¿A medias con Dios?…

11. agosto 2017 | Por | Categoria: Narraciones Bíblicas

Un hecho muy significativo de Elías, el profeta más valiente y ardoroso de Israel, nos lo cuenta el segundo libro de los Reyes, en su capítulo 18, donde la fe se muestra esplendorosa, con exigencias irrenunciables.

El pueblo se decanta siempre hacia la idolatría de los pueblos vecinos, y ahora el culto del dios Baal está destrozando la religión judía. Más de cuatrocientos profetas del falso dios hacen estragos. Y Elías les va a dar su merecido. Reúne al pueblo al pie del monte Carmelo, donde los profetas del falso dios pervierten a Israel, y Elías arenga a los israelitas:
– ¿Hasta cuándo vais a cojear de los dos pies? ¿Quién es Dios, Yavé o Baal? Si es el Señor, si es Yavé, seguidlo. Si, por el contrario, es Baal, seguid a Baal.
Todos callan, pues la razón se impone. Y entonces se dirige a los profetas de Baal:
– ¿Por qué no hacemos una cosa? Levantad vosotros un altar a Baal, y yo restauro el de Yavé. Colocamos encima la víctima, un novillo descuartizado, y no le prendemos fuego. El dios que responda mandando el fuego desde el cielo, ése es el dios verdadero, y le seguiremos sólo a él.
– ¡Muy bien! ¡Magnífica propuesta!…, responde todo el pueblo, que, por lo visto espera un espectáculo grandioso. Así se hace. Y Elías invita muy cortés a sus contrincantes:
– Como vosotros sois muchos, y yo soy solo, comenzad vosotros.
Hasta pasado el mediodía, gritos, lamentos, clamores de los cuatrocientos cincuenta profetas alrededor del altar de Baal, que responde con un silencio aterrador… Y Elías, irónico y burlón:
– Gritad más fuerte, que, por lo visto, no os oye. O es que, a lo mejor, se ha marchado de viaje. O quién sabe si está durmiendo la siesta…
¡Nada! Ni una respuesta. Siguen los aullidos de aquellos locos, que se hacen incisiones en las carnes hasta sangrar… Como Baal no responde, intenta Elías una contestación de Yavé. Para que no queden dudas después, manda llenar de agua una zanja alrededor del altar y echar cántaros y más cántaros sobre la víctima. Elías alza su voz:
– ¡Señor Dios! Que todo el mundo conozca hoy que no existe otro Dios más que tú. ¡Óyeme, y que se conviertan los corazones incrédulos de tu pueblo!…
Baja de repente desde el cielo un fuego devorador, que consume víctima, leña, altar, y seca todo el agua de la zanja abierta. El pueblo, de bruces en tierra, exclama entusiasmado y aterrorizado a la vez:
– ¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios! ¡No queremos más Dios que al Señor!…
La comedia de Elías con los profetas de Baal termina en tragedia:
– Agarradlos a todos; que no se escape ni uno.
Y los cuatrocientos cincuenta acabaron degollados en el torrente Cisón…

No diremos que un hecho como éste no parece inspirado por Dios para nuestros días. No hay más remedio que resolverse: Con Dios o contra Dios.
Hay que determinarse, escoger y empeñarse en el seguimiento de Cristo, el cual es el camino que nos lleva a Dios.
Un camino, el de Cristo, que hay que recorrerlo a paso firme, sin cojear a derecha ni a izquierda.
El problema del cristiano no está en la elección, que en el Bautismo la hizo de una vez para siempre. El Ministro de Dios le preguntó:
– ¿Renuncias a Satanás…, a los falsos dioses del dinero y del placer…, al egoísmo y a todo ídolo que te aparta de Dios?,
Y respondió el bautizando, y ha renovado muchas veces su promesa en la noche pascual:
– ¡Sí, renuncio!…
Entonces, ¿dónde está la coherencia de la fe? ¿Por qué los labios profesan una cosa, desmentida después por la vida, contraria del todo a la profesión?…

Este problema lo tienen planteado de manera grave las naciones ricas.
La sociedad se ha secularizado en ellas y se está descristianizando de modo alarmante.
Aunque, como una revancha suscitada por el Espíritu Santo, muchas familias e individuos se hacen cada vez más fuertes en su fe, y la viven con mucha más convicción de la que se tenía antes.
Nos pasa al revés en nuestros países latinoamericanos. Nuestro pueblo es creyente. La fe está arraigada en la sociedad. A Dios se le quiere, se le honra, y se cuenta con Él en todo.

Pero, a nivel personal, la cosa cambia. Mientras la sociedad de nuestras tierras latinoamericanas cree, son muchos entre nosotros los individuos que dejan a Dios de un lado, para ir detrás de tantos profetas de dioses falsos o que falsean al Dios verdadero.
El bien más grande que Dios nos ha hecho en nuestros países ha sido el de una fe católica profunda, que nos mantiene siempre unidos a Dios.
Podremos tener fallos en nuestra religiosidad, pero no sabemos prescindir de Dios. Y si estamos con Dios, y Dios desde luego con nosotros, ¿qué podemos temer?

Nosotros, que sabemos quién es Dios, manifestado en Jesucristo y proclamado siempre con fe indeclinable por la Iglesia Católica, seguimos aclamando, como los espectadores del altar ardiendo:
– ¡El Señor es Dios, el Señor es Dios! ¡Jesucristo es su único Enviado! ¡La Iglesia es la maestra de la fe!…

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