Los Doctores de la Iglesia

17. diciembre 2014 | Por | Categoria: Iglesia

Estamos acostumbrados en la Iglesia a escuchar y clasificar a los Santos en diversas categorías. Y así, hablamos de San Andrés, Apóstol; de San Lorenzo, Mártir; de Santa Bernardita, Virgen; de Santa Mónica, Viuda; de Santa Inés, Virgen y Mártir; de Santo Toribio de Mogrovejo, Obispo; de San Ignacio de Loyola, Confesor y Fundador… Con ello, hacemos honor al Espíritu Santo, que ha distribuido sus dones y carismas de manera tan copiosa y tan variada.

Esos apelativos, como si fueran apellidos propios que damos a los Santos, no se refieren a la santidad —pues todos son santos por igual—, sino a los carismas que han tenido en su vida o a las funciones que han desempeñado en la Iglesia.

Entre esas categorías de Santos está la de Doctor, un título de los más significados y más gloriosos. Hoy vamos a hablar de los Doctores de la Iglesia. Y empezamos por la pregunta más elemental: ¿Quiénes son los Doctores de la Iglesia? Son esos Santos o Santas que se han destacado tanto y han defendido la doctrina de tal manera en el Pueblo de Dios, que la Iglesia les ha otorgado el título de Doctor. No son muchos, sino más bien muy pocos, los así distinguidos.

Por citar algunos solamente: San Agustín, Santo Tomás de Aquino, y las tres únicas mujeres Doctoras de la Iglesia: Teresa de Avila, Catalina de Siena y Teresa de Lisieux. Sólo el Papa se reserva el conceder a un Santo o Santa este título tan glorioso de Doctor.

En las Misas de los Doctores se les aplican textos muy elogiosos de la Biblia, por ejemplo: En medio de la Iglesia Dios le abrirá la boca, llenándole del espíritu de sabiduría y de inteligencia, y revistiéndole de un manto de gloria (Eclesiástico 15,5). Y también: La boca del justo derramará sabiduría, y su lengua hablará juiciosamente (Salmo 36,30)

Los Doctores de la Iglesia han sido los grandes testigos de la luz, que es Cristo, al que han servido con su pluma. Nadie como ellos ha interpretado la verdad del Evangelio. Así como el Espíritu Santo ha suscitado mártires que dan testimonio de la Iglesia con su sangre, así ha suscitado grandes maestros y maestras, que con su sabiduría son los grandes testigos y defensores de la verdad de la Iglesia.
Cristo ha sido para estos Doctores la fuente de su inspiración, pues sólo en Cristo han bebido la sabiduría de sus mentes privilegiadas.
Cristo ha sido el contenido de todo lo que enseñaban, pues no han hecho más que enseñar la doctrina y la Persona de Jesucristo.
Y el mismo Jesucristo ha sido el premio de sus trabajo.

Es bello por demás a este propósito el ejemplo de Tomás de Aquino, el más grande teólogo que ha tenido la Iglesia. Después de haber enseñado tanto, se hallaba un día ante el Sagrario, y le habla clara y distintamente Jesús: Tomás, has escrito muy bien de mí. ¿Qué quieres que te dé en recompensa? Y Tomás, enamorado de Cristo, le contesta rápido: ¿Recompensa? ¡No quiero más premio que a Ti mismo!

El apóstol San Pablo, escribiendo a Timoteo, le encarga que mire por la Iglesia y la conserve pura en la fe, porque la Iglesia —le dice— es la columna y el sostén de la verdad (1Timoteo 3,15). Esta ha sido la gran tarea de los Doctores: manifestar y defender con sus escritos la verdad que Jesucristo confió a su Iglesia. Podemos estar orgullosos de estos sabios y santos que el Espíritu Santo ha suscitado en el Pueblo de Dios. No hay institución en el mundo que tenga maestros de vida pura como estos Doctores que Dios nos ha regalado.

Esa doctrina que nos han explicado de manera tan profunda y tan genial los Doctores de la Iglesia ha producido y sigue produciendo frutos exquisitos dentro del Pueblo de Dios.

Es muy bonita la leyenda de San Efrén, Diácono y Doctor de la Iglesia en el siglo cuarto. Se cuenta que, siendo niño aún, se echó a descansar. Y vio el pequeño cómo de su boca arrancaba un árbol que empezó a crecer y crecer. Dio frutos abundantes, pero vinieron los pájaros del cielo y se comieron todos los frutos que el árbol había producido. El árbol fecundo dio nuevos frutos, más copiosos que antes, y pasó lo mismo. Los pájaros insaciables se los comían todos. Y así una vez y otra vez. Cuanto más comían las aves, más frutos producía el árbol…

El árbol de esta visión un bello símbolo de todos los Doctores de la Iglesia. Cuanto más leemos a Agustín o a Teresa de Jesús, cuanto más estudiamos a Tomás de Aquino, más frutos de vida espiritual comemos y más frutos siguen produciendo los escritos inmortales de esos grandes Maestros.

Al contemplar la gloria de los Santos Doctores, nos podemos preguntar: ¿Son ellos los únicos privilegiados en la Iglesia que pueden aprender y pueden enseñar? ¿No podemos también nosotros tener algo de la gloria de estos Santos admirables?

Sí, todos nosotros podemos suspirar por este don. Todos podemos apropiarnos las palabras bíblicas: -Deseé yo la inteligencia, y me fue concedida. Invoqué del Señor el espíritu de sabiduría, y me fue concedido. Aprendí sin engaño esta sabiduría, y yo la comunico sin envidia a otros, sin esconder su valor.

Todos nosotros, dentro del círculo grande o pequeño que nos rodea, podemos enseñar esa ciencia divina que aprendemos en el estudio de la Palabra de Dios, en el Catecismo de la Iglesia, en los libros de Religión y de piedad que acostumbramos leer. Si lo hacemos, se cumplirá también en nosotros esa promesa del libro de Daniel, aplicada siempre a los Doctores: Los que enseñen a otros la justicia resplandecerán como las estrellas por toda la eternidad (Daniel 12,3)
Cristo, luz del mundo, nos quiere a nosotros luz, como a los Doctores de su Iglesia. ¿A quién no le gustaría ser como un sol?…

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