Conductores magníficos

8. agosto 2017 | Por | Categoria: Gracia

El Padre Director de nuestro Grupo nos empezó una día su charla de formación con una pregunta desconcertante. -¿Saben que vengo de practicar los Ejercicios Espirituales y he decidido dar un nuevo rumbo a mi vida? En la meditación ignaciana de la elección o reforma, he tomado una decisión muy seria.
Alguien le interrumpió:
– Bien, Padre; no nos dirá que va a cambiar de profesión. Sacerdote, y encima religioso, no vendrá a decirnos que se ha cansado y que se retira…
– No; no es eso precisamente. Sino que pensando bien las cosas, he resuelto emprender una profesión paralela, y he optado por ser chofer en adelante.
-Padre, ¿hemos entendido bien? ¿Chofer? ¿Taxista o camionero?…
– Sí, sí; lo que oyen…
Oíamos bien, pero no entendíamos nada. Así que el Padre, prosiguió:
– ¿Saben lo que hizo Dios conmigo cuando recibí el Bautismo? Me entregó un automóvil magnífico, llenó el tanque de la mejor gasolina, y me dijo: ¡Adelante, que te espera mucha carretera!… Hice mi profesión religiosa, recibí la ordenación sacerdotal, y seguía Dios urgiendo: ¡Sigue, y conduce bien! Que no haya ningún accidente serio, pues tienes que llegar al final…
Nosotros empezamos a sospechar una broma del Padre, pero él nos dio la explicación acertada:

“El automóvil magnífico que Dios me entregaba para ir hasta Él era su Gracia. La gasolina mejor, eran esas tres virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad. Regalos espléndidos de Dios que nos hacen capaces de llegar hasta la vida eterna.
“Pero el problema no está en lo que Dios nos ha dado, sino en que nosotros lo utilicemos bien. Dios ha hecho todo por su parte; ahora nos toca poner la parte nuestra: conducir bien, y, sobre esas virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad, que ponen en marcha el motor, están esas cuatro virtudes llamadas “cardinales”, que nos convierten en conductores magníficos: la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza, la Templanza.
“La Prudencia, que nos hace estar siempre al tanto de cualquier peligro; la Justicia, que respeta señales de tránsito y todo el derecho de los demás; la Fortaleza, que hace vencer el cansancio y cualquier dificultad; la Templanza, que evita la embriaguez u otro exceso que perturbe nuestras facultades…
“¿Qué les parece? En este retiro de los Ejercicios Espirituales ignacianos, me dejé de lo que le toca al espléndido coche que Dios puso en mis manos —la Gracia del Bautismo, de la Vida Religiosa, del Orden Sacerdotal—, y me he resuelto a ser mucho mejor chofer, a conducir mil veces mejor, hasta llegar a ser lo santo que Dios me pide.
“La Gracia, junto con la Fe, la Esperanza y la Caridad son lo que Dios ha puesto en mis manos, lo que me ha dado Dios gratuitamente y yo debo acrecentar; las virtudes cardinales de la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza, son la parte que me toca a mí y que depende de la fuerza de mis brazos… Así que ya saben cuál es mi doble profesión: cristiano, y para ser buen cristiano, buen chofer también”…

Aquel día premiamos con un aplauso a nuestro Padre Director la explicación que nos dio, y que, bien grabada en la memoria, he procurado transmitirles a ustedes…  
 
A veces se nos dice que la salvación ya está hecha, porque Jesucristo pagó por todos y no hay nada más que hacer. Con esto, el problema de la salvación está resuelto sin que el cristiano haya de colaborar para nada con Dios. Pensar así es una lamentable equivocación. Dios exige la colaboración del cristiano, como nos dice San Pablo: -¡A trabajar con temor y temblor en nuestra salvación! (Filipenses 2,12). Dios ha hecho lo suyo, ahora le toca al cristiano hacer también lo suyo… Cosa que realiza con esas virtudes cardinales que son el nervio de toda acción recta de los hombres.

Prudencia, para escoger siempre lo mejor, como la de un Vicente de Paúl, que ante cualquier acción se preguntaba: -Y si fuera esta obra la última que hago en mi vida? ¿Cómo la haría, si acabada hubiera de morir?…  Entonces, todo lo realizaba el Santo con la máxima perfección.

Justicia, como la de aquel emperador alemán, que decía con aire siempre dictatorial: -¡Que se cumpla la justicia, aunque se hunda el mundo! (Fernando I). Quien no es justo en todo lo que afecta a los demás, y no tiene ningún respeto a nadie, ¿cómo podrá cumplir con lo más elemental del amor?…

Fortaleza, como la que enseñaba ya San Ignacio de Antioquía, el discípulo de los Apóstoles: -El Cristianismo no es cuestión de palabras, sino de fortaleza. Porque cumplir el deber cuesta, y es sólo de valientes. Como lo hacía un San Juan Del Programa radiofónico ESTOY PENSANDO EN DIOS – P.G. Cmf de Dios, que tentado a dejar lo que veía que era su deber, se enfrentaba al demonio tentador: -¡Traidor y miserable! ¿Piensas que voy a dejar de hacer una obra que conozco ser voluntad de Dios?… O como Santa Micaela María, instada a dejar su obra a favor de las mujeres necesitadas, porque aquello parecía un imposible: -Las cosas de mujeres sólo las termina la mujer.

Templanza, finalmente. Algo que hoy, en un mundo que no busca más que placer y bienestar, traduciríamos por austeridad, moderación, sobriedad, vencimiento propio. Como la del joven universitario, que se enfrenta a los compañeros: -Puedo divertirme yo también, ¡pero no quiero! Yo no me doy un gusto que disguste a mi conciencia. Era como decir con el gran Pío XII, mucho antes aún de ser Papa: -Vale más vivir heroicamente que vivir cómodamente.

La verdad es que le dimos todos la razón a nuestro Director. Conducir así el auto o carro de la Gracia, es algo grande. Es ser campeones en la carrera hacia la santidad cristiana…

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