19°. Domingo Ordinario (A)

11. agosto 2017 | Por | Categoria: Charla Dominical

Es un día muy señalado cuando se desarrolla una escena evangélica que nos inspira una confianza enorme en Jesús. El Señor ha realizado aquella tarde el milagro extraordinario de alimentar con cinco panecillos y dos pescados a una multitud inmensa de gente. Los que han comido aquel pan milagroso se entusiasman, y se dicen:
-¡Este es el Cristo que tenía que venir! No hay duda alguna. ¡Venga, animémonos! Vamos a hacernos con él, y lo proclamamos Rey. ¡Se acabó el dominio de los romanos! ¡Somos libres! Nadie va a poder con este Jesús de Nazaret, cuando hace semejantes milagros.
Así pensaba de la gente, y por eso lo querían proclamar Rey. Pero Jesús, sabedor de sus planes, se les escapa. Ni es rey temporal de este mundo, ni quiere complicaciones con las autoridades romanas. No es Jesús ningún revolucionario socio-político. Así, que da la orden precisa a los apóstoles:
-¡Rápido! Monten en la barca, y pasen a la otra orilla del lago. Yo me subo al monte a orar. En la otra parte nos encontramos. ¡Pronto, antes de que se haga noche!…

Jesús se pasa varias horas en la montaña rezando, hablando con su Padre. Necesitaba siempre este desahogo. Diríamos que no le corría el tiempo cuando se trataba de orar. Entre tanto, la barca con los discípulos se había adentrado varios kilómetros en el lago, y un fuerte viento la agitaba levantando peligrosamente las olas. Hacia el final de la noche, pero todavía muy oscuro, ven los Doce a Jesús venir sobre las aguas, se llenan de espanto y comienzan a gritar:
– ¡Un fantasma! ¡Un fantasma!…
Jesús les grita:
– ¡Tranquilos, y confíen! ¡No tengan miedo, que soy yo!
Empiezan a calmarse, y Pedro se aventura:
– Señor, si eres tú, mándame que vaya a ti.
– ¡Ven, pues!
Y Pedro comienza a caminar por las olas. Al principio va seguro, pero, al sentir la violencia del viento, le entra miedo y comienza a hundirse:
– ¡Señor, sálvame!…
Jesús lo agarra de la mano, y le reprocha:
– Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
Suben los dos a la barca, y pronto se ven atracados en la orilla. Se acabó el susto tremendo…

¿Por qué nos dice tantas cosas este Evangelio tan bello?… Pues, muy sencillo: porque nos retrata a perfección en muchas situaciones de la vida.
La travesía por el mundo, con tantas dificultades, no es un crucero de placer, sino un ir metidos en una simple barca, agitados por el oleaje de mil contradicciones, remando siempre contra corrientes marinas, sin ver nada, como en la noche oscura, y esperando la luz de un amanecer que nunca llega.

¿Y Jesús, dónde está Jesús?… En esos momentos de angustia volvemos los ojos a Él, y parece que nos ha abandonado a nuestra suerte. Pero nos equivocamos, si pensamos así. Desde su trono de gloria, como desde el monte santo, donde intercede siempre por nosotros, nos sigue con mirada atenta y con corazón de amigo. Ve nuestras dificultades, valora nuestros esfuerzos, se gloría de nuestra fidelidad.
Se cuenta de Santa Magdalena de Pazzis, ─igual que se contó de Santa Catalina de Siena─, tentadísima y llena de angustia, que acude al Señor:
– Jesús, ¿dónde estabas y qué hacías Tú en mi desesperación?
– ¿Qué hacía yo? Viendo cómo luchabas por mí…
Cuando arrecian las dificultades, lo importante es no dudar. Aunque no lo veamos, pero Jesús nos está tendiendo la mano. Es el momento de la fe. Y que Jesús no nos tenga que reprochar como a Pedro:
– ¿Dónde está tu fe? ¿por qué dudas de mí, de mi amor y de mi poder?…

Ciertamente que, a nivel personal, esta interpretación del Evangelio es muy exacta.
Pero la Iglesia ha visto en este pasaje un retrato de su propia vida y existencia. La barca de Pedro es la misma Iglesia. El timonel está en manos de pilotos expertos ⎯el Papa, sobre todo, sucesor de Pedro⎯, y hay que decir cómo a veces se ve la Iglesia en trances de apuro, a punto casi de naufragar. ¿Tenemos derecho a dejarnos llevar por el miedo?…
Eso sería una falta de fe imperdonable en nosotros respecto a Jesucristo. Aunque parezca que duerme, Jesús está al tanto de su Iglesia. Cuando más arrecia la persecución es precisamente cuando Jesús está más al tanto que nunca.
No da miedo la Iglesia, mientras en la barca vaya semejante timonel.  

Los que dan miedo son los perseguidores de la Iglesia, cuya suerte es un verdadero enigma, un problema al que nosotros no podemos dar solución.
Si alguien puede temer por su salvación es el que se enfrenta con Jesucristo oponiéndose al avance del Reino de Dios, porque persigue a la Iglesia con las armas, o la divide con la herejía, o hace imposible desde dentro la enseñanza y el gobierno de los Pastores…  

¡Señor Jesucristo, compañero de nuestra embarcación!
A veces puede asaltarme la duda, sobre mi propia vida o sobre nuestra querida Iglesia. Pero yo no quiero fallar en mi fe.
¡Señor Jesús! Yo creo en ti, confío en ti, en tu poder y en tu amor, y por eso te canto: “Si vienes conmigo  y alientas mi fe, si estás a mi lado, ¿a quién temeré?”…                         
                  

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