San Agustín

12. diciembre 2014 | Por | Categoria: Santos

¡Ante qué hombre y ante qué Santo nos encontramos hoy!… San Agustín vale por un montón de genios, se ha dicho con atinada observación. Ningún Santo ni Doctor de la antigüedad cristiana ha influido tanto en la Iglesia. Sus escritos siguen iluminando las inteligencias más preclaras. Y sus ejemplos de hombre y de santo son un alimento que nutren la vida de muchas almas.

Todos sabemos que Agustín no fue un santo desde niño. Al revés, hasta sus treinta y tres años su vida es una amalgama de aventuras, de pecado, de rebeldía, de lucha contra la verdad, igual que de noble ambición en las letras y en el saber… Es un niño, un joven y un hombre de una riqueza humana sorprendente, aunque muchas veces tan desviada…

Nace en el Norte de Africa el año 354 y muere también en su tierra el año 430. Esos setenta y seis años nos encierran una vida apasionante. La conocemos muy bien, porque Agustín la ha dejado escrita en ese libro incomparable de sus Confesiones. Es hijo de padre pagano —que se bautiza al final de su vida— y de Mónica, devota cristiana y mujer incomparable: ¡Santa Mónica!…
Niño rebelde, no quiere estudiar, y abre los libros sólo por miedo a los latigazos del maestro. Él mismo enjuicia su niñez, quizá con algo de exageración: ¡Un niño tan pequeño y tan gran pecador!… Joven bullicioso y apasionado, se da a la literatura y a la filosofía, en las que destaca sobre todos sus compañeros.

Pero empieza a enredarse pasionalmente. La carne seductora le lleva hasta una relación amorosa que le trae un hijo demasiado temprano. Y, en cuanto a doctrina, ataca a la Iglesia Católica, de la que su madre Mónica era una hija tan fiel. ¡Hay que ver cómo Agustín se burla de un compañero que en lecho de muerte pide y recibe el Bautismo!… Como la Iglesia Católica no le convence, Agustín se mete en la secta de los maniqueos, aunque pronto se da cuenta de que la doctrina de la secta es pura palabrería y es un charlatán el obispo hereje que la predica… No quiere a la Iglesia Católica, pero al fin parará en ella… Dios no se va a dejar vencer. A Agustín le pasa algo así como a Pablo el perseguidor de los cristianos…

Desilusionado de todo, marcha a Roma y después a Milán para aprender más y enseñar con más brillantez. Su madre Mónica le sigue los pasos sin abandonarlo un momento, mal que le pese al hijo. En la misma banca de los discípulos se sienta con su hijo una mujer con la que Agustín nunca acaba de romper. Todo parece perdido para la madre, que no suspira sino por la conversión de su hijo, pero Dios está al tanto y más cerca de lo que el mismo Agustín y la madre se imaginan.

En Milán, Agustín va a visitar al Obispo Ambrosio, que lleva fama de orador deslumbrante. Pero Agustín se encuentra con un santo de gran categoría, más que con un retórico y un sabio. Y allí le esperaba Dios. Los filósofos y Cicerón y Virgilio y todo lo que hasta ahora leía, ya no le llenan el alma. Mientras que San Pablo, con su lenguaje áspero y desaliñado, le enseña verdades muy diferentes. Y entre el estudio de la Biblia y las conversaciones con San Ambrosio, Agustín siente la llamada a la fe católica.

El Bautismo, sin embargo, se le hace muy cuesta arriba. Sabe que ha de romper con los lazos dulces y sedosos, pero terriblemente fuertes, del amor y de las pasiones desbordadas. Nos lo cuenta él mismo con lenguaje casi patético: Mis amistades antiguas me agarraban por la ropa de mi carne, y me decían al oído: ¿Nos despides? ¿Nos vas a dejar? ¿Y no podremos hacerte ya más compañía?… Sigue contándonos su tragedia espiritual: Y yo mismo me repetía: ¿podrás vivir sin ellas?…  Pero la voluntad se impuso. Viendo cómo en la Iglesia guardaban la castidad niños y muchachas, viudas aún jóvenes y hombres honrados, se animaba a sí mismo: Y lo que éstos y éstas pueden, ¿no lo vas a poder tú?…

En éstas oye una voz misteriosa: ¡Toma, y lee! Abre las cartas de San Pablo, y se encuentra con estas palabras: No viváis entre banquetes y libertinaje, sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo. Sigue diciendo Agustín: Tuve bastante. No quise, no tuve necesidad de leer más. Había triunfado la Gracia.

Rompe con todos los lazos que le atan, y recibe el Bautismo a los treinta y tres años con la valentía de un héroe.  Después, para darse más a Dios y la ciencia del Evangelio, se resuelve a permanecer célibe, el que antes se rendía tan fácilmente a la pasión: Por la libertad de mi alma, me resolví a no tomar mujer. Ahora, siente dulzuras muy distintas de los placeres terrenos. En una de las páginas más célebres de sus Confesiones, exclama arrebatado, dirigiéndose a Dios: ¡Tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mi alma y yo, distraído, te buscaba fuera. Y dejando la hermosura interior, corría tras las bellezas exteriores que Tú habías creado…

Consigue fama en Milán, pero decide regresar a Africa para trabajar en su tierra por la Iglesia. En el viaje, frente a las costas de Roma, muere Mónica, y Agustín escribe tales cosas de aquella mujer tan extraordinaria que sus páginas son el himno más sublime entonado en honra de una madre.

Ya en Africa, Agustín es ordenado sacerdote y después consagrado Obispo de Hipona. Su casa episcopal se convierte en un monasterio, donde se reza y se estudia con afán, y donde se trabaja apostólicamente de manera también febril. En medio de tanto trabajo y tanta oración, Agustín escribe sus obras inmortales, que ya en vida le dan una fama y autoridad enormes en toda la Iglesia.

Los vándalos  —la tribu más bárbara—, se echan sobre Africa y saquean, incendian, matan y devastan todas las poblaciones. Agustín, destrozada el alma por el sufrimiento de sus ovejas, muere sin embargo durante el sitio de la ciudad con una paz celestial.
En sus escritos, hay páginas arrebatadoras cuando habla del Cielo, como cuando suspira: ¡Oh bienes del Señor, dulces, inmortales, incomparables, eternos, inmutables! ¿Y cuándo os veré, oh bienes de mi Señor?…  Al fin, ese Cielo era suyo para siempre.

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