Un Papa y un poeta

15. diciembre 2014 | Por | Categoria: Oración

Un Papa le pedía a Dios, en una oración célebre, que le enseñara a conocer estas cuatro verdades, las cuales parecen muy elementales, pero que tienen un gran sentido para la vida:
Enséñame a ver cuán frágil es lo terreno – cuán grande lo divino, cuán breve lo temporal, – cuán duradero lo eterno (Inocencio XI). A primera vista, esto le iría bien a un cura para un sermón cuaresmal, pues parece que lleva una buena dosis para meter miedo en el cuerpo. Pero es todo lo contrario. Si uno reflexiona, se da cuenta en seguida de que estos pensamientos son capaces de infundir un enorme optimismo en la vida.

Porque pasa con ellos lo mismo que con los versos, hoy tan repetidos, de uno de los mejores poetas modernos en nuestra lengua, que cantaba ante una muerte no muy lejana:
Y cuando llegue el día del último viaje
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar
me encontraréis a bordo, ligero de equipaje
casi desnudo, como los hijos de la mar (Antonio Machado)

Para aceptar en la vida estas palabras, tanto del Papa como del poeta, basta tener criterio al valorar las cosas.
¿Cabe comparación entre lo que pasa rápido y lo que dura toda la vida?…
¿Cabe comparación entre un dólar y un millón de dólares?…
¿Cabe comparación entre una vida azarosa y una existencia llena de dichas?…

Nuestro paso por la tierra está compuesto —como nos lo dice la experiencia de cada día— de dicha y de dolor, de gozos y de penas, de éxitos y de fracasos, de sonrisas y de lágrimas. Unos días aspiramos perfume de rosas, y otros días sentimos el punzar de espinas agudas. Una jornada se presenta con cielo azul y sol radiante, y otra no contemplamos más que nubarrones negros y amenazadores… La vida es así, y no la cambiaremos por más que nos empeñemos en hacerla diferente.

Entonces, ¿qué razón tenemos para el optimismo? Pues, precisamente lo que nos enseña ese Papa y nos repite con versos preciosos el poeta: ver lo pequeño que tenemos y adivinar lo grande que esperamos. Despreciar lo pequeño que nos aflige, pues pasa pronto, y amar lo bello que tenemos, sabiendo que no es más que el pregusto de lo grandísimo que nos aguarda.

Lo verdaderamente grande es Dios, y a Dios, ¡nadie nos lo puede quitar! Así lo han vivido todas las personas de fe. Como aquel joven que contrajo una enfermedad algo misteriosa. El Doctor no se atrevía a decirle la verdad clara y desnuda, pero el muchacho, inteligente, lo adivinó todo. Y decía tranquilo a sus compañeros:
– Ya lo ven. Veintitrés años, y esta parálisis va para siempre. ¡Adiós a la novia, a mi carrera, a toda diversión! Pero, se lo aseguro, que voy a estar más clavado en Dios que en mi silla de ruedas.
Era decir con otras palabras lo que decía el poeta, medio desnudo, en la barca a punto de partir. Desnudo de lo que pasa, pero soñando siempre en lo que ha de durar…

Hoy nos conviene mucho tener esta visión de las cosas. Nosotros podemos pensar o no pensar en todo eso que Dios nos ha revelado, nos promete y nos quiere dar. Las realidades divinas existen independientemente de nuestros criterios humanos personales. Como existe el sol para uno privado de vista y que no lo puede ver. A Dios lo captamos solamente con la fe, y sólo con esa fe somos capaces de aceptar y suspirar por esas promesas suyas que superan toda imaginación nuestra, aunque sabemos que cuando las disfrutemos colmarán todos los deseos del corazón.  

Las nuevas doctrinas que se han echado sobre nuestra sociedad atormentada —muchas veces tan alejadas de la verdad de Dios— pueden ilusionar por un momento y ofrecer una paz que no va más allá de ser una ilusión pasajera. Nosotros, con la fe, sabemos que no nos equivocamos, aunque parezca duro el creer.

Los que consiguen ver las cosas en esta dimensión de la fe, van repitiendo a Dios la plegaria inmortal de Agustín, una vez convertido:

¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!
Tú estabas dentro de mí, y yo fuera. Te buscaba por fuera, y me lanzaba sobre el bien y la belleza creados por ti.
Tú estabas conmigo, y yo no estaba ni contigo ni conmigo. Me retenían la cosas. No te veía ni te sentía, ni te echaba de menos.
Pero me mostraste tu esplendor, y pusiste en fuga mi ceguera.
Exhalaste tu perfume, y respiré, y ahora suspiro por ti.
Gusté de Ti, y ahora siento hambre y sed.
Me tocaste, y me abraso en tu paz.

Jesucristo nos ha liberado de la peor de las esclavitudes, como es el miedo a morir.
¿Estamos vivos en el mundo? Entonces, vivimos para Jesucristo.
¿Llegamos a morir un día? Entonces, morimos para Jesucristo.
En vida y en muerte, somos de Jesucristo.
Y Jesucristo, entonces, se hace cargo de nosotros: si somos suyos, con Él nos resucita y con Él nos hace reinar. ¿Existe tranquilidad mayor?…

Deje su comentario

Nota: MinisterioPMO.org se reserva el derecho de publicación de los comentarios según su contenido y tenor. Para más información, visite: Términos de Uso