La nobleza de alma

22. diciembre 2014 | Por | Categoria: Oración

En las antiguas naciones de Europa existen las familias de linaje distinguido y que tienen títulos de nobleza. Sus miembros se enorgullecen en sociedad de tener, como se dice, sangre azul. Esta sangre, desde luego, no es azul, sino bien roja, como la de todos los demás. Pero se da el calificativo de azul a los que tienen ascendientes de la nobleza, o sea, a los que vienen de familias que se distinguieron por hechos famosos en el ejercicio de las armas o en el engrandecimiento de la patria, y que recibieron los títulos de grandes, como son duque, marqués o conde… Esta nobleza nos merece todo respeto cuando los que se lucen con ella viven acordes a la grandeza social de sus antepasados.

Pero, ¿es ésta la nobleza verdadera?… Digamos que es muy superior la nobleza que ostentamos por el mero hecho de ser imágenes de Dios y participantes de su naturaleza divina, ya que su vida corre por nuestras venas e impregna o invade nuestro ser entero.

Y perfeccionando esta nobleza venida del Cielo, está la que llamamos nobleza de alma, que la conquistamos nosotros mismos con el ejercicio de las virtudes humanas más distinguidas: con la sinceridad, el culto a la justicia, la educación más esmerada, y todo eso que engrandece a una persona.
Lo reconocían ya antiguos filósofos paganos, griegos y romanos, y no sabe uno lo que nos hubieran escrito de haber conocido la virtud cristiana.
Uno decía:
– Ricos hay en todas partes; nobles y generosos no se encuentran por cierto a centenares (Aristóteles)
Otro (Séneca) se reía de los retratos famosos:
– No confiere nobleza un salón lleno de antiguos retratos, sino el espíritu selecto
Y concluía un tercero:
– Te vale mucho más ser virtuoso que noble (Cicerón)

Un sacerdote francés insigne, muy santo y orador famoso del siglo XIX, se había formulado de joven este lema:
– ¡A ser noble y distinguido en todo! (Padre Ravignan SJ)

Comentando este lema en una convivencia de Jóvenes, muchachos y muchachas, se les planteó por escrito esta pregunta:
– ¿Quién es el noble y distinguido en todo?
Los jóvenes estuvieron inspirados de verdad, y se recogieron respuestas muy interesantes, como las siguientes, escogidas al azar:
Noble, quien ama con toda sinceridad.
Noble, quien jamás se rebaja con una mentira.
Noble, quien tiende la mano al adversario.
Noble, quien perdona una ofensa y no la recuerda ya jamás.
Noble, quien comparte con generosidad todo lo que tiene.
Noble, quien no falla nunca al amigo.
Noble, quien sabe llevarse un secreto a la tumba.
Noble, quien no traiciona nunca al amigo que se le confió.
Noble, quien mantiene la palabra que ha empeñado.
Distinguido, el que se presenta vestido impecablemente.
Distinguido, el que no sabe lo que es una falta de educación.

Y siguen varias respuestas más, todas bellas, todas atinadas de verdad.
Nosotros ahora discurrimos por nuestra cuenta, y al final estaremos acordes del todo con el criterio y las intuiciones de estos jóvenes.
¡Qué bien que nos sentimos todos al lado de una persona noble!
Sabemos que la traición es un imposible en ella, y entonces le damos nuestra estima, nuestro respeto, nuestra confianza…
Porque a esa persona que es noble ni su conciencia ni su dignidad personal le permitirán jamás una traición y ni tan siquiera una desatención pequeña.
Con esa apersona se cuenta siempre, se confía siempre en ella, y en ella se descansa completamente seguros.

Uno de los Papas más grandes de la antigüedad cristiana, apreciando en todo su valor esta nobleza humana, supo trasladarla al plano sobrenatural, y mirando a su auditorio, compuesto normalmente de gente pobre y humilde, les dirigió una homilía que, cuando la leemos hoy, todavía nos entusiasma:
– Reconoce, oh cristiano, tu nobleza, y hecho partícipe de la naturaleza divina, no te rebajes a tu antigua condición (San León Magno)

Esta es la verdad. Somos nobles, ciertamente, cuando cultivamos esas virtudes humanas tan apreciadas en la convivencia humana. Pero nuestra nobleza más grande y de la que más nos podemos enorgullecer es la que nos viene de Dios. La nobleza de la sangre no salva al hombre, sino que lo compromete socialmente mucho más. Como nos compromete a nosotros la nobleza cristiana. Nos obliga a una vida más exigente, pero nos encumbra también sobre las nubes, por más que habitemos en un ranchito o no tuviéramos otro oficio que manejar un escobón para barrer las calles…

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