Jesús Crucificado

15. junio 2017 | Por | Categoria: Jesucristo

Todos estamos acordes en decir que el mundo de hoy, con problemas antes nunca vistos, necesita una luz que lo guíe, un líder que lo dirija, y que esta luz y este líder no es otro que Jesucristo.
¿Y por qué presentamos como luz y líder a Jesucristo? Porque es Hombre; porque ha vivido todas nuestras vicisitudes; porque ha experimentado todos nuestros problemas. Sobre todo, porque siendo también Dios nos muestra el rostro del Padre, y porque, siguiéndole a Él, caminamos por la única senda de salvación señalada por Dios.

Pero, aquí vendrá nuestra cuestión: ¿Cómo presentamos Jesucristo al mundo de hoy? ¿Qué clase de Cristo necesita nuestro mundo? Si se ha paganizado tanto nuestra sociedad, y la solución la tiene en Cristo, ¿qué Cristo tiene que aceptar la sociedad nuestra?…

Al querernos dar respuesta, nos viene la palabra de Pablo. Corinto era una de las ciudades más corrompidas del Imperio, tanto que decir “vivir a la corintia”, era decir vivir disolutamente, vivir sin ningún freno… Y en Corinto, precisamente, funda Pablo una de las Iglesias más grandes, más notables y más ricas espiritualmente de la era apostólica. ¿Qué ha hecho? Lo dice el mismo Pablo:
“Cuando vine a vuestra ciudad para anunciar el Evangelio de Dios, no me presenté con alardes de elocuencia o de sabiduría. Pues nunca entre vosotros me he preciado de conocer otra cosa sino a Jesucristo, y Jesucristo crucificado”.
“Por más que el lenguaje de la cruz es locura para los que se pierden, pero es el poder de Dios para los que se salvan”.
“Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos. Mas para los que han sido llamados, se trata d un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Corintios 1 y 2)

El mundo de hoy no se va a salvar por un Jesucristo falseado. Si no le presentamos al Jesucristo que muere por el mundo, y muere crucificado, nunca el mundo entenderá el misterio de su salvación.
Pensará que eso de salvarse o perderse, es poco más o menos una broma que Dios nos gasta.
Pensará que el pecado, en el que está anegado hasta los topes, tiene importancia sólo relativa.
Pensará que la vida en tanto vale en cuanto da placer, y no entenderá nunca el misterio del dolor.
Pensará que el afortunado es el rico, el poderoso, y el pobre no contará para nada.
Pensará…, ¡tantas cosas pensará!… Pero no pensará como piensa Dios. Igual que Pedro antes de la pasión y muerte del Señor y venida del Espíritu Santo. Sabemos cómo se le plantó a Jesús: -¡No, Señor! ¡Eso no te puede ocurrir a ti! Tú no puedes padecer y morir de esa manera… Y el Señor se le tuvo que plantar también a él, y bien firme: ¡Apártate de mí, Satanás, que me resultas un escándalo! Tú no piensas como Dios, sino como los hombres (Mateo 16,21-23)
Si no presentamos al mundo a Jesús Crucificado, resultará inútil exigir el deber que impone la conciencia, el precepto de la justicia y de la caridad, la austeridad de la vida, la observancia de la Ley de Dios… Se aceptará cualquier cosa, menos lo que exige sacrificio. El mundo irá siempre por la autopista asfaltada, y nunca aceptará el meterse por la senda estrecha que lleva a la salvación.

¿Traemos un ejemplo viviente? Quizá valga por mil discursos. Además, nos entró a todos por los ojos.
Las transformaciones enormes que ha sufrido el mundo, exigían a la Iglesia presentar a Jesucristo de una manera vigorosa, valiente, decidida, sincera, como le gusta al mundo moderno. Y para acabar el milenio anterior y abrir el nuevo, Dios le mandó el profeta que necesitaba: un Papa de la talla de Juan Pablo II.

Desde el primer momento, vimos en él a un líder excepcional. Y lanzó su eslogan ya clásico, que se hará inmortal: -¡No tengan miedo! ¡Abran las puertas al Redentor!…
Estaba formidable. Las cualidades humanas de aquel hombre, el “Atleta de Dios”, las admiraba todo el mundo. Pero, ¿no resultaba una figura excepcional, en un plan demasiado humano? ¿No atraía por su naturaleza privilegiada?…
Y vino el cambio de escena. El atentado que casi le costó la vida, salvada por la mano maternal de la Virgen —13 de Mayo, Fátima—, que desvió en su cuerpo la trayectoria de la bala homicida, y ya tenemos al Papa enfermo, destrozado en su salud, un mártir viviente, un verdadero crucificado por el resto de su   largo pontificado. Cada día, trabajo agotador; audiencias sin cuento; viajes continuos e interminables; y todo, con energía indomable en una naturaleza deshecha.
Veíamos al Papa personalmente en sus viajes o por televisión, y nos íbamos sin más al Calvario.
Pero así pudo Juan Pablo II presentarse ante el mundo con una autoridad que no ha tenido ningún otro dirigente.
Un hombre como éste, ha podido exigir todos los derechos del hombre, y se ha opuesto a todos los crímenes y a todos los abusos.
Ha podido pedir a los cristianos el heroísmo de la virtud, el lanzarse a la conquista de la santidad. Ha entusiasmado, sobre todo, a los Jóvenes, pidiéndoles que sean los santos del tercer milenio.
Todo esto lo pudo hacer un Papa tan excepcional porque él mismo encarnaba esos ideales, y los vivía como el Jesucristo Crucificado que paseaba —como un símbolo inolvidable— con aquel su báculo pastoral.

La predicación de Pablo, en Corinto de manera especial, es más actual que nunca: Jesucristo, y Jesucristo crucificado. Es el único Jesucristo que ni engaña al mundo ni con el cual el mundo se puede engañar. Otras formas de presentar a Jesucristo serán más bonitas, más atrayentes, más seductoras. Maneras humanas, nunca maneras divinas…

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