra, de los Angeles y de todos los hombres!…

Nuestro Rubén Darío la cantó con versos salidos del alma:

– ¡Oh celeste Reina mía! – Sol de amor, luz de alegría, – lis de Dios, Madre María!..

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