El Santo de Dios

10. agosto 2017 | Por | Categoria: Jesucristo

Solamente el Espíritu Santo podía darnos una lección tan profunda de teología, como lo hiciera con una niñita a la que llamaban la Pequeña Neli del Dios Santo. Veía a Jesús clavado en la cruz, y decía: -Miren al Dios Santo. Iba a la iglesia, y señalaba el Sagrario con su manecita: -Allí está el Dios Santo. Le entusiasmaban las estampas de Jesús con el Corazón sobre el pecho, y decía: -Ese es el Corazón del Dios Santo. Y así siempre. Como niña, tenía sus caprichos y a veces le costaban algunas cosas. Pero bastaba preguntarle: -¿Qué dirá el Dios Santo?, para que la chiquita hiciera todo lo que se le ordenaba.

Pero un día cayó gravemente enferma. Sufría mucho, y todo era decir para ayudarse: -¡Por el Dios Santo! Ante niña de santidad tan precoz, el sacerdote no duda: -Puede y debe recibir la Comunión. Por todo examen, le pregunta a la chiquilla: -¿Qué es la Santa Hostia? Y ella responde con una precisión pasmosa: -Es el Dios Santo que viene a hacer santos a los hombres. Comulga, y sigue empeorando con sufrimientos cada vez mayores. Al fin exclama un día: -Estoy en camino hacia Dios Santo. Comulga por última vez, y se dirige a Jesús con sus palabras postreras: -¡Oh, Dios Santo!… Al morir, aún le faltaban meses para cumplir los cinco años (Elena Organ, Cork, 1908)

He aquí una afirmación verdaderamente grande: “¡Jesús es el Santo de Dios!”… Mal a su pesar lo reconocían los mismos demonios, como nos cuenta el Evangelio, pues al empezar aquella vida prodigiosa de Galilea, los espíritus infernales salían de los posesos gritando llenos de furor: -Sabemos quién eres, ¡tú eres el Santo de Dios! (Marcos 1,24)
Al subir al Cielo, la única riqueza que Jesús deja a su Iglesia es el Espíritu Santo. Y para traerlo de una manera plena a las almas, se queda en la Eucaristía presente Jesús, el Santo de Dios.

¿Quién es el único Santo, según la Biblia? Es solamente Dios. Ese Dios que trasciende todas las cosas y a quien ningún viviente podía ver sin morir. Si alguno tenía una visión de Dios, se aterraba, y su exclamación era esta consabida, patente en todo el Antiguo Testamento: -¡Ay, he visto a Dios, y voy a morir!… Porque nadie podía contemplar la santidad de Dios sin morir después.

Daniel contempla esta santidad divina en una visión grandiosa, pero no cara a cara, sino en símbolos que esconden la santidad verdadera.
– El trono de Dios llameaba como el fuego. Las ruedas de la carroza de Dios eran también fuego rusiente. Y un río de fuego envolvía el trono de Dios. Nadie podía atravesarlo. Hasta que se presenta un Hombre excepcional que se atreve a vadear el río de fuego. Se llega hasta el trono de Dios, y Dios lo acepta, y le entrega a este Hombre su misma santidad, mientras le dice: Te doy el señorío, la gloria y el imperio de todos los pueblos, naciones y lenguas. Un señorío sempiterno que nunca tendrá fin (Daniel 7,10-14)

¿Quién es este Hombre audaz, que así se ha atrevido a pasar a través del fuego y llegarse hasta Dios? Será el Apocalipsis quien interpretará a Daniel: -Vi los coros de serafines que cantaban: Santo, santo, santo, el Señor, Dios omnipotente… Y vi en medio del trono al Cordero, que decía de sí mismo: Y me senté con mi Padre en su trono (Apocalipsis 3, 4 y 5)
– De ti nacerá el Santo, le dice el Ángel a María (Lucas 1,304)
– Sabemos que tú eres el Santo de Dios, le confiesa Pedro (Juan 6,69)
– Yo soy aquel a quien el Padre santifica, dice de sí mismo Jesús (Juan 10,36)

¿Guarda Jesús esta santidad suya para Sí mismo? No; porque sin perder nada de su santidad, la comunica generosamente a los hombres, como dice Él mismo:
– Yo por ellos me santifico, para que también ellos sean santificados (Juan 17,19). Se entrega a la cruz, como el consagrado del Padre, y con ese su sacrificio quedamos también nosotros consagrados con la santidad de Dios.

El cristiano ahora se hace santo por el Santo Jesús, que le comunica su santidad propia con el Bautismo sacrosanto. La santidad, algo tan propio y exclusivo de Dios, ahora el hombre la tiene al alcance de la mano. Y para ello, no tiene nada más que agarrar todas las obras de la jornada y hacer que sean dignas de Dios. El trabajo del día se le presenta como al cultivador de los campos. Todo se reduce a extirpar malezas y a sembrar y a plantar semillas que colmen de belleza y frutos la tierra. En esto y no en otra cosa encuentra el cristiano su realización más plena y la felicidad tan soñada.
San Josemaría Escrivá de Balaguer lo decía con palabras muy suyas: -Si quieres se feliz, sé santo; si quieres ser más feliz, sé más santo; si quieres ser muy feliz, ya aquí en la tierra, sé muy santo.

Hacerse santo el cristiano es cosa de paciencia, de constancia, de obrar sin precipitaciones. Porque la santidad es un crecimiento normal de la persona en la vida de la gracia. Es algo de cada día, no de un empujón brutal.
Podríamos traer como una comparación lo de un Papa tan genial como Pío XI, que le entrega a la Beata Úrsula Ledóchowska una casa para la primera residencia universitaria. Muy contenta Úrsula, le dice poco después al Papa: -Santidad, la casa es muy buena. La vamos a ampliar para hacer una gran obra.
Y Pío XI, que gustaba de las cosas grandes, pero era muy prudente, le contesta: -No, no; vaya poco a poco. Conviene crecer como las encinas y no como las calabazas, que se hacen grandes muy pronto, pero no duran nada, mientras que las encinas crecen poco a poco, pero son inmortales.

Jesús, el Santo de Dios, es también el que hace santos a sus hermanos. El que les lleva a cumplir el fin para el que fueron elegidos desde toda la eternidad por Dios: santos por una vida intachable y por el amor. Así, da muy poco miedo el presentarse ante Dios para mirarle cara a cara, cosa que ahora se hace en la oración; después… será el único quehacer que nos quedará para siempre…

Deje su comentario

Nota: MinisterioPMO.org se reserva el derecho de publicación de los comentarios según su contenido y tenor. Para más información, visite: Términos de Uso