San Francisco de Asís

5. diciembre 2014 | Por | Categoria: Santos

Ante las puertas ya del año 2000, una revista lanzaba entre sus lectores esta pregunta: ¿Quién es, a su parecer, el personaje, hombre o mujer, más influyente en el milenio que acaba?  Muchas respuestas, muchas opiniones. Pero el número UNO, a nivel de Iglesia, se lo llevó sin discusión San Francisco de Asís. ¿Cómo es posible esto? Porque Francisco es sólo un pobre hombre de principios del siglo XIII.
Francisco, tan humilde dentro de la Iglesia, que ni quiso ser ordenado sacerdote…
Tan desprendido de todo, que se desposa con la pobreza y llega a ser voluntariamente el hombre más pobre que se puede encontrar…
Tan gran amante de la paz, que con su presencia acaba las guerras interminables del centro de Italia…
Tan buen poeta, que un solo canto suyo, el Alabado seas, mi Señor —el himno al Hermano Sol o Canto de las Criaturas—, hace de él uno de los mayores líricos que han existido…
Tan amante de Jesucristo, que es la reproducción viviente del Señor Crucificado…
Tan…, tan…, tan…, empezamos a contar y no acabamos con nuestros elogios…
Tan querido de todas las gentes, que un compañero suyo le dirá asombrado un día: ¿Qué tienes, Francisco, que todo el mundo se va detrás de ti?… Y el dicho popular, repetido muchos siglos después, asegurará: Por fraile o por hermano, todo el mundo es franciscano.
Porque Francisco es una figura no discutida por nadie y querida por todos: católicos y no católicos, creyentes y no creyentes, todos ven en Francisco de Asís el tipo del hombre ideado por Dios en el paraíso: todo inocencia, todo candor, todo amor…

De joven, le gusta vestir con elegancia. Es juerguista, buen galán, aventurero. En su ciudad de Asís es el muchacho más divertido. Pero en medio de sus distracciones —nunca inmorales, es cierto— oye un día la palabra de Jesucristo: ¡Francisco, restaura mi casa! Piensa él que la voz se refiere a una ermita en ruinas. Vende a buen precio toda la mercancía que lleva, y empieza la reconstrucción. La gente se ríe del buen mozo de antes y que ahora empieza con esas beaterías… Su padre, el comerciante Pedro Bernardone, no aguanta las burlas que le hacen por causa de su hijo, y acude al Obispo para que ponga remedio y acabe con tanta tontería. Pero Francisco, ante su padre y ante el Prelado, realiza un gesto genial, no teatral: se despoja de sus vestidos, los lanza lejos, y exclama: Así, desnudo del todo, ya no diré en adelante ¡Padre mío, Pedro Bernardone!,  sino ¡Padre nuestro, que estás en el Cielo!…

¡Restaura mi casa!… Pronto comprende Francisco que Dios no se refería a la ermita de San Damián en ruinas, sino a la Iglesia que necesitaba profunda reforma. Y vestido de un simple sayal campesino, ceñido con una cuerda y con los pies casi descalzos, comienza a predicar con ardor por las calles. Vive la pobreza con exageración, porque no tiene nada ni quiere nada. Se le juntan tres compañeros y después ocho más: ¡ya son doce, como los apóstoles! Y les escribe una regla simple, muy simple, con unos cuantos consejos del Evangelio tomados al pie de la letra. La presenta al Papa Inocencio III, que exclama: Pero, ¿cómo puede observarse esto, con esa pobreza tan total? Y la respuesta de Francisco es tan simple como su regla: Entonces, ¿no se puede observar el Evangelio?…

La Orden crece como la espuma. A los doce años se reunían de 3.000 a 5.000 frailes en el famoso Capítulo de las Esteras. Las mujeres siguen a Clara de Asís, la gran discípula de Francisco: ya está constituida la Segunda Orden. Y para que los seglares casados puedan vivir en plenitud el Evangelio según el espíritu de Francisco, funda la Tercera Orden. Hoy la Familia Franciscana cuenta con centenares de miles de miembros en todas las partes del mundo. Con Francisco se había echado sobre la Iglesia un nuevo y ardiente Pentecostés…

En los principios de su misión, Francisco es asaltado por unos ladrones: ¡Alto! ¿Quién eres tú? Y Francisco da su respuesta célebre: ¡Soy el heraldo del gran Rey! Es cierto. Francisco es un amante excepcional de Jesucristo, cuyo Evangelio proclama por doquier. Tanto ama a Jesús y su nombre le sabe tan dulce, que cuando oye o pronuncia el Nombre bendito del Señor, saca la lengua y se la pasa por los labios para saborear toda su dulzura. Y manda a sus frailes que recojan cualquier trocito de pergamino que encuentren tirado en el suelo, por si en él está escrito el nombre de Jesús… Y llega al extremo su identificación con Jesucristo cuando, en el monte Alvernia, se le aparece el Señor y le imprime sus Llagas benditas.

El amor de Francisco a la Naturaleza no ha conocido par. Hay que remontarse al Adán inocente del paraíso para encontrar algo semejante. Oye cantar a los pájaros en el ramaje, se para delante del árbol, y exclama: Ya habéis hablado vosotros bastante. Ahora me toca a mí. Se callan todos, les habla Francisco, les predica el amor de Dios, y, acabado el sermón, comienzan a cantar otra vez más fuerte que nunca..
El lobo fiero y voraz no causaba sino destrozos en la comarca de Gubbio y tenía aterrados a sus habitantes. Francisco se reúne con la gente y va al encuentro de la fiera: Hermano lobo, te vas a portar bien en adelante. La ciudad te dará de comer, pero tú no vas a hacer ya ningún mal… ¡Y el lobo que se convierte en el mejor amigo de todos!..

Francisco inicia las Misiones modernas de la Iglesia: Si Jesucristo mandó a los apóstoles a predicar por todo el mundo, ¿por qué mis frailes se han de quedar sólo en Italia?… Y la Orden Franciscana se convirtió en una misionera tan gloriosa…

Francisco de Asís. El cristiano más cristiano. El Santo más querido. Uno de los hombres más influyentes en la Historia. ¡Bendito el Padre San Francisco!…

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