Santa María Micaela

19. diciembre 2014 | Por | Categoria: Santos

– Pero, ¿quieren decir que  Micaela  no se ha vuelto loca?… Esto es lo que corría por Madrid a mitades del siglo diecinueve entre la gente de la alta sociedad y lo que preguntaba intrigada la misma Reina Isabel. Por otra parte, las mujeres más abandonadas, las de la calle, las explotadas por la prostitución, decían: Nosotras  no queremos sino a la Señorita. Y la Señorita era Micaela Desmessieres, la Vizcondesa de Jorbalán, conocida hoy y venerada en la Iglesia como Santa María Micaela del Santísimo Sacramento.
Ésta es la Santa —grande, simpática, elegante, noble— que hoy presentamos.

Micaela se describe a sí misma cuando era jovencita como una chica dulce, amable, haragana, golosa, zalamera, mimosa y muy compasiva, aunque después va a ser muy vivaracha y ligera para todo.  
Como muchas otras personas elegantes de la nobleza, Micaela se dedica a atender a los pobres en el hospital. Ese hospital —en la sección de mujeres— al que acuden estas dos clases señoras: esas nobles y buenas para hacer algo por las enfermas, y las patronas de las casas del vicio, que no quieren perder a sus pupilas cuando salgan recuperadas del centro sanitario, pues sin ellas se les va al pique todo su negocio sucio…
Micaela, la Señorita elegante y rica que atiende a los pobres dondequiera que los encuentre, se da cuenta muy pronto de la condición desesperada de las pobres prostitutas que, sea por la causa que sea, han caído en una situación deplorable. ¿Son violentas, descaradas, malas?… Algunas, sí. Pero muchas, muchas, son buenas de verdad, de sentimientos delicados, cariñosas, y han caído en las redes por engaño, por explotación de tipos sin conciencia, o simplemente por inexperiencia juvenil…
– ¿Qué hacer?… Es lo primero que se pregunta Micaela. No hay más remedio que tener casa propia donde puedan acogerse estas chicas que quieren salvarse. Y se hace con casa propia. Toda una aventura en la que se mete. Al principio, el centro es pequeño y alberga sólo a catorce chicas. Después viene uno muy espacioso, que le trae enormes quebraderos de cabeza. Pero allí comienza una obra grande para la regeneración de la mujer.
Micaela es valiente. Su vida es un sucederse de aventuras atrevidas. Se mete por los prostíbulos, lucha a brazo partido con las dueñas o los patronos, saca a las chicas bien dispuestas, y, ¡no faltaba más!, es la comidilla de todas las malas lenguas de Madrid, cuando ven a esta Señorita de la nobleza vestida pobremente y de manera desaliñada, porque sólo de pobre puede meterse en esos lugares…

Micaela pasa grandes temporadas en el extranjero, Bélgica y París sobre todo. Después, siente la voz de Dios que le pide y exige una entrega total. No se trata de dar dinero y ratos de su tiempo, sino de darse a sí misma entera del todo. ¡Yo te quiero en mi obra!, le dice un día el Señor. Micaela se resiste, pues no le gusta. Pero, al fin, responde generosa a Dios: No me miro a mi, sino a ti, ¡mi Dios! Me voy al colegio de las chicas para vivir allí, con ellas. Mi vida será sólo para liberar a la mujer deteriorada.
¿Y el dinero?… La oración de Micaela es a veces angustiosa: ¡Señor, mira que las setenta chicas no tienen qué comer y se me van a ir todas junto con las maestras!… La respuesta de Dios fue terminante y valedera para siempre Tú no me faltes a mí, que yo no te faltaré jamás. Y aquel día las caras de todas rebosaban alegría, mientras los estómagos vacíos se llenaban con arroz, huevos y pescado deliciosos, comprados con las dos onzas de oro llegadas de manera del todo imprevista…
– Pero, ¿ya estoy preparada para trabajar con ellas?… Fue una pregunta natural en la Señorita elegante y rica a la que nunca faltaron numerosas empleadas domésticas. ¿No lo estoy? Pues, ¡a prepararme! Y se mete en clases de cocina, sastrería, lavandería, bordados, floristería, pintura… ¡Qué mujer ésta!

La Reina Isabel II de España la llama a palacio para abrirle el corazón: Micaela, me habían dicho que estabas loca. ¡Supieras cómo te admiro! Quiero que seas mi amiga. Te necesito. Has oído lo que se dice de mi, y es verdad. ¡Ese amante!… He hecho llamar de América al Padre Claret, Arzobispo de Santiago de Cuba, que regresa a España sin saber él para qué viene. Todos dicen que es un santo. Lo quiero aquí en Madrid, a mi lado, para que sea mi Confesor. Y quiero que seas tú quien me prepare para confesarme bien con él… Se abrazan casi entre lágrimas las dos que van a ser grandes amigas. Las dos serán también  aventajadas dirigidas de San Antonio María Claret. El santo Arzobispo será la salvación de Isabel, y sabrá llevar a Micaela hasta las mayores alturas de la santidad.

Micaela funda una Congregación de Religiosas, llamadas Adoratrices: para que su obra con la mujer marginada no muriese con su vida cuando le llegase la hora. Serán unas Religiosas rendidas siempre ante el Sagrario, como la Fundadora, que se cambia el nombre y se llama a sí misma, y así la llamaremos en la Iglesia, María Micaela del Santísimo Sacramento. Ha dado todo a las pobres mujeres, pero reserva oro y joyas para fabricar una lámpara rica para el Sagrario, con esta inscripción: Es el corazón de tu esclava que quisiera arder siempre en tu amor.
La salvación de las almas le obsesiona: ¡Estas mis muchachas tienen una joya y una alhaja de tanto valor,  como es su alma! Todo me perece nada, sí, nada, con tal que se salve una sola…

Y el amor más desinteresado la lleva a los heroísmos mayores. ¿Que ha estallado el cólera en Valencia? ¡Allí me voy! Se asustan las demás: ¡No vaya allá,  que se va a morir! Y Micaela: ¡Mejor! Las mujeres de aquella Casa son mis hijas. Moriré mártir de la caridad, y así abriré camino para mis sucesoras…
 Marchó decidida. A los tres días de su llegada, el 24 de Agosto de 1865, moría esta mujer maravillosa, campeona de la caridad…

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